7 dic. 2010


La derrota de los Tigres hunde a los tamiles

por Cédric Gouverneur
 El pasado mes de junio el gobierno de Sri Lanka impedía el arribo al país de una delegación de expertos de las Naciones Unidas encargados de investigar las violaciones a los derechos humanos cometidas durante 2009, cuando el ejército derrotó definitivamente a los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE). Mientras el presidente Mahinda Rajapaksa consolida su poder, la minoría tamil siente como propia la derrota de los Tigres y teme ser colonizada por la mayoría cingalesa budista.
A medida que caían los bastiones de los independentistas Tigres de Liberación Tamil (LTTE, en inglés), a partir de marzo de 2008, el gobierno esrilanqués internó en campos a los tamiles que vivían bajo la férula de la guerrilla, o sea cerca de 300.000 civiles. El complejo de campos de Menik Farm, en el distrito de Vavuniya, en el norte del país, detuvo hasta 228.000 personas. Diez meses después de la derrota de los Tigres, 70.000 refugiados se encuentran todavía detrás de los alambrados de púas, esperando la autorización para volver a sus ciudades. El ejército nos deja visitar uno de esos campos, llamado “poblado transitorio de bienestar”.
En la entrada, un retrato de seis metros de alto del presidente Mahinda Rajapaksa, con el brazo levantado en un gesto de victoria, domina las filas de barracas. El comandante del campo justifica la detención en masa de los tamiles: “Fue necesario separar a los terroristas de la población civil que habían tomado como rehén… Es verdad que la repatriación toma su tiempo. Pero no se puede volver a mandar a la gente a sus casas antes de una desminación satisfactoria”. Las escasas organizaciones no gubernamentales (ONG) autorizadas a actuar en esos campos relativizan sin embargo la dureza de las condiciones de vida: “El ejército fue desbordado por el número de civiles que vivían con los Tigres: cerca de 300.000, cuando pensaban que tendrían que administrar a 100.000”, asegura un humanitario occidental. Y aclara: “A pesar de todo, en el momento de las reuniones de coordinación entre agencias de Naciones Unidas, ONG y suboficiales, parecía que los militares hacían lo máximo. En comparación, he visto campos de refugiados de Naciones Unidas más caóticos”. Opera el principio, discriminatorio, de internar en masa a civiles en razón de su origen étnico: jamás Colombo hubiera infligido la misma suerte a los cingaleses.
Acompañados por un mayor y por dos tamiles evidentemente encargados de informar sobre nuestras conversaciones, recorremos el vasto campo: centro de atención, escuelas, tiendas, bancos y oficinas de correo deben atenuar la privación de la libertad. En ocasiones los internados se benefician con permisos de salidas temporarias. Después de meses de sobrevivir al fuego de los combates, nuestros interlocutores parecen casi aliviados: lo más duro ya pasó. Están vivos, alimentados, cuidados y se aprestan a reconstruir su vida. Sin embargo, la visita guiada escapa a su encuadre cuando un grupo se enoja, bajo la mirada hostil de dos “mouchards” [peyorativamente, “policías”]: “Estamos hartos. ¿Cuánto tiempo tendremos que estar aquí? En casa, nuestros bienes fueron saqueados. ¿Por qué nosotros todavía estamos aquí mientras que a otros los liberan? ¿Según qué criterios? ¿Y qué hacen Naciones Unidas?” Además, ahora que la campaña de las elecciones legislativas está en su apogeo, deploran la falta de democracia en los campos: “Únicamente los candidatos que sostienen al Presidente tienen el derecho de venir aquí”.
