4 feb. 2011


Apuestas en línea, el circo sin el pan


“Juego por internet desde hace seis meses, y cada mes pierdo el 20% de mi salario. Ahora estoy desempleado, tengo más cuidado. Me despierto de noche para jugar. Rechazo invitaciones, para poder seguir jugando. Quedo en ridículo frente a personas razonables”.
Este testimonio de “Gilles”, publicado en el sitio Le Monde.fr (1), no es de los que suelen captar la atención de los medios franceses. Desde junio de 2010, fecha en que entró en vigor la ley sobre los juegos de azar por dinero en internet, los sitios de apuestas deportivas y de póker, pero también algunos canales de televisión, radios y grupos de prensa, se disputan la preferencia del público. Ese mercado, estimado en 5.000 millones de euros para cuando alcance “su velocidad de crucero”, despierta la avidez de la industria del espectáculo tanto como la de los dueños de casinos o de los turfistas.
La liberalización de los juegos y las apuestas deportivas por internet es el resultado de un paciente trabajo de lobbying, en el que chocaron el engaño, el malentendido y el conflicto de intereses. El 12 de mayo de 2010, la ley “relativa a la apertura a la competencia y a la regulación del sector de los juegos por dinero y de azar” fue adoptada de urgencia. Menos de un mes más tarde, el mercado se abría con la Copa del Mundo de Fútbol en Sudáfrica; los operadores de apuestas deportivas, como Eurosportbet, filial del canal de televisión TF1, contaban con poder canalizar en su favor a los numerosos amantes de ese deporte. Durante los partidos, el comentarista Christian Jean-Pierre informaba cuanto pagaba cada equipo e invitaba a los telespectadores a entrar en el sitio TF1.fr, donde figura en lugar destacado un acceso a Eurosportbet.
Al término de la competencia, el 11 de julio, se habían abierto 1,2 millones de cuentas activas en los sitios de apuestas por internet, mientras que los quince operadores autorizados por la Autoridad de regulación de juegos en línea (Arjel) habían facturado 83 millones de euros.
Es casi el doble de los 43 millones de euros generados en Internet por la Francaise des Jeux (FDJ) durante 2009, cuando aún poseía el monopolio oficial de la actividad. “La demanda no creció de forma fulgurante, sino que se trasladó a la oferta legal”, estima la FDJ (2). Así, como podía preverse, esta empresa, propiedad del Estado en un 72%, apoya el discurso del gobierno según el cual la nueva ley tiende a reducir la atracción de los 25.000 sitios ilegales.
¿Hay que conformarse por lo tanto con esa muestra de satisfacción? En marzo de 2009, al presentar su proyecto de ley, Eric Woerth, entonces ministro de Presupuesto, precisó que se trataba a la vez de “preservar los ingresos del Estado y de ofrecer un marco atractivo a los operadores”. Dicho de otra manera, la baja fiscalidad adoptada –un impuesto del 7,5% sobre las apuestas deportivas e hípicas y del 2% en el caso de los sitios de póker– no servirá para aumentar la caja del Estado. Pues resulta muy probable que éste sólo logre compensar la pérdida de ingresos generada por la desaparición de un monopolio creado por un edicto de Francisco I, en 1539, a través de un fomento desenfrenado de la demanda de juegos en línea. En efecto, el monopolio del Estado –que conserva sobre las apuestas “físicas”– resulta rentable: en 2008 la FDJ aportó al Tesoro público 2.500 millones de euros, es decir, el 27,7% de sus ingresos, mientras que el sistema Apuesta Mutual Urbana (PMU, en francés), sociedad mutual de apuestas hípicas, le transfirió 1.100 millones de euros, o sea el 12% de su recaudación. Por lo tanto, el Estado necesitará de un crecimiento muy significativo del subgrabado mercado de las apuestas por internet, para que le cierren las cuentas.
Dando la espalda al espíritu de la ley Hadopi, aprobada un año antes para combatir el consumo ilícito de contenidos culturales en internet, los legisladores no optaron por un dispositivo represivo para luchar contra la oferta ilegal de apuestas en línea, aunque se puede accionar judicialmente contra algunos sitios no autorizados por la Arjel. Al contrario, se dedicaron a legalizar los operadores que, ilegales en Francia, se promocionaban allí desde hace varios años, como por ejemplo la compañía Betclic, de Stéphane Courbit, patrocinador del club Olympique Lyonnais y amigo del Presidente francés.
