15 may. 2010

Pero toda jerarquía impone valores, lo que equivale a mostrar una inclinación más o menos confesa por el orden, y todo orden es potencialmente portador de totalitarismo: banalidades dignas de charlas de café, se agita entonces el espectro del fascismo o del estalinismo, en el plano político, mientras que en el campo filosófico, la amenaza provendría del criticismo heredado de Kant.

Tolerancia del “todo vale”

Por Dany-Robert Dufour*
Acerca del “segundo sentido” en el arte contemporáneo

Al reiterar incesantemente el célebre gesto de Marcel Duchamp, quien en 1917 expuso un mingitorio bajo el título “Fuente”, sin tomar nota de que ya perdió todo tipo de carga subversiva, el arte contemporáneo ha pasado a fundar su legitimidad en el esnobismo y en el valor mercantil. Conformistas en su individualismo excacerbado, los artistas más mediatizados, debido a su predisposición al escándalo, eclipsan la carrera de artistas más discretos, cuya obra conserva sin embargo una real dimensión liberadora.
El arte contemporáneo es revolucionario; por lo tanto, quienes no lo aprecian son, o bien francamente reaccionarios, o bien reaccionarios que lo ignoran, es decir, neo-reaccionarios. Estas etiquetas se colocan hoy sistemáticamente sobre todos aquellos que aún osan reflexionar ante ciertas obras y prácticas del arte contemporáneo. No resulta para nada asombroso que la mayor parte del tiempo uno prefiera guardarse sus reservas, antes que exponerse a ser acusado de populista, incompetente o estúpido. ¿Prefiere usted ser reaccionario o revolucionario? ¿Estar del lado de la modernidad o del academicismo? Este procedimiento, que clausura todo debate antes de comenzar, posee una notable eficacia, cuyos resortes y objetivos merecen sin duda dilucidarse: pues si bien se difunde tanto en cierto tipo de discurso sobre el arte como en cierto tipo de arte indisociable de ese discurso, también opera, de manera más amplia, en el vasto dominio de la retórica política. El campo artístico que aquí se analiza sirve pues como “modelo”, destinado a iluminar sus motivaciones.




Manipulación publicitaria

Para analizar su funcionamiento, puede ser útil tomar como ejemplo el enunciado fundacional del pensamiento liberal, propuesto por Bernard de Mandeville en la famosa Fábula de las Abejas (1704): “Los vicios privados (el egoísmo, la codicia…) hacen la prosperidad pública”. Dicho de otro modo: “Lo que se considera vicio, es en realidad virtud”. O mejor aún: “Si uno se atiene al sentido literal, es vicio, pero si se lo considera en el segundo sentido, es virtud”. Este discurso no es moralizante, sino perverso –en el sentido clínico del término–, en la medida en que hace del problema (la violencia a menudo devastadora de las pasiones y pulsiones derivadas de ese amor por uno mismo que se denomina egoísmo), la solución. Doblemente perverso incluso, dado que embrolla toda referencia al reivindicar la posibilidad de decir cualquier cosa y su contrario: el vicio es virtud, el blanco es negro… Esta retórica actúa pues como una máquina de destrucción de toda argumentación crítica, basada por el contrario en la distinción entre lo verdadero y lo falso.
Para alcanzar este segundo sentido, alcanza con que quien hable exhiba lo que nadie debe exhibir: de esa manera se entrega a la provocación, es decir, según la etimología, a un llamado, que puede sonar a desafío. A través de la provocación, llamo al otro a seguirme, desafiándolo a atreverse a hacerlo. Provocar es entonces saber que se dice… lo que no se debe decir. Pero como uno sabe muy bien que no debería, no sólo no se lo pueden reprochar, sino que sobre todo, eleva al otro a su nivel, delimita un lugar en el que están entre pares, un círculo restringido de espíritus superiores, desinhibidos, en el que todo puede decirse, contrariamente al espacio público, marcado por múltiples inhibiciones.
La función de esta astucia retórica es, por lo tanto, comprometer al interlocutor suscitando su interés y su participación (financiera), para luego conquistar su connivencia: “Usted entiende lo que quiero decir…” Aunque en realidad no entienda, tiene todo interés en responder afirmativamente, so pena de quedar excluido de los que saben y ponerse de esta manera en la posición del imbécil que no merece ingresar al cenáculo de los iniciados.
Este arte de la manipulación, característico de la publicidad, se aplica hoy también en el arte contemporáneo, cuando éste se convierte en un lugar en el que se persiguen todos los medios posibles de comprometer al espectador: interés, participación financiera, connivencia.
Los ejemplos abundan. Basta pensar en las obras de los artistas más renombrados de nuestra época. Desde el belga Jan Fabre, que recientemente presentó en el Louvre una selección de diversas excreciones del propio maestro, hasta Jeff Koons, nuestro Mickey-ángel, famoso por sus diversos caniches gigantes, la vieja y querida receta compromiso-connivencia despliega sin cansancio en el arte posmoderno la estrategia debidamente pagadora del “segundo sentido”: 1) provocación sin tabúes; 2) que no produce ningún otro significado; 3) de donde deriva el ruido mediático que desencadenará 4) una interesante espiral especulativa.

