20 ago. 2010

Hay palabras tan manoseadas que, llegado un momento, se torna muy difícil, cuando no imposible, definirlas con precisión. ASI: El político profesional no es el ciudadano común que se involucra en los asuntos de la res publica (eso no pasa nunca en nuestras democracias representativas, ¡no puede pasar nunca!) sino la persona –generalmente varón– que se dedica de tiempo completo a moverse en el aparato de Estado, a administrar toda esa maquinaria conociendo los vericuetos íntimos del poder político.

Políticos profesionales: “¡Que se vayan todos!”


Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS.info)

Hay palabras tan manoseadas que, llegado un momento, se torna muy difícil, cuando no imposible, definirlas con precisión. Son términos cuyo sentido originario, al menos según la etimología, ha cambiado tanto, ha sufrido tal proceso de transfiguración que debe hacerse un complicado galimatías hermenéutico para situarlos. Entre éstas, nada curiosamente, se encuentras muchas de las que tienen que ver con el poder, con las relaciones entre los seres humanos (que son siempre, en mayor menor medida, relaciones asimétricas de poder).

Así, por ejemplo, pueden mencionarse “democracia”, “libertad”, “pueblo”. Son tan amplias, tan confusas y vagas que pueden dar para todo; en su nombre se pueden tomar las armas para intentar cambiar el mundo así como invadir un país o declarar “guerras preventivas”. No sucede lo mismo con otros conceptos, mucho más acotados, concretos, que jamás pueden prestarse a equívocos: “lucha de clases”, por ejemplo, o “explotación”, por poner algunos ejemplos.

En ese orden de polisemias problemáticas encontramos la idea de “política”. Y de la mano de ella, la de “político profesional”.

En realidad, no es común hablar de político “profesional”; en todo caso, se habla de “político” a secas, sobreentendiéndose con ello lo que está en juego: aquel que ejerce el ¿oficio? de hacer política como modo de vida. Con esto, la conciencia común no se refiere al cuadro medio de la administración pública, a los funcionarios que sí, efectivamente, mueven los mecanismos de la organización estatal (ese es el nivel técnico) sino a la dirigencia de ese Estado: léase “puestos políticos de los gobiernos” (miembros de los poderes legislativos, ministros y presidentes, autoridades municipales en muchos casos, etc., etc., en general, cargos electivos).

El político profesional no es el ciudadano común que se involucra en los asuntos de la res publica (eso no pasa nunca en nuestras democracias representativas, ¡no puede pasar nunca!) sino la persona –generalmente varón– que se dedica de tiempo completo a moverse en el aparato de Estado, a administrar toda esa maquinaria conociendo los vericuetos íntimos del poder político. La noción es moderna; nace en el capitalismo europeo, en el Estado-nación moderno que crea el capitalismo triunfante en la Europa post renacentista, y que hoy ya se ha extendido globalmente como sinónimo de progreso y modernidad. Esta noción de “político” tiene en la actualidad sus códigos propios, su historia, su identidad. Como mínimo, y aunque suene a chistoso, tiene incluso identidad hasta en su presentación formal: varón de mediana edad, o ya entrado en años –raramente joven– en traje y corbata con pelo corto. Y como la mujer ya ha ingresado también a este “oficio”, por supuesto tiene su correspondiente look, su uniforme: trajecito formal, tacones, pelo recogido.

La profesión ya se ha globalizado, y con las adecuaciones del caso (también vale en algunos casos la túnica o el traje típico de la región; el “traje y la corbata” son, en todo caso, un emblema ideológico) puede encontrársela en cualquier punto del globo. Todo lo cual puede demostrar al menos dos cosas: por un lado, que los vericuetos del poder y de las sociedades basadas en las diferencias de clases, más o menos se repiten por igual en cualquier latitud. Y por otro, que las matrices dominantes que marcan el modo de hacer vienen impuestas por la cultura dominante, en este caso, la visión eurocéntrica, occidental si se quiere decir de otro modo (léase: el traje y la corbata, o… democracia representativa, formal, democracia de los partidos políticos).

Esta concepción lleva a la base una noción que jamás se va a expresar abiertamente, pero que es fundamental; como dijera sarcásticamente Paul Valéry: “la política es el arte de evitar que las personas participen en los asuntos que les conciernen”. Es decir, la idea de político profesional presupone que, más allá de la declaración –siempre pomposa por cierto– de participación ciudadana, gobierno del pueblo y voluntad popular, u otras cosas igualmente altisonantes, no se equivoca en algo básico: el poder no está en el siempre invocado pueblo, en la gente de a pie. Aquello fórmula de “el soberano es el pueblo”, no puede sostenerse más que como mal chiste…

Si se quiere expresarlo con mayor cinismo, la política profesional, la actividad que a lo largo del siglo XX ya se “normalizó” universalmente como práctica de los partidos políticos manejando los aparatos de Estado –eso son las benditas democracias de cuyas supuestas bondades estamos inundados por la ideología dominante, por el acoso mediático que identifica progreso con esa forma de organización–, esa noción de política y del político profesional que la ejerce es lo que, cada vez más, están por el piso.

