17 ago. 2010

ES CIERTO: La Ley de Amnistía condujo a imponer, sobre la “banalidad del mal” franquista, una suerte de amnesia oficial, una “escotomización”, o sea un mecanismo de “ceguera inconsciente” (en este caso, colectiva) mediante el cual un sujeto hace desaparecer hechos desagradables de su memoria. Hasta que un día regresan a borbotones, en un estallido de irracionalidad.

Lo que hoy está en juego

por Ignacio Ramonet*
“Disparatado”,  “extravagante”, “inaudito”... La prensa mundial, las asociaciones de defensa de los derechos humanos y los más eminentes juristas internacionales no salen de su estupor. ¿Por qué la justicia española, que tanto hizo estos últimos años para reprimir los crímenes de lesa humanidad en distintas partes del globo, quiere sentar en el banquillo a Baltasar Garzón, el juez que mejor simboliza el paradigma contemporáneo en la aplicación de la justicia universal?
Los medios internacionales recuerdan los méritos del “superjuez”: su trascendental papel en el arresto del dictador chileno Augusto Pinochet en Londres, en 1998; su denuncia de las atrocidades cometidas por los militares en Argentina, Guatemala y otras dictaduras latinoamericanas; su empeño en desmantelar a los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) y en enviar a los tribunales a Felipe González; su oposición a la invasión de Irak en 2003, y hasta su reciente viaje a Honduras para advertir a los golpistas que los delitos de lesa humanidad son imprescriptibles.
Como juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón ha encausado a unos mil activistas de la organización ETA (la derecha sugirió que se le concediera por eso el Premio Nobel de la Paz…). Lo que ha dado lugar a críticas, en particular su decisión de ordenar, en 1998, el cierre del diario Egin. O sus órdenes de detención, bajo régimen de incomunicación, de personas acusadas de terrorismo. Organismos como el Comité para la Prevención de la Tortura, del Consejo de Europa, reclaman la abolición de esa modalidad de detención. También se ha criticado la inmoderada afición del “juez estrella” por los primeros planos mediáticos.
En cualquier caso, Garzón ha demostrado ser un juez alborotador, independiente e incorruptible. Por eso ha acumulado tantos adversarios y se ve perseguido hoy por los corruptos de la trama “Gürtel” (1) y los herederos del franquismo. En el Tribunal Supremo hay, en efecto, tres denuncias contra él. Una sobre unos honorarios que habría percibido por unas conferencias en Nueva York patrocinadas por el Banco de Santander. Otra sobre unas escuchas telefónicas ordenadas en el marco de la investigación sobre la red «Gürtel». Y la principal: por investigar los crímenes del franquismo.
Tres organizaciones ultraconservadoras lo acusan de “prevaricación” (2) por haber iniciado, en octubre de 2008, una investigación sobre las desapariciones durante la Guerra Civil española de más de cien mil republicanos (que siguen yaciendo en las cunetas y fosas, sin derecho a un entierro digno) y sobre el destino de 30.000 niños arrebatados a sus madres en las cárceles (3) para ser entregados a familias del bando vencedor durante la dictadura franquista (1939-1975).
Si lo declaran culpable, Garzón se enfrenta a una suspensión de entre diez y veinte años. Sería el fin del juez. Y sería una vergüenza. Porque, en el fondo, este asunto gira en torno a una cuestión central: ¿qué hacer, desde el punto de vista simbólico, con la Guerra Civil? La decisión administrativa tomada en 1977, con la Ley de Amnistía (que, en lo inmediato, buscaba esencialmente sacar de prisión a cientos de detenidos de izquierda), fue de no hacer justicia y de no encarar ningún tipo de política de memoria.
Obviamente, a 71 años del final del conflicto, y al haber desaparecido, por causas biológicas, los principales responsables, hacer justicia no consiste en llevar materialmente a los acusados de crímenes abominables ante los tribunales.  
 La naturaleza del franquismo 
Éste no es sólo un asunto jurídico. Si tanto apasiona a millones de españoles es porque sienten que, más allá del caso Garzón, lo que está en juego es el derecho de las víctimas a una reparación moral, el derecho colectivo a la memoria, a poder establecer oficialmente, sobre la base de las atrocidades demostradas, que el franquismo fue una abominación. Y que su impunidad es insoportable. Poder enunciarlo, proclamarlo y mostrarlo en “museos consagrados a la Guerra Civil”, por ejemplo; en los manuales escolares de historia; en días de solemne homenaje colectivo, etc. Como se hace en toda Europa en solidaridad con las víctimas del nazismo.
Los partidarios de la “cultura del ocultamiento” acusan a Garzón de querer abrir la caja de Pandora y enfrentar de nuevo a los españoles. Insisten en que también en el otro bando se cometieron crímenes. No acaban de entender la especificidad del franquismo. Se comportan como un periodista que, deseando organizar un “debate equilibrado” sobre la Segunda Guerra Mundial, decidiese: “Un minuto para Hitler y un minuto para los judíos”.
El franquismo no fue sólo la guerra (en la que el general Queipo de Llano afirmaba: “Hay que sembrar el terror eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensan como nosotros.”); fue sobre todo, de 1939 a 1975, un régimen autoritario de los más implacables del siglo XX, que usó el terror de forma planificada y sistemática para exterminar a sus oponentes ideológicos y atemorizar a toda la población. Afirmar esto no es una consideración política, sino una constatación histórica.
La Ley de Amnistía condujo a imponer, sobre la “banalidad del mal” franquista, una suerte de amnesia oficial, una “escotomización”, o sea un mecanismo de “ceguera inconsciente” (en este caso, colectiva) mediante el cual un sujeto hace desaparecer hechos desagradables de su memoria. Hasta que un día regresan a borbotones, en un estallido de irracionalidad.
Es lo que ha querido evitar el juez Garzón. Revelar la naturaleza malévola del franquismo, para que la historia no pueda repetirse. Nunca más.
1   Que afecta a personalidades del Partido Popular (PP, derecha), en especial al empresario Francisco Correa y al presidente de la Comunidad Autónoma de Valencia, Francisco Camps.
2  La prevaricación consiste en que una autoridad dicte una resolución en un asunto administrativo o judicial, a sabiendas de que dicha resolución es injusta. Es un delito sancionado por el Código Penal español (título XIX, cap. 1°, art. 404).
3  Ricard Vinyes, Irredentas. Las presas políticas y sus hijos en las cárceles franquistas, Planeta, Barcelona, 2002. Ver el documental Els nens perduts del franquisme (Los niños perdidos del franquisme (Los niños perdidos del franquismo), de Montserrat Armengou y Ricard Belis. 