Nihilismo obsceno

Ya en 1996, en un artículo tanto más valiente cuanto que su autor era a menudo invocado, en ese entonces, por los defensores de ese arte “del segundo sentido”, Jean Baudrillard desmontó esta astucia: “Toda esa mediocridad pretende sublimarse pasando al nivel segundo e irónico del arte. Pero eso es tan nulo e insignificante en el nivel segundo como en el primero. El pasaje al nivel estético no salva nada, todo lo contrario: es una mediocridad a la segunda potencia. Se propone ser nulo. Dice ‘¡soy nulo!’ –y es realmente nulo” (1).
Baudrillard veía en esa nulidad al cuadrado un verdadero desperdicio de la negatividad que conlleva el arte. Esencial, esa negatividad es resultado de su capacidad de despojarse de las certezas más firmemente ancladas, con el único fin de reiniciar la pequisa del sentido, es decir, la búsqueda de nuevos sentidos. El arte no se reduce a un discurso, a un mensaje; dice lo que aún no sabemos, hace visible lo que aún no había sido registrado, agrega al mundo conocido.
Ahora bien, en el arte contemporáneo oficial esta búsqueda de lo revolucionario se halla actualmente reducida a la simple innovación, esa característica de la producción capitalista, exigida en toda lógica por la necesidad de crear nuevos deseos. De allí deriva una confusión mayor entre la simple innovación y la búsqueda de sentido, de la que es víctima el arte contemporáneo. Ello podría expresarse en una ley: cuanto más poderoso sea el mercado del arte, más tenderán a imponerse las condiciones generales del mercado a la producción artística. El arte contemporáneo se limitará entonces a producir lo imprevisto, inesperado ciertamente, pero desprovisto de todo significado potencial.
El arte verdaderamente revolucionario, que descompone el mundo para recomponerlo mejor, abre a una risa saludable, muy precisamente liberadora. El arte contemporáneo ríe con una risa muy distinta, esa risa nihilista que afirma que se burla a más no poder de todo valor axiológico y que no hay nada que buscar: el arte no existe más que por el poder del momento que lo reconoce como tal, y eso es todo.
Este arte “narcínico”, a la vez narcisista y cínico, es difícil de desenmascarar, porque se asienta en una premisa “hiperdemocratista” muy en boga: sería imposible distinguir un objeto realmente artístico de un objeto cualquiera, porque para ello habría que introducir una jerarquía. Pero toda jerarquía impone valores, lo que equivale a mostrar una inclinación más o menos confesa por el orden, y todo orden es potencialmente portador de totalitarismo: banalidades dignas de charlas de café, se agita entonces el espectro del fascismo o del estalinismo, en el plano político, mientras que en el campo filosófico, la amenaza provendría del criticismo heredado de Kant.
El acto “crítico” separa el principio de lo verdadero y el de la ilusión, lo que efectivamente supone siempre un “tribunal de la razón” (2). Por lo tanto, para evitar el tribunal, el Terror y otras dictaduras, se rechaza toda jerarquía crítica, lo que permite conferir a un montón de excrementos la dignidad del objeto artístico, en la medida en que tiene supuestamente tanto valor como cualquier otro –o incluso más, dado que, al haber renunciado a la re-presentación, que implica un corte tajante entre lo que es “presentado” y la realidad, este arte contemporáneo pone en primer plano, sin distanciamiento simbólico, la pulsión provocadora –la del artista– o aquella por la cual ha sido investido como objeto de arte, función propia de los coleccionistas, entre los cuales François Pinault es, sin duda, uno de los más emblemáticos (3).
La creación irónica del artista belga Wim Delvoye, titulada Cloaca (2000) presenta un tubo digestivo humano impecablemente funcional, y que efectivamente funciona, controlado por computadoras: el producto de las digestiones, embalado al vacío y marcado con un logo que remeda a los de Ford y Coca-Cola, se vende a 735 euros la unidad. Es la más bella metáfora de este sistema.