Los lobbies del juego lograron hacer creer que existía una iniciativa europea para suprimir los monopolios. Sin embargo, desde el fallo Santa Casa del 8 de septiembre de 2009 respecto de Portugal, se sabe que no existe ninguna obligación de abrir a la competencia ese sector que Bruselas excluyó de su directiva sobre los “servicios”: así es que puede perfectamente quedar bajo el control de los Estados en nombre del derecho de los mismos a defender sus intereses en materia de salud y de orden público.
El 8 de julio de 2010, otra decisión autorizó a Suecia a defender su lotería nacional, prohibiendo la promoción de los juegos de azar por internet en los medios de comunicación. El fallo precisa: “Consideraciones de orden cultural, moral o religioso pueden justificar restricciones en cuanto a la libre prestación de los servicios por operadores de juegos de azar, particularmente en la medida en que podría resultar inaceptable permitir que se obtengan beneficios privados por medio de la explotación de un flagelo social o de la debilidad y el infortunio de quienes juegan” (3).
Lejos de apoyarse en esta jurisprudencia europea, la ley francesa ignora los riesgos ligados a la mediatización de los juegos. El texto sólo indica que hay que tratar de proteger a los menores, no exponiéndolos a publicidad en los programas que les están destinados. Pero el 19 de mayo, el Consejo Superior del Audiovisual (CSA), interpretó esa recomendación de manera muy evasiva, dejando en manos de los canales de televisión la tarea de “autocontrolarse” en el caso de los programas que pueden ser vistos por adolescentes, como los de tele realidad. El Reino Unido prohibió la promoción de las apuestas por internet entre las 5 de la mañana y las 22.30 horas en la televisión, y de 17 a 24 en las radio (salvo durante las transmisiones deportivas). El órgano regulador francés se inclinaba por una adaptación de las reglas sobre el juego británicas; el intenso lobbying de los canales de televisión impuso otra cosa.
Por lo tanto, los medios obtienen múltiples ventajas de la promoción de los juegos en línea. En primer lugar, en el propio plano publicitario, esperan facturar no menos de 250 millones de euros por año. Además, cuando no son indirectamente operadores de apuestas, como TF1 a través de Eurosportbet, o el grupo Amaury (L’Equipe, el Tour de France, el Dakar) por medio de Sajoo.fr, están asociados con ellos: por ejemplo, RTL se asoció con el PMU para un programa de pronósticos hípicos.
Al ofrecer una prolongación en internet que lleva a una plataforma de apuestas, ese sistema genera ganancias extra –gracias a una comisión sobre las apuestas– que diversifican las fuentes de ingreso. Con la aparición de la televisión interactiva se incitará a los telespectadores a apostar directamente en línea, haciendo clic sobre la opción elegida durante una transmisión deportiva. El operador de cable Numericable acaba de hecho de firmar un acuerdo con la compañía Betclic. Por otra parte, la telefonía celular promete las mismas posibilidades.
Así, todo está listo para transformar a Francia en una nación de apostadores electrónicos. Cuando las cajas del Estado se vacían, clásicamente se comienza a ver con buenos ojos los juegos de azar, impuestos indirectos que se espera sirvan para aportar dinero al Tesoro público y para calmar las tensiones sociales: panem et circenses – pan y circo.
Pero esta vez la liberalización se hace fundamentalmente en beneficio de algunos patricios, más conocidos con el nombre de “club del Fouquet’s”, en referencia al círculo de patrones que en mayo de 2007 acudieron a festejar la elección de Nicolas Sarkozy: Bernard Arnault (y su hijo Antoine, contratado por Bwin), Stéphane Courbit, Martin Bouygues, etc. Incluso Florence Woerth, esposa del ministro que elaboró la ley, no es ajena al mundo de las apuestas hípicas: junto a esposas de empresarios creó la caballeriza Dam’s, que se ocupa tanto de caballos de carrera como de asesoramiento en desfiscalización.
