23 nov. 2010


Goldman Sachs, emblema de la especulación financiera

por Ibrahim Warde
 Un inmigrante judío bávaro, Marcus Goldman, luego asociado a su yerno, Samuel Sachs, echó las bases en 1869, en Nueva York, de lo que con el correr del tiempo se convertiría en uno de los bancos más poderosos del mundo. Guiado durante su larga etapa fundacional y de consolidación por los principios tradicionales de la gestión financiera –prudencia, sensatez, apuesta por el largo plazo y respeto a la palabra empeñada–, con la orgía desreguladora desatada en la década de 1980 Goldman Sachs multiplicó sus beneficios de manera asombrosa, mientras se entregaba con desenfreno a las formas más extremas de la especulación, hacía añicos sus antiguos mandamientos morales e incursionaba en todo tipo de negocios oscuros, hasta convertirse en uno de los mayores taumaturgos del actual cataclismo económico mundial.
El 15 de julio pasado el Senado estadounidense aprobó lo que se ha convenido en llamar “la más amplia reforma del sector financiero estadounidense jamás operada desde la Gran Depresión”. La ley, más modesta que el proyecto inicial de Barack Obama, representa un éxito político del Presidente quien, tomando la delantera frente a un lobby bancario debilitado por la crisis, también supo aprovechar el affaire Goldman Sachs, con su contenido de revelaciones sobre los usos y costumbres de Wall Street.
El mismo día en que la ley bancaria, conocida con el título de “Dodd-Frank” (por el nombre de los representantes demócratas Christopher Dodd y Barney Frank), fue sancionada por el Senado, se produjo otro hecho que resultó casi eclipsado: el acuerdo entre la agencia federal que es el “gendarme de la Bolsa”, la Securities and Exchange Commission (SEC), y Goldman Sachs. Gracias a una multa de 550 millones de dólares, el banco de inversión evitó un juicio por fraude relativo a un producto financiero, Abacus, que le había permitido precaverse contra la caída de las obligaciones vinculadas al sector inmobiliario en el mismo momento en que incitaba a sus clientes a invertir en ese mercado… La SEC, criticada durante mucho tiempo por su pasividad, ahora podía jactarse de
un golpe de efecto. Y Goldman Sachs demostró la extensión de su habilidad política: reconoció “errores“ en la comercialización del producto, sin que esos errores pusieran en cuestión al equipo dirigente. En suma, el banco de negocios pudo dejar de preocuparse por el tema. Aunque aparentemente importante, la multa sólo constituye el equivalente a dos semanas de sus ganancias. Y el 3% del total de primas que distribuyó en 2009.
Esta destreza para jugar con el poder –o para reírse de él– no debería sorprender. Desde el comienzo de los años 1990, una carrera política de primer nivel constituyó el coronamiento lógico para cualquier ejecutivo de Goldman Sachs (ver “Los hombres...”).
La consanguinidad con el mundo político explica la participación del banco en las grandes maniobras financieras, ya que ha tenido un papel tan central como ambiguo en el asunto de las hipotecas subprimes y del salvataje de los bancos; ayudó a Grecia a maquillar sus cuentas, precipitando la crisis del euro; también habría provocado, especulando con las materias primas, un alza artificial de los precios del petróleo. Por otro lado, entre años buenos y malos fue capaz de conseguir ganancias considerables, incluso después del estallido de las burbujas a las que contribuyó fuertemente a inflar. Los abundantes ingresos de los mejores años no sorprendían. Pero, después del derrumbe del castillo de naipes y la purga que le siguió, los ingresos de los años peores terminaron por ofender a la opinión pública, que se preguntó si la desgracia de las (muy numerosas) víctimas del estallido de las burbujas contribuiría a la buena suerte de Goldman Sachs.