Se ve de qué manera la retórica perversa conduce a la obscenidad: se afirma que se puede, y se debe poder convertir todo en objeto vendible. Si exhibir lo que uno no mostraría, lo que sólo la pulsión justifica, produce arte y produce dinero, cada uno es entonces libre de actuar en función de una interiorización individual de la ley del mercado, ésa que se basa en la demanda de satisfacción de las pulsiones, y sólo se preocupa por el goce, directo, reivindicado, exhibido, teniendo muy en claro que existen otros goces aparte del sexual. Esto es lo que se juega en el arte en un régimen ultraliberal.
Esta tolerancia del arte contemporáneo hacia el “todo vale” no es anodina. Puesto que es en el mismísimo nombre de la libertad de expresión que las propuestas más intolerables deberán ser toleradas, cómo no ver que ese ultra-democratismo es, en el plano político, precisamente lo que puede conducir directamente a la tiranía –desde La República de Platón se sabe que esta conversión es posible–.

Elogio de la alienación

Se asiste así a una sacralización del acto farsante, largamente justificada en referencia al gesto que Marcel Duchamp realizó al exponer, en 1917, el primer ready made: un orinal común rebautizado Fuente. Pero la diferencia salta a la vista. En ese momento, el acto de Duchamp era altamente subversivo porque cuestionaba todo: el estatuto del objeto industrial, el de la creación, el arte en Estados Unidos (4), el sexo de los objetos, la función de una exposición, etc. Los numerosos artistas que lo reivindicaron, a partir de los años 60, se contentaron con reproducir ese gesto, en una duplicación vacía de todo desafío: hemos ingresado en la era del “como si”, que no podía conducir más que a la “commédie” (5) de la subversión (esta palabra es del novelista y ensayista Philipe Muray).
La mencionada “commédie” concierne también al espectáculo viviente. Cuando en el Festival de Aviñón de 2009, Jan Fabre presenta La orgía de la tolerancia, se exhiben masturbación y orgasmos, con una seriedad grotesca desprovista de toda sonrisa rabelaisiana. El espectáculo se muestra así, como lo que es: simplemente pornográfico, apoyado en el recurso al segundo sentido cómplice, que permite todas las ambigüedades. El escenario clásico también se desinhibe. La Armida que se presentó en el Komische Opera de Berlín, en junio de 2009, ¡reunía al compositor Christoph Willibad Gluck (6) con Sade! El libreto de Philippe Quinault daba lugar a una escenografía y a juegos de actores, la mayoría de las veces desnudos, dignos de La filosofía en el tocador. El director, Calixto Bieito, no dudó de hecho en trasmitir los potentes pensamientos que lo inspiraron: “La moderación mata al espíritu”, “la ira y el odio pueden ser una fuerza motivadora útil”, “el animalismo es perfectamente sano”, “uno sólo puede comprender a alguien de su propio sexo”.
Este ayuda-memoria sadeano devaluado, con el que cada vez más seguido se abordan hoy las obras clásicas, se reivindica, por supuesto, subversivo: ésa es su única legitimidad. Pero esta subversión no consiste más que en afirmar el principio liberal fundamental: no existe más realidad que la del individuo; todo conjunto social sólo es el resultado de la acción de los individuos; en definitiva, los hombres siempre apuntan, en sus intercambios, a la maximización de sus ganancias. Es decir, el alter ego ya no se entiende como la condición para la realización de cada uno, sino como un riesgo de impedimento permanente. Arte y civilización del “todo para el ego”, que reivindica sordamente que no hay límites para el derecho individual. Linda subversión que busca confundir la alienación misma y la liberación.
Esto no quiere decir que no sigan existiendo verdaderos artistas, que trabajan aspiraciones distintas al apetito de omnipotencia caro al capitalismo; entre los pintores, de Bram van Velde a Goran Music, de Jean Dubuffet a Paul Reyberolle, para hablar sólo de los más viejos, pero tambien en el teatro, con Michel Schweizer, por ejemplo, que en Bleib, se apoya en la relación del perro-lobo con su amo para explorar irónicamente la ferocidad del mundo actual, o también Pierre Meunier, que en Sexamor explora lo que circula entre el hombre y la mujer. Con extrañas y delicadas máquinas, lejos de las tribunas oficiales, todos son capaces de metaforizar y hacer pensar sobre lo humano: lo que constituye la función del arte auténticamente liberador, del juego del imaginario y de la mirada crítica. ♦