Los hombres jóvenes escasean en Menik Farm: muchos están encarcelados como sospechosos de pertenecer a los LTTE. Colombo retiene así entre 11.000 y 13.000 supuestos guerrilleros. “Se los clasifica según su grado de implicación”, nos explica Rajiva Wijesinha, antiguo secretario de Estado y pariente del Presidente. “Alrededor de mil o algo más serán llevados ante la justicia”, promete. La mayoría de los Tigres se entregaron y los otros fueron denunciados por tamiles disgustados por los excesos de los rebeldes: aun cuando la derrota era ineluctable, “reclutaban hasta dos hijos por familia”, atestiguan algunos sobrevivientes. “Incluso abrieron fuego sobre gente que trataba de huir hacia zonas controladas por el ejército.” No lejos de Menik Farm visitamos un centro de detención y de rehabilitación de ex niños-soldados: bajo el cuidado del ejército, y con la ayuda de profesores tamiles de los alrededores, niños y niñas aprenden un oficio después de años en el frente. Shivanesh tenía 13 años cuando los LTTE lo reclutaron a la fuerza: “Yo maté soldados, y fui herido”, cuenta este adolescente de 17 años de mirada apagada, marcado por las cicatrices. “En mi batallón –prosigue– casi no había más que chicos. Cuando el ejército nos encerró, cuando mataron a nuestros jefes, nos rendimos todos.” Shivanesh no lamenta su rendición: “Los Tigres me robaron mi vida: me arrancaron de mi familia, me prohibieron la escuela, me enseñaron a matar. El ejército me enseña un oficio y autoriza a mis padres a visitarme. Ahora aprendo informática. Pronto, voy a volver a casa y reencontrar a mi familia”.
Triunfalismo ofensivo
Los esfuerzos de Colombo para rehabilitar a estos jóvenes parecen loables, pero sólo conciernen a una minoría de niños-soldados. Además, una fuente independiente –autorizada a visitar a los detenidos LTTE– deplora la falta de información: “El gobierno no provee ninguna lista de nombres. Mantienen a las familias en la ignorancia: nadie sabe con precisión quién está detenido, ni dónde, ni por qué motivo. En un país donde las ejecuciones sumarias son corrientes, uno se inquieta”. Tanto más cuanto que se le rechaza al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) su acceso a los prisioneros.
Más al norte se extiende la región de Vanni, controlada por los Tigres durante dos décadas y recuperada por el ejército en 2009. Desde entonces, los militares la tienen totalmente bloqueada y hasta ahora, los medios extranjeros son mantenidos a distancia. La ruta A9 que atraviesa la región está jalonada de bunkers cada cien metros. Las inmediaciones fueron arrasadas para evitar eventuales emboscadas. Aquí y allá un cartel con una calavera señala la presencia de minas. Por todas partes hay militares armados. Los escasos civiles viven generalmente bajo carpas, no muy lejos de sus casas en ruinas.
Compartimos la ruta con decenas de ómnibus de turistas cingaleses incitados por el gobierno a visitar el Norte, durante tanto tiempo inaccesible. Kilinochchi, antigua “capital” de los Tigres donde la guerrilla estableció los “Ministerios” de su proto-Estado dictatorial (1), está irreconocible: no quedó en pie ningún edificio. Hasta la torre de agua sucumbió a los combates: hoy, esta obra imponente, tumbada sobre su flanco, acribillada por esquirlas de obuses, es ametrallada por turistas cingaleses provistos de cámaras fotográficas. Bonzos y familias posan delante de ese espectáculo de desolación, después vuelven a subir a sus micros adornados con banderas esrilanquesas y carteles glorificadores del Presidente y de su “ejército de héroes”. Además de un monumento a los muertos, el único edificio nuevo de Kilinochchi es un templo budista, que los militares se apuraron a construir en detrimento de la población tamil, hindú o cristiana.