Esta privatización del espacio lúdico presenta riesgos de conflicto de intereses, desde que un operador puede estar estrechamente ligado al difusor de la competencia, o incluso a su organizador. Basta con que un comentarista insista sobre tal o cual aspecto de una competencia deportiva, para orientar los pronósticos. Ahora bien, como señala Nicolas Béraud, presidente de Betclic, los sitios de apuestas deportivas son manejados por bookmakers cuyo oficio se parece “al de los traders de la City” (4). Éstos manejan las apuestas en tiempo real, y hacen variar las cotizaciones con el objeto de minimizar los riesgos que asumen. No es una paradoja menor que el gobierno pretenda moralizar el capitalismo y a la vez popularice esta “economía de casino”. La estafa de Bernard Madoff siempre es posible: en el póker, varios programas que se pueden descargar por internet, permiten controlar el juego de varios jugadores ficticios a expensas de un “incauto”.
Y ello sin olvidar los riesgos de lavado de dinero. En marzo de 2007, un informe del Grupo de Acción Financiera (GAFI) ponía ya en evidencia operaciones destinadas a lavar dinero por medio de las apuestas en línea. Y el 4 de junio pasado, un fallo de la Corte de Justicia europea convalidó la prohibición dispuesta por los Países Bajos de los sitios de juego en internet en nombre de la lucha contra el fraude y la criminalidad.
En el plano de la salud pública, los peligros son aun mayores. Desde 1980 los juegos por dinero están identificados como generadores de enfermedades comportamentales, cuya frecuencia aumenta con la oferta. Si consideramos que entre el 1 y el 3% de los jugadores franceses tienen una relación patológica con el juego, el aumento de la población de apostadores plantea un problema en sí mismo. Más aun en la medida en que los bonos concedidos por los operadores –500 euros para el póker en Sajoo.fr– resultan particularmente incitativos. Para el doctor Marc Valleur, médico jefe del hospital Marmottan de París, esa apertura a la competencia “ante todo aumentará los problemas de adicción y de abuso de esos juegos, a causa de la gran cantidad de publicidad que se les hace” (5).
Mark Griffiths, profesor de la universidad británica de Nottingham, que observó en paralelo el comportamiento de dos categorías de jugadores, conectados y no conectados (6), estima que los juegos “en línea” generan mayor dependencia potencial en razón del anonimato y de la soledad de los jugadores, de la ausencia de límite temporal o de mirada social crítica. Cabe preguntarse entonces si la única prevención posible no consiste en limitar la oferta.
La lucha contra la adicción, que sigue siendo uno de los objetivos proclamados por la ley francesa, parece entonces difícilmente compatible con la apertura a nuevos operadores. De ello resulta una forma de injusticia social señalada en la Asamblea Nacional por la diputada del Partido Socialista Aurélie Filippetti: “El Inserm mostró que el juego generaba más problemas sociales en las poblaciones más pobres, porque su porcentaje de gastos lúdicos es mayor, incluso cuando las sumas dedicadas al juego son menores”. Más aun cuando la ley, si bien prevé que no se pueda apostar sin tener crédito en la cuenta, no impide el recurso al crédito revolving y al sobre-endeudamiento.
Sin dudas, habrá que descubrir la nueva situación que se oculta detrás de esta nueva distribución de cartas. En su Histoire du poker (7), Frank Daninos muestra claramente que este juego de envite sólo tiene sentido si se lo juega por dinero, a pesar de considerarse que en él interviene menos el azar que la capacidad del jugador. La televisión, al vulgarizar las partidas gracias a cámaras miniatura que muestran las cartas de los jugadores, contribuyó en gran medida a popularizar la nueva imagen de un póker “deportivo, dramático y divertido”. Algunos famosos como Nicole Kidman y Ben Affleck (o Patrick Bruel en Francia), permitieron legitimar un juego concebido como un “puente cultural” hacia Estados Unidos, aun cuando el mismo es también “embriaguez del poder que hay que ejercer en una mesa para dominar, explotar y manipular las debilidades de los adversarios”.
Un juego por dinero, que no se juega en equipo sino individualmente, que no se juega contra la banca sino contra los “iguales a uno”, donde la agresividad es una cualidad fundamental y el engaño y la astucia son admirados bajo el nombre de “bluff”. Muchos son los que terminarán la partida groggy, suspirando como Alexis Ivanovith, el jugador de Dostoievski: “Dejé la mesa sintiéndome aturdido”. 