La “política” como actividad civil está desacreditada, abominada, denigrada –sin mayores posibilidades de arreglo, por lo que se ve– puesto que la mentira que encarna cada vez es más insostenible. Cuando, por ejemplo, se dice de la movilización de un determinado sector social, de una huelga, de una medida de fuerza, etc., que eso es “político”, se encierra ahí una noción de qué entiende el sentido común por actividad política: algo artero, mañoso, sucio, algo que conlleva una agenda oculta non sancta. ¿Por qué? Porque el sistema de partidos políticos y de profesionales de la política que conocemos no puede llevar sino a eso: es el arte (quizá es excesivo llamarlo así: quedémonos con práctica) que consiste en mantener el statu quo, mantener inalterable la estructura económico-social de base, manejando (mejor aún: manipulando) las grandes masas. Es decir: la mentira bien presentada. En palabras de Zbigniew Brzezinky, un ideólogo estadounidense de la extrema derecha muy transparente en sus declaraciones, “el rumbo lo marca la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caen fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas [los políticos profesionales], quienes explotan de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”. La derecha sabe lo que dice, aunque lo diga por lo bajo. ¿Quién se atreve a definir así el trabajo de un político profesional? En los manuales de Ciencia Política eso no aparece, por supuesto. Sólo la altanería que pueda dar la impunidad de saberse todopoderoso permite, como a Brzezinky, decirlo sin pelos en la lengua

Es idea repetida hasta el hartazgo que los males de la sociedad, las injusticias y penurias que sufren las grandes mayorías, se deben a los políticos profesionales (léase: funcionarios de Estado). Ahí es donde puede apreciarse con toda claridad entonces la función social de la política profesional: pasan a ser el fusible de las sociedades. Si se quiere expresarlo de otro modo: son el “chivo expiatorio” de los poderes, de los verdaderos poderes, los que les pagan sus campañas.

La ideología que nos domina elude siempre mostrar la diferencia de clases y el origen real de la explotación, de la riqueza que se genera a partir de la alienación del trabajo de las grandes mayorías. Los problemas sociales –es decir: las diferencias sociales– quedan explicadas por la supuesta mala práctica de quienes administran la cosa pública, por la sempiterna corrupción de los políticos. “Estamos mal, estamos pobre, estamos jodidos porque los políticos se roban todo”, puede escucharse como cantinela interminable. De ese modo el sistema como un todo se asegura, se mantiene intacto: la “culpa” de los males no está en el sistema mismo, sino en la corrupción de quienes lo administran. La treta funciona muy bien, pues en general es eso lo que las mayorías repiten. Es la administración de turno quien hace de “malo de la película”. Exagerando, cuando el sistema hace crisis, se puede llegar a pedir que se marchen todos los políticos, todos los administradores oficiales –de traje y corbata– de la cosa pública, como sucedió en Argentina a fines de 2001, cuando pasaron cinco presidentes en el lapso de dos semanas en una explosión de ingobernabilidad. Más allá de ese desfile de gobernantes, expulsados uno tras otro al calor popular de un indignado “¡que se vayan todos!”, la situación de fondo no se “resolvió” con esas partidas. La “mala praxis” de ningún político profesional explica la caída de la economía argentina, sino los planes de capitalismo salvaje que se aplicaron durante más de dos décadas, que dieron como resultado una crisis espantosa resumida en el tristemente célebre “corralito”. Aunque efectivamente “se vayan todos”, el sistema permanece. Ahí es entonces donde se ve el papel de fusible, de tapón de la verdadera estructura subyacente del sistema que juegan estos encorbatados políticos.

El sistema socioeconómico funciona; es decir: produce y reproduce su estructura (la explotación de una clase por otro, dicho clara y simplemente). Sus administradores, mal o bien, cumplen con su función de mantenerlo andando, de hacer funcionar los aparatos de Estado. Que haya más o menos corrupción en esa tarea, que haya más o menos competitividad y talento en la obra, o mediocridad, en definitiva no altera las cosas. Dicho grotescamente: no importa el color de la corbata de quienes ocupan determinadas sillas, determinados cargos en la administración: el sistema como un todo se mantiene. Por supuesto, alguien tiene que ocupar esas sillas: y ahí está entonces ese oficio tan peculiar.