Ese triunfalismo exaspera a los tamiles recién liberados de Menik Farm, quienes, enlutados, sin novedades de sus familiares, viven de la ayuda internacional: “Hemos vivido el infierno, y ellos vienen a burlarse”, se lamenta Nayan. Este familiar de los Tigres es un sobreviviente de la ofensiva final, cerca de Mullaitivu, donde el ejército bombardeó sin descanso a los LTTE y a los miles de civiles a quienes empujaban delante de ellos. “Los Tigres lucharon hasta el último cartucho. Y después mordieron la cápsula de cianuro que colgaba de su cuello. Llovían obuses. Mi madre murió bajo mis ojos y yo mismo fui herido”, precisa mostrando sus grandes cicatrices en el brazo y en la pantorrilla. “Reconozco que después de los bombardeos, el ejército se comportó bastante correctamente con los civiles: quieren ganar los corazones y las mentes”, continúa. Aunque no logra atenuar sus convicciones: “Yo viví años bajo el gobierno de los Tigres. Me sentía muy bien. Había orden, trabajo, servicios sociales, justicia social”. Como muchos de los simpatizantes de los LTTE, Nayan no puede admitir el deceso de su líder, Vellupilai Prabhakaran, confirmado, sin embargo, por pruebas genéticas: “La televisión mostró el cuerpo de un bigotudo que se le parece”. Él piensa que los Tigres “se replegaron”: “Teníamos cinco helicópteros, treinta y cinco cañones de largo alcance. ¿Dónde están? Los LTTE se esconden, van a reaparecer”, quiere creer.
Saboreando la victoria
A la inversa, la mayoría de los cingaleses saborean la victoria, aliviados de no vivir ya en el temor de los atentados suicidas. Y pese a no confesarlo mantienen a menudo relaciones cordiales –profesionales o amistosas– con sus conciudadanos tamiles y reducen el conflicto a una “guerra contra el terrorismo”: bombardeados por los medios, estiman sinceramente que el ejército liberó a los tamiles del dominio de una organización criminal. La derrota de los Tigres cierra el debate: la isla va por fin a vivir en paz y armonía, atrayendo inversores y turistas después de un paréntesis de un cuarto de siglo. La isla aspira a que lleguen 2,5 millones de turistas para 2016, o sea cinco veces más que hoy. Los grupos hoteleros han echado el ojo especialmente a la espléndida bahía de Trincomalee, antiguo feudo de los LTTE (2)… Visión optimista que olvida que el irredentismo tamil no debutó con las bombas de los LTTE, sino tres décadas antes, desde las medidas discriminatorias tomadas por Colombo contra la minoría (3). Y los alambrados de Menik Farm reafirman en los tamiles el sentimiento de ser tratados como ciudadanos de segunda. No obstante el totalitarismo de los Tigres, las exacciones y los niños-soldados, muchos de ellos experimentan todavía sentimientos ambiguos: “La gente me dice: ‘al menos, con los Tigres, teníamos una voz’”, refiere Shanti Satchithanandam, directora de la ONG Tamil Viluthu (“Hacia adelante”), a pesar de haber sido, ella misma, víctima de los Tigres: “Las personas tenían la impresión de que los LTTE, aun con fallas, luchaban en nombre de ellas. Su derrota las ha dejado en estado de shock y sin palabras.”
La ironía quiere que los LTTE, al matar metódicamente a todo político tamil capaz de competir con ellos, contribuyeran al actual vacío de representación. La Alianza Nacional Tamil (TNA), partido político ostensiblemente cercano a los Tigres, colapsó. Sin lugar a dudas, muchas personalidades destacadas se habían afiliado a este partido sólo para sustraerse a las balas de los LTTE. Así recuperaron su autonomía y se presentaron bajo diferentes fórmulas a las elecciones legislativas, a veces, incluso, con el apoyo de Colombo, feliz de dividir a los tamiles. La TNA, incapaz de admitir la nueva situación, sueña todavía, en su manifiesto político, con una “estructura federal para el Norte y el Este” que el león cingalés, vencedor, no piensa conceder. “Nuestras ambiciones son modestas”, reconoce Mavay Senathiraja, candidato de la TNA. “Vamos a negociar con Colombo y tratar de obtener el apoyo de la comunidad internacional vía la movilización de la diáspora (4). Si nuestra demanda no da resultado, lanzaremos una campaña de desobediencia civil”, declara, en una patética confesión de impotencia.
“Los tamiles ya no tienen esperanza”, analiza un viejo militante. “Si yo fuera más joven, me exiliaría. Treinta años de lucha política [desde la década de 1950 hasta principios de la de 1980] han fracasado. Treinta años de lucha armada acaban de fracasar. Las negociaciones no sirvieron para nada, la confrontación tampoco. Hay que resignarse a vivir en un país budista cingalés, bajo ocupación militar, pues el ejército está instalado en el Norte y en el Este por mucho tiempo. Mire Jaffna: la ciudad cayó hace más de veinte años, y siempre patrulla en las calles la misma cantidad de soldados.”