1 8-10-09.
2 AFP, 14-7-10.
3 AFP, 8-7-10.
4 Véase la Carta de la industria de los juegos por dinero en línea (Igamingfrance.com), 16-7-09.
5 Le Monde, París, 2-7-10.
6 Mark Griffiths, “Gambling online – problem gamblers more susceptible, research shows”, Nottingham Trent University, Ntu.ac.uk, 16-9-09.
7 Franck Daninos, Histoire du poker. Le dernier avatar du rêve américain, Taillandier, París, 2010

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/apuestas-en-linea-el-circo-sin-el-pan

3 feb. 2011

Afganistán, ¿cómo se financian los talibanes?

 En momentos en que los afganos se preparan para elegir su Parlamento, el sitio de internet Wikileaks se aprestaba a hacer públicos nuevos documentos que confirman el empantanamiento occidental en Afganistán. Sin embargo, el Congreso estadounidense aprobó una partida suplementaria de 59.000 millones de dólares para financiar la guerra en ese país. Fondos que podrían ir a parar en parte a los bolsillos de los talibanes.
Hajji Mohammad Shah no tuvo suerte. El año pasado comenzó a construir una ruta en las cercanías de Kunduz, en el norte de Afganistán: veinticinco kilómetros que permitirían a los agricultores del distrito de Chahar Dara transportar sus productos al mercado de la capital regional. Costo del proyecto: 63.600 euros, financiados por el Banco Asiático de Desarrollo. Apenas comenzaron las obras, un talibán se acercó a exigir un impuesto al Consejo de Ancianos del distrito (comanditarios de la operación), que debió pagar 13.900 euros para que el camino no fuera destruido antes mismo de que lo terminaran. Después se presentó un segundo emisario: también se pagó. Al tercer solicitante le explicaron que ya no tenían dinero. Resultado: un día de marzo de 2010, cuando Shah volvía de almorzar en la ciudad, encontró a sus obreros rehenes de hombres armados que quemaron diez de sus máquinas. Las pérdidas alcanzaron los 176.000 euros. Y puede soñar con reclamar el seguro…
Mohammad Omar, el gobernador de Kunduz, tiene dudas sobre la explicación: no sabe si los ancianos no pagaron lo suficiente o si no sobornaron a quien tenían que sobornar. Fatalista, resume: “Aquí, los talibanes hacen lo que quieren. Matan, torturan, extorsionan a voluntad”. Omar conoce el alcance del sistema de extorsión implementado por su homólogo talibán, el “gobernador en las sombras” de Kunduz, que cobra un porcentaje por casi todo lo que se construye en la región: caminos, puentes, escuelas, clínicas… Cuanto más se “reconstruye” Afganistán, más se enriquecen los talibanes.