REFERENCIAS

(1) Jean Baudrillard, “Le complot de l’art”, Liberátion, París, 20-5-96.
(2) Véase Aude de Kerros, “Art moderne, art contemporain: l’impossible ‘débat’”, Le Débat, París, N° 150, mayo de 2008.
(3) Ex presidente del grupo Pinault-Printemps-Redoute, tercera fortuna francesa en 2010 según Forbes y gran aficionado al arte contemporáneo.
(4) Beatrice Wood, amiga de Duchamp, escribió que “las únicas obras de arte que dio Estados Unidos son sus cañerías y sus puentes”; Ver “Marcel”, en Rudolf E. Kuenzli y Francis M. Naumann, Marcel Duchamp: Artist of the Century, MIT Press, Cambridge, 1990.
(5) Juego de palabras, basado en la semejanza fonética en el francés de la expresión “como si” y la palabra “comedia”.
(6) Compositor alemán (1714-1787) que procuró introducir lo natural y la verdad dramática en la ópera.

*Filósofo (Universidad de París VIII, Colegio Internacional de Filosofía); ha publicado recientemente La Cité perverse, Denoël, París, 2009.
Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_  http://www.eldiplo.com.pe/tolerancia-del-todo-vale

14 may. 2010

Si el Perú necesita desarrollar su potencial hidroeléctrico, lo racional sería agotar primero las fuentes del Pacífico y la alta montaña, antes de emprender la explotación amazónica, ganando una tregua para subsanar la inexistencia de un plan de aprovechamiento amazónico y para elaborar y hacer madurar proyectos, hasta reducir su impacto a lo realmente tolerable.

Perú: el desarrollo amazónico y el potencial hidroeléctrico

Por Carlos Herrera Descalzi*
Cálculos y costos en cuestión

Durante el siglo XX el Perú vivió en la convicción de que sus recursos energéticos eran infinitos frente a sus necesidades. El gas de Camisea, el petróleo por encontrar en la selva y en el zócalo continental, el carbón por explorar, reservas de uranio, fuentes renovables como la geotermia, la energía solar, la eólica y otras; entre todas ellas, lo descollante es su potencial hidroeléctrico.
En el último lustro del Siglo XX, la demanda eléctrica del Perú cruzó la barrera de 2,000 MW. Ese año (1997), la hidroenergía participó con 92.85% de la generación eléctrica. Casi la mitad (49.20%) del total provino del complejo hidroeléctrico del Mantaro1, cuya capacidad conjunta bordea los 1,000 MW.