Orígenes metódicos y prudentes

La empresa, fundada en 1869 por Marcus Goldman, un inmigrante judío bávaro a quien rápidamente siguió su yerno Samuel Sachs, especializada al principio en el corretaje de “papeles comerciales” (toma de préstamos a corto plazo emitidos por empresas), estuvo durante largo tiempo fuera del establishment financiero, casi enteramente wasp (white, anglo-saxon and protestant: blanco, anglosajón y protestante). Duramente afectada por la crisis de 1929, recién vivió un verdadero auge después de la Segunda Guerra Mundial; en 1956, el banco de inversión tuvo un papel crucial en la introducción a la Bolsa de la automotriz Ford. De a poco, fue adquiriendo una reputación envidiable, tanto por su profesionalismo como por la capacidad de trabajo de sus equipos, muy unidos e impregnados de una fuerte cultura de empresa. Dominada por financistas a la antigua como Sidney Weinberg o Gus Levy, lentamente se impuso la asociación con el establishment tradicional, hasta fundirse con él.
Goldman Sachs siguió siendo, sin embargo, diferente de sus competidores. El banco era conocido por ser metódico y prudente, y por no participar nunca en operaciones de toma de intereses “hostiles”. Una de sus divisas –festina lente (apresúrate lentamente)– le valió el sobrenombre de “tortuga”. Contrariamente a algunos de sus competidores, evitó los gastos suntuarios. Para exhibir claramente que el dinero no debe ser el único motor de las tropas, sus cuadros cobran menos que los de la competencia, de donde proviene una relativa “frugalidad”. Otra de sus divisas –long-term greedy (la avidez orientada a largo plazo)– le impone un enfoque paciente de la inversión, lo que supone que sabe aceptar sacrificios financieros, siempre que eso le asegure una fidelidad sin fallas de sus clientes. La cultura de la empresa se expresa en los célebres “catorce mandatos”. El séptimo explica precisamente: “No hay lugar entre nosotros para aquellos que pongan sus propios intereses por delante de los de la empresa y de los clientes”. En el muy cerrado club de los bancos de negocios, los códigos deontológicos y el respeto a la palabra dada todavía contaban (1).
Todos estos hermosos principios se fueron deteriorando progresivamente con la desregulación financiera de los años 1980. El criterio supremo llegó a ser el de una rentabilidad cada vez más grande, que no podía lograrse más que al precio de métodos dudosos: efecto de palanca (compra especulativa financiada con endeudamiento) peligrosamente elevado; desvío respecto de algunas reglas que perduraban, e innovaciones a toda velocidad (2). En este período se inician la consanguinidad con el poder (aun cuando el discurso oficial sigue invocando al mercado para todo), la internacionalización y la loca carrera por las ganancias (3).

De “tortuga” a “pulpo”

De manera lenta pero segura, la “tortuga” se convirtió en un “pulpo” que pensaba en reescribir las reglas de las finanzas –que permitirían casi todo– para su propia ventaja. En el extranjero recluta dentro de la elite político-financiera consejeros a precio de oro para ayudarlo a sacar provecho de la ola de desregulaciones y de privatizaciones. En Francia, por ejemplo, la elección del banco recae en Jacques Mayoux, inspector de finanzas y antes presidente de la Société Générale, director general de la Caja Nacional de Crédito Agrícola y presidente de Sacilor. Charles de Croisset, inspector de finanzas, ex presidente del Crédit Commercial de France (CCF), administrador de Bouygues, Renault, LVMH y Thales, fue su sucesor.
Otro gran cambio se produjo en 1999. Goldman Sachs pasó del estatuto de asociación al de empresa que cotiza en Bolsa (4). “La Firma”, hasta ayer una sociedad de personas en comandita –cuyo capital y beneficios pertenecían a asociados responsables que, con sus bienes propios, respondían por los riesgos tomados por la empresa, en la cual, por otro lado, se suponía que reinvertían la parte principal de sus beneficios–, se convirtió en una “sociedad pública” (cuyo valor “establecido por el mercado” era de 3.600 millones de dólares), y los 221 socios de Goldman Sachs, poseedores del 48% del capital, embolsaban en promedio 63 millones de dólares cada uno (5)… Se había terminado con la disciplina financiera y la avidez “a largo plazo”. A la hora de la financiarización, el éxito se cuenta por la cantidad de dólares generados balance tras balance. Goldman Sachs está a la cabeza de los bancos de Wall Street en rentabilidad (13.400 millones de dólares de resultado neto en 2009). Y muestra sin pudor los bonus que reciben sus empleados.
En el casino financiero, el banco cumple varios papeles: el del croupier que se gana una comisión sobre todas las transacciones, y el del consejero que, contra dinero contante y sonante, elabora estrategias y provee información a sus clientes: gobiernos, inversores institucionales o arriesgados inveterados como los hedge funds (fondos especulativos). Sus analistas y economistas se cuentan entre los más escuchados del planeta, y sus declaraciones influyen con frecuencia sobre el curso de las cosas. Pero, en la mesa de juego, Goldman Sachs aparece sobre todo como el jugador que conoce las cartas de todos los demás jugadores: él es quien coloca las apuestas, además de las suyas propias…