*Director de Le Monde diplomatique, edición española. 
(Baltasar Garzón, España 1955). Cobró fama internacional por promover una orden de arresto contra el ex dictador chileno Augusto Pinochet. 
Es el magistrado que mejor simboliza el paradigma contemporáneo en la aplicación de la justicia universal.
Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/lo-que-hoy-esta-en-juego

16 ago. 2010

CIERTO: Ahora bien: ¿por qué estos millonarios se proponen donar parte de su fortuna? (bueno, al menos eso declaran como “compromiso moral”, porque de firmar papeles, nada). Sea como fuera: chiste de humor negro o acto de fe, desgravación impositiva o estrategia contrainsurgente, no deja de ser patético. Si se trata de lograr “un mundo mejor”, como pide uno de los donantes, la caridad no es el camino. “No se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”, escribía Marx en 1850. Más allá de las ¿buenas? intenciones de unos cuantos magnates (el verdadero gobierno del mundo), las cosas no han cambiado en lo sustancial y la necesidad de cambio sigue siendo la misma de hace 150 años.

Sobre la mayor propuesta filantrópica del mundo. El desarrollo no puede ser una limosna.

Los patrimonios de estos 40 millonarios, sumados, rondan los 230 mil millones de dólares. “Si uno quiere hacer algo por sus hijos y demostrarles amor, lo mejor es apoyar a esas organizaciones que se ocupan de lograr un mundo mejor para uno y sus hijos”, declaró el fundador del imperio financiero Michael Bloomberg al sumarse a la cruzada. “No hay un contrato jurídico, es una promesa moral”, explicó por su parte Warren Buffett para describir cómo funcionaría el proyecto.


Sobre la mayor propuesta filantrópica del mundo. El desarrollo no puede ser una limosna.
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Lunes 9 de agosto del 2010.