Los 1,000 MW ya aprovechados en el río Mantaro quedan empequeñecidos frente a la cifra de 58,300 MW de potencial hidroeléctrico económicamente aprovechable con que contaría el Perú, según estudios hechos entre 1970 y 1980 por la Misión Alemana de Energía, válidos para las condiciones de la época.
A mediados de los años 80, en la selva sur se encontró el gigantesco reservorio de Camisea, conteniendo gas natural y líquido, de los cuales el gas aportaba el 78% del contenido energético. Como las reservas de gas se expresan en pies cúbicos estándar o en BTU2, se buscó términos más asequibles. Se indicó que existía gas para 300 años3.
Con 58 Mantaros por desarrollar y gas para 300 años, la imaginación no exigía cálculo alguno para determinar que Perú tenía suficiente energía para varios Perú por varios siglos. Se sentía que la existencia de recursos naturales estaba holgadamente cubierta; que la única tarea era obtener los capitales que materializasen los sueños en obras.
Camisea se materializó cerrando sus contratos junto con el siglo (diciembre 2000). El proyecto inició operaciones en agosto de 2004. De allí en adelante, hasta mayo del 2008, cada proyecto que pretendía consumir gas se planteaba muchas preguntas (incluidas las rutinarias de entes financieros y agencias de crédito) antes de cerrar compromisos de inversión, excepto ¿Hay suficiente gas? y ¿existe suficiente capacidad de transporte? Hubo quienes primero compraron el equipamiento y luego, al pedir el gas, terminaron de participantes en una subasta –aún inconclusa– disputando los últimos 80 MPCD4 de Camisea, sin poder tocar nada de los 620 MPCD que se reserva para exportar a precios de regalo.
¿Qué ocurrió? Se comprometió un gran volumen de reservas para exportación sin medir el consumo acumulado que alcanzaría en un par de décadas una fuente de energía barata y limpia que penetró en el mercado con una demanda exponencial.
El 28 de agosto de 2008, el Perú presentó información sobre su potencial hidroeléctrico exportable a Brasil. El 17 de mayo del mismo año, los Ministros de Energía de ambos países firmaron un Convenio de Integración Energética con la finalidad de evaluar proyectos hidroeléctricos para la exportación de energía de Perú a Brasil, incluyendo la transmisión asociada. Acordaron que toda la información generada o intercambiada sería tratada como información confidencial.
Después de pensarlo mejor, Perú cambió su propuesta. Así, el 17 de julio de 2009 propuso que el potencial a desarrollar fuese entre 2,000 y 6,000 MW, que atendiese prioritariamente al mercado peruano y que la concesión concluyese a los 30 años, pasando la infraestructura a propiedad del Perú. Asimismo, que las concesiones se otorgasen vía licitación internacional y que cada país pagase la infraestructura de transmisión destinada a conducir la energía a su mercado, aún cuando las obras se construyesen en territorio del otro país.
El 22 de setiembre del mismo 2009 el Ministerio de Minas y Energía de Brasil retrucó que la nueva propuesta peruana no correspondía a lo propuesto inicialmente: que las tratativas fueron con las reglas vigentes al 2008 (concesión a perpetuidad) y que por ello las empresas brasileras ya habían invertido ingentes recursos; que desde el inicio el gobierno peruano propuso un potencial de 20,000 MW, destinados al mercado brasileño. En términos sencillos: emulando al General Mariano Melgarejo, en su entusiasmo, no midió bien los términos y sin proponérselo, en la práctica, el Perú había ofrecido regalar 20,000 MW de su potencial hidroeléctrico a su vecino, dejándole los beneficios y quedándose con los costos sociales y ambientales que se producirían en su territorio.
El futuro consumo eléctrico y por ende las necesidades de equipamiento se estima a partir de la demanda actual y de la tasa promedio de crecimiento anual, hasta un año horizonte; se agrega un porcentaje para reserva (20% a 30%). La tasa de crecimiento eléctrico en Perú es mayor en 1% a 2% mayor a la del Producto Bruto Interno (PBI). Bajo escenarios que van de lo conservador a lo moderado optimista, el Perú podría tener tasas de crecimiento eléctrico entre 4% y 10% anual. Bajo las premisas señaladas, Perú podría necesitar del total de su potencial hidroeléctrico entre los años 2040 y 2060, según desarrolle más lenta o rápidamente.
Una primera pregunta es si cuenta realmente con los cerca de 60,000 MW estimados hace 30 años, cuando los aspectos sociales y ambientales no intervenían y el cambio climático no se identificaba y, menos aún, su efecto sobre la cuantía de las precipitaciones pluviométricas. Hasta mejor información, lo razonable sería situar lo realmente aprovechable alrededor de los 40,000 MW.