Supermercado de negocios

En efecto, el grueso de los beneficios de la firma proviene del trading con fondos propios. El banco coloca sus capitales propios en todos los mercados financieros, en el sector inmobiliario y en la búsqueda de financiamiento para sociedades de fuerte potencial. Por otra parte, desde la adquisición de J. Aron & Company en 1981, se convirtió en un peso pesado en el mercado de materias primas, y por eso tiene influencia, conscientemente o no, sobre la salud económica de los productores y consumidores del mundo entero. No se le escapan ni las oportunidades ligadas al mercado petrolero ni las que preservan el recalentamiento climático. Y tampoco la mina de oro de los “créditos de carbono” (6).
Los conflictos de intereses son inherentes a este supermercado de las finanzas que ofrece toda una gama de servicios, a la vez que busca permanentemente maximizar su rentabilidad. El asunto Abacus, desencadenado por los mensajes electrónicos indiscretos del corredor de bolsa francés Fabrice Tourre, es un ejemplo de ello. Goldman Sachs fue acusado por la SEC de haber engañado a sus clientes al venderles en 2007 CDO (Collateralized Debt Obligations: obligaciones garantizadas con deudas), productos derivados complejos adosados a créditos inmobiliarios de alto riesgo (subprimes), sin informarles de que al mismo tiempo el banco apostaba a su caída. Por un lado, el banco había liquidado su cartera de subprimes, lo que tenía derecho a hacer. Pero, sobre todo, había ocultado a sus clientes el haber recibido del fondo especulativo Paulson 15 millones de dólares para realizar ese montaje. Mejor (o peor), Paulson, el propio especulador, habría participado junto a los especialistas del banco en la selección de los créditos más susceptibles de degradarse.
En otros términos, Goldman Sachs, consciente de la inminencia de una crisis de los subprimes, siguió incitando a sus clientes a apostar a un alza del sector inmobiliario mientras, en asociación con un fondo especulativo, el banco apostaba a una baja, lo que tuvo el efecto de precipitar la caída de esos títulos. Los inversores, que no sospechaban este doble juego, habrían perdido más de 1.000 millones de dólares en la aventura (7). Robert Khuzami, uno de los responsables de la SEC, resumió así la acusación del gobierno: “Goldman, equivocadamente, le permitió a un cliente que jugaba contra el mercado hipotecario que influenciara fuertemente la elección de títulos inmobiliarios que debían ser incluidos en un instrumento de inversión, cuando al mismo tiempo le decía a otros inversores que esos títulos eran elegidos por un tercero independiente y neutral”. En lugar de conceder que había cometido “errores”, el banco lo negó, juzgando a la denuncia como “sin fundamento”. El caso de Grecia brinda otro ejemplo: el establecimiento neoyorquino cobró como banquero-consejero del gobierno de ese país, al mismo tiempo que especulaba con su deuda.