La “raza” de los políticos profesionales es muy singular: hay que tener una buena dosis de cinismo para poder trabajar de eso que apuntaba Valéry: “el arte de evitar que la gente participe realmente en sus asuntos”. Es decir: hay que ser un buen “mentiroso de oficio”. Pero no se trata de satanizar: los políticos profesionales, detrás de sus uniformes de combate –el traje y sus finas corbatas, o su equivalente en la versión femenina– no son tenebrosos personajes equivalentes a capos mafiosos, aunque en cierta forma así los pinte la conciencia popular. Algo de eso podrán tener, sin dudas; los habrá más o menos mafiosos seguramente. Pero ellos no son los causantes de las penurias de las grandes mayorías. Así se fueran todos, el sistema persistiría, y los efectos del sistema: la explotación, las injusticias, las diferencias irritantes, las asimetrías sociales, no desaparecerían.

Es un lugar común ver a los políticos profesionales como corruptos, aprovechados, ávidos de poder, mentirosos (“construiremos un puente… y si no hay río, ¡construiremos un río!”). Y los partidos políticos, en tanto fábricas de políticos profesionales son, en muchas encuestas que así lo indican, junto a los Parlamentos (cámaras de diputados y/o senadores), las instancias menos reputadas entre la población en términos de credibilidad social, los más abominados, los peor calificados. Todo eso es lo que queda en la conciencia colectiva, sin dudas. Una mirada al entorno político de cualquier país “moderno” –léase capitalista con sistema de democracia formal vía partidos– da más que suficientes fundamentos a esa descripción. Ahora bien: el problema de fondo no está en el viático irritante que puede cobrar un congresista, el vuelto que se le queda pegado a un ministro o el soborno que cobrará algún alcalde para otorgar un permiso de construcción. Esas son lacras del sistema político, definitivamente. Pero así se terminara con todo eso de un día para otro, la explotación inmisericorde, las injusticias y las diferencias de clase no terminarían. Los políticos profesionales, como grupo cerrado, como “gremio” profesional que son, en más de algún caso, o en mucho casos, pueden ser despreciables (quizá más que otros gremios que no juegan con los dineros públicos –nadie desprecia a los bomberos, ni a las enfermeras ni a los arquitectos, por ejemplo–); pero no son ellos la fuente de las injusticias.

Lo dramático en todo esto es que a partir de esa práctica específica de la política, de esa forma peculiar que han ido tomando los partidos políticos en las democracias representativas, la idea misma de política quedó desacreditada. Política, en ese sentido, para el imaginario colectivo es sinónimo de desprestigio, de cosa sucia, de actitud mafiosa. Pero la política no es sólo eso: puede ser también –y esto es lo que hay que rescatar – la participación efectiva de la población en los asuntos que le conciernen.

Imagen: Humor por Sergio LANGER. / Fuente: “Libro – Manual de historia argentina – De Carlos a Néstor”. Editorial Pequeño Editor
Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.argenpress.info/2010/08/politicos-profesionales-que-se-vayan.html?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed:+Argenpressinfo-PrensaArgentinaParaTodoElMundo+(ARGENPRESS.info+-+Prensa+argentina+para+todo+el+mundo)

19 ago. 2010

CIERTO QUE: La Asamblea Nacional de Rectores, la Universidad Peruana y los docentes de Trabajo Social, no pueden seguir contemplando el ocaso de esta profesión en el Perú, al parecer inevitable.