La localización de los proyectos es otra consideración importante: unos están vinculados a la cuenca del Pacífico; otros a la del Atlántico, con aguas tributarias del Amazonas. Los últimos a su vez se diferencian entre los ubicados en alta montaña (encima de los 1000 msnm) y los de la zona amazónica; la distinción es importante porque su concepción obedece a esquemas distintos, con efectos ambientales muy distintos. Los del Pacífico y los de alta montaña se construyen derivando aguas mediante túneles o canales con un trayecto casi horizontal, hasta provocar una caída significativa para devolver las aguas al río, previa extracción de su energía mayormente mediante turbinas Pelton. Este tipo de proyectos normalmente no causa problemas sociales ni ambientales; la más de las veces contribuye positivamente en ambos aspectos. Los proyectos de la Amazonía tienen un esquema de explotación distinto; la caída se provoca a través de la construcción de una represa que genera un embalse de agua; en terrenos de poca pendiente (casi planos) como son los suelos amazónicos, la superficie del embalse generado es apreciable, e inunda grandes áreas de terreno, con los efectos conocidos.
A grosso modo, incluyendo los transvases de aguas de la cuenca atlántica al Pacífico, los recursos peruanos se localizan 20% en la cuenca del Pacífico, 40% en alta montaña y 40% en la zona amazónica.
La Amazonía es sede de recursos valiosos para el siglo XXI: de carácter renovable como los forestales, absorción de CO2 y purificación del aire, agua, biodiversidad e hidroenergía; también los perecibles, como minerales e hidrocarburos. Lo ideal sería mantenerla intangible, al menos hasta que luego de haber establecido y evaluado informada y concienzudamente los pros y contras, se cuente con un plan que defina el mejor aprovechamiento de los recursos. La situación real es que el plan no existe, que el Estado carece de recursos y -peor aún- de convicción para proteger su intangibilidad y que migraciones incontrolables en busca de tierras, madereros y minería ilegales y narcotráfico, la están destruyendo desde tiempo atrás y cada vez en mayor escala, ante la impotencia del Estado.
Si el Perú necesita desarrollar su potencial hidroeléctrico, lo racional sería agotar primero las fuentes del Pacífico y la alta montaña, antes de emprender la explotación amazónica, ganando una tregua para subsanar la inexistencia de un plan de aprovechamiento amazónico y para elaborar y hacer madurar proyectos, hasta reducir su impacto a lo realmente tolerable. Este escenario sería incuestionable, si no existiese ya el aprovechamiento ilegal y destructivo que se viene produciendo. Entonces, no se puede dejar de considerar que una explotación insuficientemente madura, pero al menos legal y controlable y que facilite la presencia del Estado en la zona para combatir le explotación ilegal tiene el carácter de mal menor.
La existencia de recursos naturales es condición básica para materializar emprendimientos. Pero sin capitales difícilmente se materializan. Cada proyecto hidroeléctrico tiene sus bemoles; implica largos plazos de maduración, inversiones pre-operativas importantes –ante las cuales vacilan los inversionistas privados– e involucran riesgos constructivos e inversiones cuantiosas.
Analizadas en sus órdenes de magnitud de decenas, centenas o millares de Megawatt (MW) cada orden de magnitud es una historia distinta. Las de la decena de MW pueden ser ejecutadas por empresas medianas. Las de 100 MW, requieren empresas grandes y fuertes o el Estado. Históricamente, las grandes hidroeléctricas en el Perú las ha construido el Estado, con la excepción de la muy reciente Platanal. Una hidroeléctrica de 1000 MW insume cerca de 2,000 millones de dólares. Un riesgo de esta magnitud en el Perú casi sólo está al alcance del Estado porque puede diluirlo entre 6 millones de familias, que no es lo mismo que repartirlo entre un par de decenas de accionistas. En cambio, para Brasil, con una necesidad de cien mil MW en los próximos 20 años, proyectos de 1000 MW son una tarea mediana y acometible.
El Perú comienza a necesitar de proyectos de 1,000 MW que de tiempo en tiempo acompañen a los de 100 MW. La frecuencia de esta necesidad se hará mayor en las próximas décadas.