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS.info)

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Según acaba de aparecer pomposamente anunciado en la prensa en días pasados, “cuarenta empresarios en Estados Unidos prometieron donar, por lo menos, la mitad de sus fortunas a obras de caridad, en vida o después de muertos, gracias a una campaña del inversor Warren Buffett y el fundador de Microsoft, Bill Gates y su esposa Melinda Gates”.
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La iniciativa, denominada The giving pledge (“La promesa de donar”), ha atraído a varios connotados magnates. A partir de la carta que los promotores de este proyecto hicieran llegar a quienes figuran en la lista de los multimillonarios Forbes, una buena cantidad de acaudalados dio su respuesta afirmativa. De momento ya son 38 los que se han sumado: el alcalde de Nueva York y financista Michael Bloomberg; el ejecutivo del mundo del entretenimiento Barry Diller; el cofundador de Oracle Larry Ellison; el magnate petrolero T. Boone Pickens; el fundador de CNN Ted Turner; el creador de la saga “Star Wars” George Lucas; el heredero de los hoteles Hilton, Barron Hilton; el banquero David Rockefeller, entre otros. Algunos otros archimillonarios, como el mexicano Carlos Slim –considerado en estos momentos “el hombre más rico del mundo”, con una fortuna estimada en 53.500 millones de dólares– rechazaron la propuesta.
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De acuerdo a lo manifestado por uno de los promotores de la iniciativa, Buffett: “cuarenta de las familias y personas más ricas de Estados Unidos se declararon dispuestas a gastar la mayor parte de su fortuna con fines caritativos”.
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Los patrimonios de estos 40 millonarios, sumados, rondan los 230 mil millones de dólares. “Si uno quiere hacer algo por sus hijos y demostrarles amor, lo mejor es apoyar a esas organizaciones que se ocupan de lograr un mundo mejor para uno y sus hijos”, declaró el fundador del imperio financiero Michael Bloomberg al sumarse a la cruzada. “No hay un contrato jurídico, es una promesa moral”, explicó por su parte Warren Buffett para describir cómo funcionaría el proyecto.
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Valga agregar que en Estados Unidos hay alrededor de 400 fortunas que superan los 1.000 millones de dólares cada una, lo que representa 40 % de los patrimonios de este nivel existentes en el mundo. Con esta iniciativa, calcula la revista Fortune, se podrían recaudar 600.000 millones de dólares.
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La medida anunciada abre interrogantes: ¿se volvieron locos estos millonarios? ¿Es una estrategia fríamente calculada de la que aún no sabemos dónde apunta en realidad? ¿Hay un proyecto político tras todo esto? ¿Es un negocio más, bien montado, que más allá de la declarada filantropía, les dará más ganancias aún a sus protagonistas? ¿Es un chiste de mal gusto, una explosión de arrogancia y fanfarronería? ¿Sentimiento de culpa? Esto último es lo menos probable.
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Independientemente de la(s) respuesta(s) que puedan darse al respecto, la ocasión puede ser buena para plantearse otros interrogantes más de fondo: ¿cómo se logra el desarrollo? ¿Es posible concebirlo a partir de donaciones, de filantropía, de “buenas acciones” caritativas?
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Digamos al respecto que –según nos informa la agencia Ria Novosti– Carlos Slim, “el magnate mexicano, gasta más de 5.000 millones de dólares anualmente en programas sociales a través de los fondos Telmex y Fundación Carlos Slim, con lo que paga los estudios universitarios de más de 165.000 jóvenes mexicanos de familias pobres. Además, el empresario acaudalado asignó 4.000 millones de dólares a la realización de programas educativos y médicos para los jóvenes, y destina centenares de millones de dólares en el apoyo de pequeñas empresas en México y toda América Latina”. ¿Es eso fomento al desarrollo? ¿Qué región del continente cambió realmente su situación con estas ayudas?
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Desde terminada la Segunda Guerra Mundial en 1945, la potencia hegemónica, Estados Unidos, viene “ayudando” al desarrollo en distintas partes del mundo: en la Europa destruía por el conflicto bélico, con el legendario Plan Marshall, que salvó al viejo mundo del “peligro soviético” con una multimillonaria intervención que, a decir de Noam Chomsky, más bien “creó el marco para la inversión de grandes cantidades de dinero estadounidense en Europa, estableciendo la base para las multinacionales modernas”. Si Europa Occidental fue favorecida con ese aluvión de dólares en los primeros años de la post guerra, hasta el 51 más precisamente, el principal favorecido fue el capitalismo estadounidense. Es decir: una ayuda que tuvo más autoayuda que otra cosa.