En el extremo norte de la isla, la península de Jaffna constituye una zona de alta seguridad (HSZ) desde su toma por el ejército en 1996. En la entrada de la capital histórica de los tamiles de Sri Lanka, entre dos bunkers erizados de ametralladoras, hay un inmenso cartel en inglés: “Un país, una nación”. Jaffna, que fue tomada y vuelta a tomar por los LTTE, por grupos tamiles rivales, por el cuerpo expedicionario indio (1987-1990), por el ejército, está en ruinas desde los años 1990. Ninguna obra indica principio alguno de reconstrucción. “La situación mejora –insinúa un funcionario de Naciones Unidas–. El toque de queda fue levantado, los pescadores tienen de nuevo el derecho de salir al mar, hay menos controles de identidad.” Pero en la península todavía se respira el miedo: además de estar dividida en zonas militares, Jaffna está bajo el dominio del Partido Democrático del Pueblo de Eelam (EPDP), una milicia tamil que se unió a Colombo en 1987. En la última fase del conflicto, entre 2006 y 2009, un número indeterminado de personas –cientos, según los defensores de los derechos humanos– fueron asesinadas o “desaparecieron”. “Parece que el EPDP hubiera buscado vengarse de los LTTE”, desliza una fuente gubernamental. El jefe de la organización, el ministro Douglas Devananda, tiene razones para odiar a los Tigres: escapó a trece atentados. Y aunque no pudieron alcanzarlo a él, los LTTE abatieron a su compañera.
Aun cuando el último crimen atribuido a milicianos progubernamentales data de fines de 2008, nadie se atreve a responder a nuestras preguntas. Únicamente el obispo católico tamil, monseñor Thomas Sandernayan –evidentemente protegido por su estatus social– acepta declarar: “En agosto de 2006, el padre Jim Brown desapareció, con su chofer, en la isla de Kayts, a lo largo de Jaffna”. Poco tiempo antes, un oficial había amenazado de muerte al cura tamil, acusándolo de complicidad con la guerrilla. “Exigimos una investigación. Pero los investigadores enviados por Colombo no hablan tamil. Y los militares se niegan a cooperar.”
A lo largo de la isla de Kayts, miles de turistas cingaleses se juntan en la islita de Nainativu: van de peregrinaje al templo de Nagadipa, sitio al que habría llegado el propio Buda. Los Fusileros Marinos ayudan a los peregrinos a trepar en barcos sobrecargados, y reaniman a los afectados por el calor agobiante. Un oficial se felicita: “Ayer, recibimos a 10.500 personas”. Un “venerable” en vestimenta naranja que llegó del sur del país se alegra: “Los terroristas tamiles destruyeron este templo.
El ejército acaba de reconstruirlo. Por fin, después de todos estos años, el budismo volvió a estas tierras”. Hay que saber que muchos bonzos esrilanqueses se sitúan políticamente en la extrema derecha y consideran que el país sólo pertenece a los cingaleses budistas. Varios monjes candidatos a las elecciones legislativas posaron con soldados en los afiches electorales. En ese contexto, los tamiles, tanto hindúes como cristianos, viven la afluencia de peregrinos budistas a Nainativu como una veleidad “colonial”.
Colonización cingalesa
Esta percepción de una colonización rampante se palpa también en el Este del país, donde se codean –y se enfrentan a veces– cingaleses, tamiles y una minoría musulmana (el 7% de los insulares). En el distrito de Ampara, a miles de campesinos musulmanes se les confiscaron sus tierras bajo pretexto de “excavaciones arqueológicas”. Según Myown Mustaffa, ex ministro de Educación Superior, la apropiación de tierras por parte de sus correligionarios está “orquestada en las altas esferas por extremistas budistas que se infiltran en el entorno presidencial”. Farid, un viejo campesino, cuenta sus sinsabores: “Unos bonzos enterraron una estela en mis campos y después me dijeron que estos eran un sitio histórico, que yo ya no tenía el derecho de tocarlos”. Desde entonces son campos baldíos: Farid sabe que la fuerza pública está del lado de los monjes. Aquí como en el Norte, el Estado de Derecho es una abstracción: las fuerzas del orden están secundadas por los fuertes brazos de la “facción Karuna”, ex jefe regional de los LTTE, que desertó en 2004. En recompensa, a Vinayagamoorthy Muralidharan, llamado “Karuna”, se le otorgó, como a Devananda, un puesto ministerial (5).