El reto del país es cómo organizarse para lograrlo. Una primer cambio necesita ser la conciencia que las grandes obras son resultado de un proceso de gestión, de permanente optimización, donde abunda el compromiso entre funcionalidad, calidad y costo a través de sucesivas etapas de estudios, diseños e ingeniería que preceden a su ejecución. Que esos intangibles, invisibles a los ojos, son determinantes en su éxito. Que gracias al costo previo a la construcción, que es menor al 10% del costo final, con un buen proceso de gestión se puede ahorrar hasta un 25% en ese costo final. A la clase gobernante del país le falta interiorizar que se necesita contar con una cartera de proyectos, es decir, con ideas destiladas, maduras y suficientemente bien elaboradas y expresadas, como para poder construirse.
En la correspondencia entre pares durante la iniciativa peruana de proponerle a Brasil desarrollar el potencial hidroeléctrico de la Amazonía peruana se evidencia que Perú se vio forzado a cambiar su propuesta inicial. Quizás fue éste el motivo de no cerrar el acuerdo entre ambos países al momento de la visita del Presidente de Brasil en diciembre de 2009, días después que el Colegio de Ingenieros del Perú expresase sus puntos de vista, incluyendo el rechazo a una cesión de recursos a perpetuidad. Perú cometió el error estratégico de ceder la iniciativa de los estudios a Brasil y renunciar así a contar con información privilegiada sobre sus propios recursos naturales. En condición de marcada asimetría se sentó a la mesa de negociación.
Al plantear el desarrollo de un proyecto hidroeléctrico, se lo puede diseñar y dimensionar de forma que contribuya a optimizar el sistema eléctrico al cual pertenece. Inambari, eslabón entre los sistemas peruano y brasileño, puede concebirse en la perspectiva de optimizar uno u otro. Esta versatilidad debiera ser parte a contemplar en las negociaciones, considerando los beneficios colaterales. El Perú perdió las ventajas de quien estudia y desarrolla el proyecto.
Cuando se presentó a discusión el proyecto de Inambari, ya habían trascendido noticias sobre él: no sólo inundaría 46,000 Km. de bosque y obligaría a desplazamiento poblacional, sino que también inundaría parte de la muy recientemente carretera interoceánica, en su ruta por Puno. El secretismo inicial con que se manejó el proyecto y la escasa credibilidad en las promesas gubernamentales, se sumaron a los problemas de carácter ambiental y social, para formar una atmósfera adversa, poniendo a Inambari a remar contra la corriente. Buena parte de los problemas y objeciones iniciales no se hubieran dado con un manejo más cauteloso y transparente del proyecto, anticipando a los problemas con soluciones a las que de otra forma se llega vía transacciones, luego de haber ocurrido las oposiciones.
Lo desventajoso del proceso seguido es pasar de la razón a la pasión y que junto a la oposición basada en la razón nazca otra oposición basada en la pasión. Existe una experiencia previa en Perú, donde la falta de tacto dio pie a una convulsión social conocida como “el Arequipazo” que en junio de 2002 derribó al gabinete y frustró la privatización de Egasa y Egesur, generadoras estatales con sedes en Arequipa y Tacna. Lo que ocurra con Inambari puede afectar negativamente al desarrollo de las hidroeléctricas de la Amazonía e incluso al aprovechamiento de su potencial hidroeléctrico.
En el caso de Inambari, un esquema alterno, más lento pero más seguro, hubiese consistido en desarrollarlo como proyecto de Electroperú, diseñado bajo su conducción con Electrobras como socio y concursando la ejecución de las obras vía una concesión tipo BOOT (Build, Own, Operate & Transfer), que hiciese que la propiedad retornase a control de Electroperú en 25 años, con acceso a los mercados peruano y brasileño para la colocación de la energía. La presencia de Electroperú habría levantado muchas de las resistencias vía confianza. ♦

REFERENCIAS

(1) El complejo hidroeléctrico del Mantaro toma su nombre del río cuya energía aprovecha. Está constituido por dos hidroeléctricas en cascada: “Santiago Antúnez de Mayolo” (SAM) y Restitución. La primera de ellas aprovecha la caída de agua que se obtiene gracias a una primera curva del río Mantaro.
(2) BTU = British Thermal Units
(3) Sin mayor raciocinio, rutinariamente se dividió la magnitud de las reservas halladas entre el consumo anual de gas del Perú de aquel entonces, sin considerar que el Perú solo consumía gas en Talara, una suerte de provincia hidrocarburífera, pero cuya demanda no podía ser representativa de un consumo potencial a escala nacional.
(4) MPCD significa millones de pies cúbicos estándar por día.

*Ex Ministro de Energía y Minas. Ex Decano del Colegio de Ingenieros del Perú.
Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/peru-el-desarrollo-amazonico-y-el-potencial-hidroelectrico