El trabajo social: el ocaso de una profesión en el Perú

Escribe: Adel Hurtado Vera* 
El Trabajo Social en el Perú está de aniversario. Como disciplina que visiona el bienestar del ser humano, no vislumbra su futuro. Su pasado y presente, en cambio, ha estado y está lleno de confusiones teóricas y metodológicas las cuales han agravado la estabilidad de una profesión en el ámbito de la formación universitaria.
UNA CRISIS DE IDENTIDAD
El Trabajo Social en el Perú conjetura una constante crisis de identidad, producto del confusionismo ideológico y de influencias coyunturales filosóficas, sociológicas y psicológicas.
Esta situación ha conllevado a que no se conozca, epistemológicamente, qué se entiende por Asistencia Social; cómo concebir el Servicio Social; qué es el Trabajo Social; o cuál es la teoría, el método y las técnicas sociales en las cuales se sustenta como carrera universitaria.
Existen más de un centenar de definiciones ‘teórico-conceptuales y/o hipotético-deductivas’ sobre esta carrera. Éstas van desde:…..’Disciplina Social’; ‘Ciencia Normativa’; ‘Modo de Acción Social’; ‘Acción de Asistir’; ‘Acción Científica’; ‘Praxis Científica’; etc., hasta ‘Quehacer Profesional’; ‘Tecnología Social’; ‘Técnica’; ‘Arte y Ciencia’; ‘Ciencia de las Relaciones Humanas’ etc. etc.
A esta coyuntura histórica se sumó la denominada Reconceptualización del Trabajo Social, imaginada por el Grupo ECRO en los años ‘60, donde sus creadores -Trabajadores Sociales de Argentina, Uruguay y Chile- escribían que los profesionales deberían dejar atrás las prácticas asistencialistas, para convertirse en ‘Agentes de Cambio’ y asumir un compromiso de clase al lado de los explotados y oprimidos.
Más tarde, ya en la década próxima pasada, con la inserción del Perú a la economía mundial, se dejaba de lado –paulatinamente- al Estado-nación benefactor, y con ello se caía a pedazos uno de los pilares esenciales de los orígenes del Trabajo Social en el Perú. La globalización y la revolución de las tecnologías agravó, más aún, su estabilidad académica, porque encuentra a la profesión en una pobreza académica y en un cierrapuertas a los Centros Superiores de Enseñanza Privada.
La Universidad, como unidad educacional, no comprendía –desde una perspectiva cognoscitiva e intelectual- que el Trabajo Social, concebido bajo los albores del capitalismo monopolista, no podía tener otro destino que virar hacia paradigmas económico-sociales y superestructurales del sistema que lo viera nacer.
EL CURSILLISMO ‘ACADEMICO’
Esta modalidad ‘intelectual’ ha invadido no sólo a las Facultades y Escuelas de Trabajo Social, sino subsiste en el interior de los Colegios Profesionales a nivel nacional.
El cursillismo, que no es sino parte de la mediocridad intelectual, nunca aportó a la profesión que no sean sendas exposiciones magistrales alejadas de la quintaesencia del Quehacer Profesional.
La impronta del cursillismo en la profesión se debe también a la ausencia de textos nacionales los cuales le imprimirían una direccionalidad académica a la carrera, ya que los docentes, Trabajadores Sociales, no muestran producción intelectual alguna. Esto es, catedráticos de Trabajo Social que enseñan metodología de investigación, que profesan la teoría del conocimiento y la investigación en Trabajo Social, no publican un folleto o libro de trascendencia científica como aporte a su profesión.
EL OCASO DE UNA CARRERA UNIVERSITARIA
La década del ’90 marcó el inicio del fin del Trabajo Social como carrera universitaria en el Perú. En julio de 1995 pusimos el dedo en la llaga, pero la herida sigue siendo la misma.
A ningún docente universitario -particularmente de las Ciencias Sociales- le es extraño que el Trabajo Social como carrera universitaria tiende a desaparecer, porque su imagen está circunscrita a las aulas universitarias.
Mas no es tarde para revertir esta situación. Ello exige que las Universidades y las Facultades de Trabajo Social valoren la capacidad cognitiva e intelectual de sus docentes, quienes no pueden seguir ofreciendo cátedras magistralmente intrascendentes y divorciadas de la realidad. Meritúa, también, observar los sylabus de enseñanza que ya no responden a una sociedad que va por diversos rumbos económico-sociales desde 1970.
Los Centros de Enseñanza Superior, no pueden seguir formando estudiantes sin considerar el mercado ocupacional del Trabajador Social. Las Facultades y Escuelas de Trabajo Social a nivel nacional tampoco pueden continuar educando futuros profesionales por el simple hecho de justificar la actividad laboral de sus docentes.
Actualmente las carreras de Trabajo Social sólo subsisten en las Universidades Públicas, porque el Estado Peruano no puede desconocer la Ley Universitaria y los Convenios de Estabilidad Laboral de los catedráticos. En cambio, en las Universidades Privadas, desde principios de este siglo, cierran progresivamente sus Facultades y Escuelas de Trabajo Social.
El septuagésimo tercer aniversario del Trabajo Social en el Perú -que se recuerda este 25 de julio-, encuentra a la profesión al borde del colapso y su posterior desaparición.
La Universidad en el Perú debe considerar esta situación, el Trabajo Social también, sino desea el destino de la Universidad Católica de “Santa María” de Arequipa, donde el año 2000 la separó de sus Actividades Académicas. La Universidad Particular de “San Martín de Porres” en Lima hizo lo propio, al cerrarles la Facultad de Trabajo Social. La Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), ya no cuenta en sus actividades profesionales con la Facultad de Trabajo Social.
La Asamblea Nacional de Rectores, la Universidad Peruana y los docentes de Trabajo Social, no pueden seguir contemplando el ocaso de esta profesión en el Perú, al parecer inevitable.
(*) Sociólogo y Periodista, tiene estudios de Doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional Mayor de “San Marcos”. Mail: adelperu@hotmail.comEdición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.losandes.com.pe/Sociedad/20100725/38896.html