Lo inmoral y lo ilegal

Sin embargo, desde un punto de vista legal, Goldman Sachs tal vez tuviera razón. Lo que es inmoral no es forzosamente ilegal. Hace menos de veinte años, durante el escándalo de las cajas de ahorro, unos 1.500 banqueros purgaron sus penas en la cárcel sobre la base de las leyes denominadas “anti-racketeering” (anti-chantaje), anteriormente implementadas para combatir a la mafia y el crimen organizado. En lo sucesivo, los banqueros gozaron de un estatuto completamente distinto. Ahora prevalece un nuevo marco legal e ideológico.
Numerosas prácticas (como el seguro de deudas conocido con el nombre de Credit Default Swaps o CDS) escapan a cualquier regulación. Lo que prevalece es el principio del “caveat emptor” (“comprador, ¡desconfía!”). Y Goldman Sachs repite con entusiasmo que ellos no han hecho más que responder a la demanda de sus clientes, los cuales eran, por otra parte, inversores experimentados que se suponía podían hacer una verificación sistemática (due dilegence). Además, todos los documentos legales contenían las advertencias y reservas habituales.
En el mundo de las altas finanzas, en efecto, la opacidad resulta con frecuencia de un exceso de transparencia. Cada producto está acompañado de una documentación de varias centenas e incluso miles de páginas generalmente ilegibles, que se supone uno lee y comprende, lo que explica la razón de que algunos inversores confíen en las notas que ponen las agencias de riesgo, las que con frecuencia se equivocan. Como lo constata Rama Cont, director del Centro de Ingeniería Financiera de la Universidad de Columbia, al recordar los riesgos de los títulos emitidos por Goldman Sachs y cotizados como AAA (la mejor nota), “la información está disponible, pero cada título subprime está redactado en cincuenta o sesenta páginas, y muchas veces de manera diferente, según los juristas. Habría sido necesario movilizar al personal adecuado para desnudar las 5.700 páginas del producto derivado de deuda Abacus…” (8).
Después de haber suscitado admiración durante mucho tiempo, Goldman Sachs sufre ahora un problema de imagen. En plena crisis económica mundial, a cuyo desencadenamiento contribuyó ampliamente, junto con otros gigantes de Wall Street, el banco se otorgó a sí mismo bonus juzgados “obscenos”. También han surgido otros escándalos o acusaciones, que incitan a preguntarse si para el banco la travesía relativamente feliz de la tormenta financiera no se debe a la ubicuidad de sus antiguos dirigentes. Ahora resulta de buen tono, incluso entre aquellos que se habían beneficiado de su generosidad, criticarlo. Barack Obama, Gordon Brown, Angela Merkel han tenido palabras relativamente duras hacia una empresa de la cual podrían un día recibir una oferta de empleo.
Sin embargo, el affaire Goldman Sachs hizo posible la reforma del sistema financiero de Estados Unidos. La ley Dodd-Frank es clara, con toda seguridad, sobre los grandes principios: impedir el derrumbe y el salvataje de las grandes instituciones financieras por los contribuyentes, minimizar la especulación de los bancos con sus fondos propios, imponer más transparencia al mercado de productos derivados intercambiados de manera extrabursátil, con el fin de proteger a los consumidores contra las prácticas predadoras y usurarias. En cambio, sus 2.300 páginas parecen menos convincentes en cuanto a la puesta en práctica de semejante programa. Aun cuando las cifras de la Cámara de Comercio de Estados Unidos son, sin duda, deliberadamente exageradas, la ley Dodd-Frank supondría la redacción por diez agencias gubernamentales diferentes de 533 nuevas regulaciones, 60 investigaciones y 94 informes en un plazo de tres meses a cuatro años…
El lobby bancario combatirá en todos estos terrenos. Apuesta a la desaparición progresiva del rencor de la opinión pública hacia las instituciones financieras para volver a su libertad de antaño. También en esto, Goldman Sachs sabrá jugar su parte.


1 Charles D. Ellis, The Partnership. The Making of Goldman Sachs, Penguin, Nueva York, 2009.
2 Suzanne McGee, Chasing Goldman Sachs, Crown, Nueva York, 2010.
3 Ibrahim Warde, “Les assises du système bancaire ébranlées par la déréglementation“, Le Monde diplomatique, París, enero de 1991.
4 Lisa Endlich, Goldman Sachs. The Culture of Success, Simon and Schuster Touchstone, Nueva York, 2000.
5 Nomi Prins, It Takes a Pillage, Wiley, Nueva York, 2009.
6 Matt Taibbi, “The Great American Bubble Machine”, Rolling Stone, Nueva York, 5-4-10.
7 Ibrahim Warde, “Des Français qui gagnent“, Le Monde diplomatique, París, julio de 2010.
8 Sylvain Cypel, “Les ‘conflits d’intérêts’ d’Abacus“, Le Monde, París, 4-5-10.

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/goldman-sachs-emblema-de-la-especulaci%C3%B3n-financiera

22 nov. 2010


Una huella que no se borrar

por Osvaldo Gallone
Mucho se ha escrito sobre la muerte del notable escritor portugués y premio Nobel José Saramago, pero poco, en estos días, de su obra. Leerlo, disfrutarlo y comprobar por qué su altura literaria está destinada a persistir en la memoria de los hombres, es el mejor homenaje que merece.
Uno de los mayores escritores portugueses del siglo XX (pléyade que preside sin discusiones el poeta Fernando Pessoa y su privilegiada corte de heterónimos), José Saramago, murió el 18 de junio pasado en Lanzarote, residencia de voluntario exilio por el que había optado cuando el gobierno de su país se negó a presentar, por razones fundadas en la moral más estrecha de miras, El Evangelio según Jesucristo (1991) al Premio Literario Europeo. De modo atendible –y, en este caso, justo–, la muerte suscita el fervoroso homenaje en detrimento de la serena evaluación; de modo no menos atendible y justo, la obra de Saramago merece que se la descubra, se la revisite y se la aquilate. El mejor tributo a un escritor –muerto o vivo– sigue siendo uno y el mismo: leerlo.