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En otras áreas del globo, el Norte desarrollado –siendo Estados Unidos el primero a través de su ya histórica Alianza para el Progreso en los años 60 del pasado siglo bajo la administración de John F. Kennedy, sumándose luego las potencias europeas y Japón ya recuperadas de la Gran Guerra siguiendo el ejemplo de Washington– desde hace décadas viene ayudando al Sur. Las toneladas de comida que cayeron en paracaídas sobre las famélicas poblaciones africanas, o los millones de dólares que se invirtieron en los innumerables procesos post guerra en otros tantos innumerables países del Tercer Mundo; las cantidades de dinero puestas en programas de desarrollo y las cuantiosas donaciones que han llegado a las regiones más pobres del planeta, por lo que se ve no han sacado de la pobreza a nadie. Más allá de la quizá bienintencionada declaración de la Organización de Naciones Unidas de fomentar la paz y el progreso internacionales, estas contribuciones que han tenido lugar por espacio de medio siglo chocan con una realidad que las contradice: ninguna ayuda internacional ayudó a algún país pobre a dejar de ser tal.
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Si los tigres asiáticos, por ejemplo, o China en su complejísimo “socialismo de mercado”, produjeron enormes saltos adelante en el orden al progreso –entendido al modo occidental, lo cual puede llevar a otro tipo de interrogantes que no tocaremos aquí–, sin ningún lugar ello no tuvo en su base ninguna donación, ninguna acción caritativa ni filantrópica. Y si la Rusia semifeudal de 1917 pasó a ser potencia unos años después construyendo la primera revolución socialista de la historia, no fue por la caridad de nadie sino por el trabajo fecundo de su gente.
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La caridad, la beneficencia, nunca desligadas de la compasión, sólo pueden servir para ratificar el estado de cosas dado. La filantropía necesita forzosamente la mano suplicante; una cosa es condición de la otra, y ambas se retroalimentan mutuamente. Y la condición final del proceso caritativo es que nada cambie. La limosna no está destinada a cambiar nada sino a ratificar el estado de cosas: al mendigo en su mendicidad, y a quien la otorga en su carácter de poseedor de algo. La limosna, la caridad, la filantropía irremediablemente alimentan el circuito de postración de quien la recibe. Esa es su estructura íntima.
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La cooperación internacional que venimos viendo desde hace ya varias décadas no ha pasado nunca –ni podrá pasar– de su nivel de limosna, de hecho caritativo. Por supuesto que en su amplio marco pueden encontrarse espacios alternativos, y a veces funciona como elemento de avanzada que puede acompañar procesos de transformación real. Pero en términos generales no está concebida para ser factor de cambio sino para continuar manteniendo el statu quo. La caridad no se hace para cambiar nada, obviamente. Los mecanismos de cooperación internacional, en ese sentido, son instrumentos que están al servicio del mantenimiento del estado de cosas dado. De hecho, cuando surgen los primeros programas de ayuda de Estados Unidos en la década del 60 (como respuesta a la revolución cubana de 1959) se los concebía como “estrategias contrainsurgentes suaves, no militares”. Pasados los años, aunque ahora no se los nombre así, no dejan de ser eso: estrategias contrainsurgentes, mecanismos para continuar la sujeción. ¿Por qué una limosna podría dejar de ser eso?
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Ahora bien: ¿por qué estos millonarios se proponen donar parte de su fortuna? (bueno, al menos eso declaran como “compromiso moral”, porque de firmar papeles, nada). Sea como fuera: chiste de humor negro o acto de fe, desgravación impositiva o estrategia contrainsurgente, no deja de ser patético. Si se trata de lograr “un mundo mejor”, como pide uno de los donantes, la caridad no es el camino. “No se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”, escribía Marx en 1850. Más allá de las ¿buenas? intenciones de unos cuantos magnates (el verdadero gobierno del mundo), las cosas no han cambiado en lo sustancial y la necesidad de cambio sigue siendo la misma de hace 150 años.
Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_http://pabloraulfernandez.blogspot.com/