En Colombo no existen paramilitares tamiles para reducir al silencio a los opositores, sino “white vans”: camionetas blancas, no matriculadas, que pasan sin dificultad los controles policiales y secuestran de noche a los que molestan. Un diseñador gráfico, Prageeth Eklanigoda, “desapareció” a la salida de su oficina, el 24 de enero de 2010. El 8 de enero del año anterior, Lasantha Wickrematunge, editor general del Sunday Leader, de notas editoriales críticas, fue abatido en plena calle. “Mataron a Lasantha, primo del ex presidente Kumaratunga, en pleno día, delante de testigos”, suspira un intelectual tamil. “Desde entonces sabemos que pueden matar a cualquiera”. Humanistas, abogados, periodistas reciben amenazas de muerte porque se los califica de traidores, de secuaces de los Tigres. “Aquí, los periodistas son libres de ejercer –ironiza Than Balasingam, director del diario tamil Thinakkural (“La voz cotidiana”)–. Pero los asesinos de periodistas son también libres de ejercer.”
Desde su reelección, el 26 de enero, Rajapaksa acentúa su influencia sobre los opositores y los medios independientes. Su adversario desafortunado en la elección presidencial, el ex jefe del Estado Mayor Sarath Fonseka, está preso desde febrero y fue presentado ante una corte marcial. Un encarnizamiento que deja pasmada a la población (que, sin embargo, no tiene ilusiones sobre las convicciones democráticas de Fonseka): “El Presidente acusaba a Fonseka de preparar un golpe de Estado”, afirma un defensor de los derechos humanos amenazado de muerte. “Pero él mismo efectuó ese golpe de Estado”, acusa al ver la omnipresencia de los militares tanto como la omnipotencia de Gotabhaya Rajapaksa, el temible ministro de Defensa y hermano del Presidente.
El Presidente triunfó allí donde todos sus predecesores fracasaron: erradicó a los LTTE, una de las guerrillas más temibles del mundo. Este éxito se explica especialmente por la ayuda de China, preocupada por aliarse a Sri Lanka, situada en el trayecto de su aprovisionamiento de petróleo, frente al gran rival indio. Inquieto por esta alianza entre Beijing y Colombo, Washington habría apoyado bajo cuerda la candidatura a la elección presidencial del general Fonseka.
Según muchos observadores, la falta de consideración por los derechos humanos fue una clave de la victoria. Convencida de que los LTTE no parlamentarían más que para ganar tiempo, Nueva Delhi terminó por apoyar esta guerra total –aunque discretamente, a causa de la fuerte población tamil india (6)–. Dado que los ataques naxalitas se intensifican en India –75 policías muertos en una emboscada en Chhattisgarh el 6 de abril; 148 víctimas civiles en el sabotaje a un tren en Bengala Occidental el 28 de mayo–, Colombo ahora propone su “peritaje” contrainsurreccional a su vecino grande (7).
El régimen de Rajapaksa empuja el triunfalismo hasta la caricatura. Testimonio de ello es el nuevo billete de 1.000 rupias, que en el anverso representa al Presidente y, en el reverso, a soldados plantando la bandera nacional, según el ejemplo de los marines estadounidenses en Iwo Jima en 1945. Este fervor no augura una reconciliación: “Los cingaleses ahora consideran el Norte como un territorio conquistado”, explica Jehan Perera, intelectual cingalés. “Durante el conflicto, tenían miedo de los Tigres. En el momento de cese del fuego, se había establecido una relación de igualdad entre cingaleses y tamiles. Allí se está instaurando una relación de dominación entre vencedores y vencidos.”