La madurez del narrador

Se puede concebir a un poeta-niño prodigio (Una temporada en el infierno, de Rimbaud, se publica a los diecinueve años del autor), a un cuentista precoz (el argentino Miguel Briante publica Las hamacas voladoras a sus veinte años), pero parece inevitable que el andamiaje de la novela requiera, al menos, un atisbo de madurez biográfica.
Ese ancho género que se sustenta de manera preponderante en una tríada temática (amor, desasosiego, muerte) demanda que el escritor que lo frecuente haya amado, haya sufrido, haya percibido la ominosa sombra de la muerte. No resulta gratuito, pues, que entre la primera novela de Saramago (Tierra de pecado, 1947) y la segunda (Manual de pintura y caligrafía, 1977) transcurrieran tres décadas, tal y como si el vacilante joven de veinticinco años hubiera tenido que aguardar al hombre de cincuenta y cinco para emerger como un escritor de singular solidez dotado de un estilo intransferible.
En un breve ensayo de lectura inexcusable (El Renacimiento, cuya primera edición en castellano es de Hachette, 1944), Walter Pater define el estilo como “un estado de alma que informa el todo”; probablemente fueran tres décadas las que le insumió a Saramago acuñar con paciencia de orfebre ese “estado de alma” del que habla Pater. También se puede pensar que el estilo es la forma de respirar de un escritor, la cual, como toda forma de respirar, resulta personalísima, intransferible y única. Ya en Manual de pintura y caligrafía, pero especialmente en Levantado del suelo (1980, que cuenta la vida, labores y miserias de varias generaciones de campesinos del Alentejo), el estilo de Saramago despunta como una de las marcas inconfundibles de su prosa.
Tal vez la excelencia de una obra artística se pueda mensurar por el nivel de riesgo al que se expone; frente a la realización cauta y adocenada, la propuesta innovadora triunfa aunque fracase (Bouvard y Pécuchet, por mencionar un libro entre tantos, es un insigne fracaso flaubertiano). Una característica predomina sobre el resto en la apuesta estilística de la obra de Saramago: la ausencia de marcas convencionales en los diálogos (los guiones tradicionales que preceden al parlamento de los personajes) y, por tanto, genera el consabido magma de voces. En esta apuesta, Saramago gana con holgura: no hay una sola de sus novelas que cargue con el lastre de una confusión de voces, todas terminan por erigir una arquitectura coral en la que cada tono tiene su asiento y cada registro hace su habitación. Este rasgo deriva en una marcada musicalidad que acerca hasta la confluencia las modulaciones de la prosa y la poesía, del coloquialismo y el trabajo literario sobre la palabra.
Saramago es el ejemplo encarnado de que todo gran prosista está dotado del finísimo oído del poeta y de que toda gran escritura, de modo natural y necesario, tiende hacia la música. Ya se ha tornado famoso el consejo de Saramago para todo aquel que le transmitía su dificultad para seguir los diálogos sin la ayuda de los guiones: “Léalos en voz alta”. El consejo no es meramente una boutade; se lo podría poner, sin demasiados desajustes, en boca de Flaubert: otro artesano que se desvelaba en pos de la “palabra justa” con empecinamiento de poeta.
Como suele suceder, por obra de la paradoja y mediación del malentendido, la novela más popular de Saramago no es la mejor de su obra: El Evangelio según Jesucristo.
El saber del narrador es una de las piedras de toque de la escritura de ficción: cuánto sabe y cómo lo dosifica está en relación directa con la mayor o menor verosimilitud que sostiene y torna creíble la obra (para poner un ejemplo extremo: si el narrador de un relato policial sabe más que el lector, la tensión decae y el interés se pierde de modo irrecusable: Watson sabe tanto como el lector; Sherlock Holmes, mucho más). El narrador de El Evangelio…, más allá de la visión fecunda y heterodoxa con que construye a su Mesías, sabe mucho, sabe demasiado, tiene en su haber dos mil años de conocimiento, lo cual se traduce en una pérdida de frescura, de inocencia, que le es inherente a cualquier relato y sin la cual el texto ficcional se aproxima peligrosamente al ensayo o a la exposición (no por lúcida necesariamente novelesca) de ideas.