No está considerada ninguna concesión política: “El consejo de la provincia oriental finge”, deplora Somasundram Pushparajah, diputado tamil independiente, también amenazado de muerte. “Si el gobierno diera prerrogativas reales a las provincias, el problema étnico estaría resuelto”. La Presidencia estima que la reconstrucción de las zonas de conflicto bastará para contentar a la minoría. Ahora bien, constata el obispo de Jaffna, “los tamiles no aceptarán jamás un desarrollo económico centralizado, conducido por Colombo, sobre el cual no tendrían ninguna influencia”. Tanto más cuanto que el hombre a cargo del programa de reconstrucción no es otro sino Basil Rajapaksa, otro hermano del Presidente…
La derrota de los Tigres “abría la posibilidad de una democracia pluralista, respetuosa de los derechos de cada uno –concluye Jehan Perera–. Pero nosotros tomamos el camino inverso: la vía malaya. La de un régimen autoritario, de una democracia restringida, donde los derechos estarán subordinados al desarrollo económico”.


1 Cédric Gouverneur, “El Estado en gestación de los Tigres tamiles”, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2004.
2 “Thalassa”, France 3, 2-4-10.
3 Eric Paul Meyer, “Ressorts du séparatisme tamoul au Sri Lanka”, Le Monde diplomatique, París, abril de 2007 y Sri Lanka: entre particularisme et mondialisation, La Documentation française, París, 2001.
4 Más de 1,5 millones de tamiles viven exiliados, especialmente en el norte de Europa y en Canadá. Por sus contribuciones –voluntarias o forzadas– la diáspora aseguraba la autonomía financiera de los LTTE.
5 Anuradha Herath, “The Saga of Colonel Karuna”, The Huffington Post, julio de 2009 .
6 “Lessons from the war en Sri Lanka”, Indian Defence Review, septiembre de 2009.
7 Cédric Gouverneur, “La guerrilla naxalita en India”, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Bs. As., diciembre de 2007

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/la-derrota-de-los-tigres-hunde-los-tamiles

6 dic. 2010

Una mas de las probables estrategias de la DERECHA...


Jaime Bayly: Alan propiciaría golpe si Humala gana presidencia

Jaime Bayly escribe su última columna,  ”La plata llega sola”, sobre los entretelones de una conversación que sostuvo con el mismísimo Presidente de la República, Alan García Pérez, quien le habría aconsejado que dejase de preocuparse por el sueldo de un mandatario porque al final, “la plata llega sola”.  Pero lo más importante, según el periodista, es que García le indicó que si ganaba las elecciones Ollanta Humala, él mismo propiciaría un golpe de estado contra el candidato nacionalista. Aquí la columna completa de Bayly en  Perú 21.
“La plata llega sola”.
Este año ha sido una montaña rusa para mí. Probablemente ha sido el más impredecible de mi vida. Espero que el próximo sea más tranquilo.
Comencé el año en Bogotá. Vivía en el hotel Portón, en la calle 84.
Hacía un programa de televisión en NTN. Eran los meses de la campaña presidencial colombiana. Cuando empecé a mostrar simpatías por el candidato Antanas Mockus, vino al hotel el jefe de la policía secreta colombiana, Felipe Muñoz, y me dijo que, siguiendo instrucciones del entonces presidente Uribe, debía comunicarme algo de extrema gravedad: que sus espías en Caracas habían descubierto que Hugo Chávez había ordenado a sus sicarios que me matasen y que debía irme cuanto antes de Colombia.
Ahora creo que el policía colombiano, íntimo de Juan Manuel Santos, me mintió, quiso asustarme y pensó que saldría huyendo. Le dije: No se preocupe, Felipe, tengo una enfermedad terminal, moriré en seis meses, de modo que si Chávez me mata antes, me hará un gran favor. Y me quedé en Bogotá. Y Santos ganó la presidencia porque Mockus cometió la torpeza de decir que admiraba a Chávez.
Una vez que los colombianos eligieron a Santos, decidí mudarme a Lima. En ese momento, estaba seguro de que sería candidato presidencial en las elecciones peruanas. Un partido menor, Cambio Radical, me apoyaba. Pero a poco de instalarme en Lima, dicho partido respaldó, sin consultarme, la candidatura a la alcaldía de Lima de un simpático asaltante de caminos llamado Álex Kouri, deslealtad que me obligó a romper mi alianza con los politicastros y bribonzuelos de Cambio Radical.
Fue entonces cuando quien era mi amigo, el abogado Enrique Ghersi, me animó con entusiasmo a fundar un partido político, que él quería llamar “No Nos Ganan”, y me aseguró que podía recoger medio millón de firmas antes de fin de año. Con parejo entusiasmo, me pidió 300 mil dólares para ponerse en campaña a recolectar las firmas. Delicadamente, me excusé y no le di el dinero.
Ya mi relación con Enrique se hallaba deteriorada debido a que su elefantiásica mujer se empeñaba en fumar cigarrillos y echarme el humo en la cara, una grosería que ella hacía a sabiendas del fastidio que me provocaba. Ello originó mi determinación de no ver más a la adiposa señora y en cierto modo propició mi distanciamiento de su esposo, que por otra parte, siendo lo erudito y encantador que es, cometió una vergonzosa ruindad al defender, durante la dictadura de Fujimori, pagado por los empresarios Crousillat, a un reportero de televisión, a sabiendas de que dicha alimaña era culpable de drogar y abusar sexualmente de menores de edad. Decidí entonces que no era conveniente para mi salud ser amigo de una fumadora grosera y un defensor de pedófilos.
Sin embargo (y ahora me río recordando estos frecuentes brotes de idiotez en mí), no renuncié a mi ambición de ser candidato presidencial. En efecto, me reuní con la plana mayor de Acción Popular (una reunión en la que el más joven debía de contar 75 años y en la que yo rezaba para que nadie se nos muriera allí) y acordamos que sería el candidato de Acción Popular. Luego de la reunión, y como alguien me había susurrado que un tal Lescano quería ser candidato del partido, hice llamar al amigo Lescano, lo cité en un café y, sin perder tiempo, le pregunté si él sería candidato de Acción Popular, puesto que en ese caso yo no competiría con él en las primarias. Lescano me dijo que lo estaba pensando o evaluando o meditando o sopesando, es decir, me dijo entrelíneas que sí quería ser candidato y que me llamaría. Por supuesto, no me llamó. Por consiguiente, decidí no inscribirme en Acción Popular.
Fue entonces cuando cité en el mismo café a un joven emprendedor, Gonzalo Aguirre, quien, junto con Drago Kisic (que tuvo suerte de no llamarse Droga Kisic), tenían o tienen un partido o secta o cofradía o club de amigos inscrito para participar en las elecciones presidenciales. Le dije a Aguirre que quería ser candidato de ese partido llamado “Todos por el Perú”. Aguirre se entusiasmó. Organizó una reunión con la plana mayor de su partido, unos veinte ganapanes más o menos vencidos por el soponcio que me sometieron a un interrogatorio pintoresco que duró cuatro horas. Días después, Aguirre me dijo que su partido me había aceptado como candidato presidencial. Magnífico, le dije. Luego llegó un lunes y Aguirre quiso verme con una incomprensible e impostergable urgencia. Yo me encontraba enfermo y no podía verlo y le hice saber que no podía atenderlo. Por misteriosas razones, Aguirre me dijo que entonces ya no sería candidato presidencial de su secta o cofradía “Todos por el Perú” (siendo “todos” unos dieciocho o veinte ciudadanos apelmazados).