Tres obras maestras

Se puede presumir que, al menos, tres –notables en cuanto máquinas de narrar perfectamente aceitadas y escritas– son las novelas que le van a otorgar a Saramago un más que merecido sitio en la memoria literaria de los tiempos.
Historia del cerco de Lisboa (1989) es la historia del oscuro corrector de pruebas de imprenta Raimundo Silva, que decide poner un no donde el original decía sí, y cambia la Historia y su historia: los cruzados no auxiliarán a los portugueses a conquistar Lisboa, y lo que era un libro, precisamente, de Historia se va transformando, de modo paulatino, en una novela escrita por Raimundo Silva, que pasa de ser oscuro corrector de páginas ajenas a laborioso autor que escribe en nombre propio. En efecto, la escritura inscribe, y lo que inscribe, en principio, es un nombre propio. Raimundo Silva se pierde en la escritura, que es la mejor manera de encontrarse en la letra: abdica de la lógica propia para abandonarse a la lógica de la escritura; una estructura en la cual si se cambia algo, se cambia todo. Aquí sí, a diferencia de El Evangelio…, se pone de relieve que el saber del narrador es un saber hecho de lo que no sabe: el mejor narrador es el que no sabe todo. Y también planean sobre la novela, lo cual no es un dato menor, las hipótesis de Richard Rorty y, en cierta medida, Roger Chartier: el vacío en la Historia es colmado por la ficción, la cual es un instrumento de saber tanto o más fiable que el que dimana del documento presuntamente probatorio.
En El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), Saramago convoca a uno de los heterónimos de Fernando Pessoa que, a fines de 1935, cuando Pessoa acaba de morir, desembarca en Lisboa y a lo largo de nueve meses (tiempo de parición y revelación, de ojos abiertos y precipitación en el espanto) dialoga con el espíritu de Pessoa y camina una ciudad lluviosa en el marco de una época signada por la guerra de España y el ascenso del nazismo. Con pericia de narrador consumado, Saramago entreteje la sombra de un heterónimo con una realidad brutal, autoritaria y cruel. Del mismo modo simétrico que en Historia del cerco de Lisboa confluyen el plano épico (la conquista de Lisboa) con el plano doméstico (la pequeña y cotidiana historia de Raimundo Silva), aquí la simetría se delinea en una doble vertiente: los diálogos entre un hombre que no es (Ricardo Reis, el heterónimo) y un hombre que ha dejado de ser (Fernando Pessoa, el hacedor de Reis), y la incidencia de ambos sobre la realidad de la Portugal salazarista. Por otra parte, cuando se habla de poesía en la obra de Saramago es necesario remitirse a esta novela en la cual se lleva a la palabra en prosa hasta sus límites poéticos.
Caín (2009) no sólo es la última novela de Saramago (calificación provisional de suyo, habida cuenta de aquello que desafortunadamente sucede a la muerte de todo gran escritor: la publicación indiscriminada: desde la novela inédita y en agraz hasta la doméstica lista de las compras), sino la última gran novela de Saramago, digno broche a una bibliografía de excepción.
Instrumentando con maestría el recurso del anacronismo, el autor pasea a Caín por la Historia con el propósito de interpelar a Dios en nombre de los hombres. Pocas veces una obra de ficción desnudó con tal despojada lógica la catadura cruel y arbitraria del Dios del Antiguo Testamento. Baste un ejemplo entre tantos: luego de presenciar la destrucción de Sodoma, Caín piensa que se segó la vida de inocentes; ante el desacuerdo de Abraham, que habla en nombre de Dios, Caín repone: “Los niños, los niños eran inocentes, Dios mío, murmuró Abraham, y su voz fue como un gemido, Sí, será tu dios, pero no fue el de ellos”.
En alguna entrevista, Saramago se definió en tono zumbón: “Soy un hombre aburrido. Ni siquiera fumo”. Ésta sí que puede ser tomada por una boutade. Su obra no es sólo un antídoto contra el aburrimiento, sino un estímulo para la dicha estética, para la honda reflexión, sostenida en una ideología indeclinablemente humanista.

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/una-huella-que-no-se-borrara