No me quedó entonces más remedio que llamar a Lucho Bedoya el viejo, y cuando digo “el viejo’ lo digo con respeto y admiración, porque Lucho Bedoya se aproxima a cumplir un siglo de vida y sigue creyendo que Lourdes Flores va a ser presidenta del Perú, cuando sería más realista postularla al Club de Corazones Remendados. Algo desconcertado por mi llamada, me citó en su estudio jurídico (una casa en Miraflores que parecía un salón de velatorios o una funeraria). Asistí puntualmente. El doctor Bedoya fue amable y cordial. Hablamos dos horas. Por momentos se perdía, divagaba, contaba zarandajas de su infancia o su juventud que no remataba, pero cada siete minutos exactos entraba una señorita y le daba una taza de café negro y lo revivía con esa dosis de cafeína pura que lo mantenía lúcido y erecto. Le dije a Bedoya que quería ser candidato del PPC, el Alan de la derecha peruana. Bedoya me dijo: Yo ya estoy retirado, hijo, ahora la que manda es Lourdes. Luego me recomendó (lo que yo interpreté como una señal de que Bedoya sospechaba que Lourdes no vería con simpatía mi postulación) que me dedicase a recolectar firmas para mi propio partido. No lo noté entusiasmado. Sin embargo, me llamó a los dos días al celular y me citó en su estudio y me dijo que nos reuniríamos Lourdes, él y yo. Quedamos a las siete de la tarde. Calculé cuidadosamente la jugada. Pensé: Lourdes me va a pedir que la apoye sin reservas en la campaña municipal, que sea su fiel escudero desde la televisión y que, luego de que ella gane (si gana, y nunca gana), ya hablaremos de mi eventual candidatura presidencial. Pero yo sabía de buena fuente que Lourdes no me quería como candidato, sólo quería manipularme para que yo la apoyase desde la televisión en la campaña municipal, pues ella tenía una alianza o pacto de honor con el pícaro cobrador de peajes Luis Castañeda, en virtud del cual Castañeda se inhibió de ser candidato presidencial el 2006 (cuando tenía estupendos números en las encuestas) y Lourdes se inhibiría de serlo el 2010 y apoyaría al cobrador Castañeda (alianza que al final se frustró porque el cobrador de peajes, que tonto no es, se negó a subir a su partido al PPC y de paso a Cataño). Por eso no dudé en llamar al estudio de Bedoya y abortar la reunión, porque advertí que Lourdes no quería apoyar mi candidatura presidencial sino usarme para ganar la alcaldía, que, por supuesto, perdió. La señora de pies de rinoceronte subestimó mi malicia. Sin necesidad de verla, supe cuál era su juego y le hice jaque mate antes de que ella moviera peón. Mi padre fue un gran jugador de ajedrez y algo aprendí de él.
Por último, invité a cenar a mi casa al presidente Alan García, accidente genético que gobierna al Perú. Cuando García hundió sus oceánicas posaderas en el sofá, sentí un crujido ominoso y temí que el mueble se partiría en cuatro. Alan me animó a ser candidato. Le dije que no tenía suficiente dinero y mi madre no se manifestaba. Le pregunté cuánto ganaba el presidente del Perú. No parecía saberlo ni preocuparle. Algo así como 3 mil dólares al mes, me dijo. Con esa plata no puedo mantener a mi familia por cinco años, le dije. Y no soy un ladrón ni tengo ganas de aprender el oficio, añadí. Alan soltó una risotada y sentenció la frase de la noche: “No seas cojudo, hombre, la plata llega sola”.
Luego García dijo algo que me pareció gravísimo: que si el señor Humala gana las elecciones, él propiciará un golpe de Estado e impedirá, quebrantando la ley, que Ollanta Humala sea presidente. “Aunque me metan preso, Humala no será presidente”, se pavoneó García.
Aquella noche me quedé pensando que en efecto es así como se hace política en el Perú: con absoluta falta de escrúpulos, pasando el sombrero y esperando a que la plata llegue sola, que es una manera sutil y tramposa de decir que la plata llega por debajo de la mesa, en maletines, en coimas y cuentas secretas.
Fue esa noche que decidí que no sería candidato presidencial en esta elección peruana ni en ninguna elección a ningún cargo público y recordé que hacía veinte años me había propuesto ser un escritor y me prometí que dedicaría lo que me quedase de vida (que no ha de ser mucho) a seguir siendo un escritor, un oficio incompatible con el del político profesional.

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://lamula.pe/2010/12/06/la-plata-llega-sola-por-jaime-bayly/7913