Garantes de la seguridad


La respuesta a la pregunta “¿qué llena los bolsillos del mullah Omar?” suele reducirse a una sola palabra: “opio”. Sin embargo, según un informe publicado a fines de 2009 por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (1), el comercio de opio sólo representa entre un 10% y un 15% de los ingresos de los talibanes (tasas y tráfico).
“La mayor parte del dinero se recauda localmente –confirma Kirk Meyer, responsable del Afghan Threat Finance Cell en la embajada de Estados Unidos en Kabul–. No sabemos en qué medida las ganancias provenientes del opio de Helmand (2) se redistribuyen hacia las provincias más pobres. En las otras zonas, los talibanes viven de donaciones que envían organizaciones no gubernamentales falsas, de secuestros y del contrabando de cedro y minerales de cromo en la frontera paquistaní”.
Abdul Kader Modjaddedi, un ingeniero de 32 años, es sobrino de Sibghatullah Modjaddedi, actual presidente del Senado y primer Presidente de la República tras la caída del régimen comunista en 1992. Por estos días, construye unos escasos siete kilómetros de ruta bajo las montañas de la provincia de Laghman. Obviamente, la maquinaria está rodeada de guardias. Detalle sorprendente: la mitad lleva uniforme, la otra mitad, túnicas tradicionales y, sistemáticamente, tiene barba. ¿Por qué? La segunda mitad de los soldados le ha sido enviada por los jefes talibanes locales, a cambio de 52.000 euros por la duración de toda la obra. “¡No es nada! –asegura sonriente–. Si tuviera que pagar cien guardias, me costaría 16.000 euros por mes. Con los talibanes, son 8.000 euros y la obra está segura.” Modjaddedi sufrió cuatro o cinco ataques, pero desde hace seis meses todo está en calma. El gobernador de la provincia está en la gloria. Los estadounidenses, que financian la ruta a través de un Provincial Reconstruction Team, un programa militar que apunta a “ganar los corazones y las mentes”, no dicen nada.
Esta pequeña construcción en Laghman no es un caso aislado. Wali Mohammad Rasuli, ex viceministro de Obras Públicas, retirado desde hace cuatro meses, defiende el sistema. “He hablado del tema dos veces con el presidente Hamid Karzai, durante más de dos horas. Si terminamos las rutas, la circulación y el comercio mejorarán automáticamente la seguridad. ¡Ya les estamos pagando a los talibanes, hay que terminar con esta hipocresía!” Tanto para el actual ministro, como para todos los donantes internacionales, esta hipótesis es insostenible. La línea oficial es: no se les paga un centavo a los insurgentes.
Los principales objetivos de esta extorsión son los militares estadounidenses, o mejor dicho los subcontratistas que trabajan para ellos. Todos los meses, entre seis y ocho mil convoyes entregan a cerca de doscientas bases el material necesario para llevar adelante la guerra: municiones, combustible, material de oficina, papel higiénico, televisores (3). El servicio de convoyes es prestado casi exclusivamente por empresas privadas, en el marco de un contrato de 2.160 millones de dólares (es decir, el 16,6% del Producto Interno Bruto afgano en 2009), llamado Host Nation Trucking y firmado en marzo de 2009. Un oficial estadounidense de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad en Afganistán (ISAF) asegura: “No conocemos las redes de subcontratación. No sabemos si pagan a los talibanes para transitar seguros. […] Inyectamos miles de millones en esto y es posible que algunos millones aterricen en manos de los insurgentes”.
Zarghuna Walizada es la única mujer que dirige una compañía de transporte en Afganistán. Nos recibe sin velo, en una oficina de color malva equipada con muebles de los años 1970. Conoce la presión con la que trabajan los estadounidenses y sabe que no pagan los camiones si fueron atacados en el camino. “¿A quién hay que pagar? ¿A la policía?, ¿a los insurgentes?, ¿a los talibanes? No me interesa. Lo que importa es que los camiones lleguen.” En algunos casos, el transporte incluso se realiza sin escolta. “¿Para qué la necesitamos? Los talibanes garantizan nuestra seguridad.”
“Claro que les pagamos a los talibanes –reconoce Ahmad Nawid, patrón del principal sindicato de camioneros–. Por Dios, puede creerme: es pura y simple extorsión. Algunas empresas de seguridad están pidiendo 2.000 dólares por contenedor, por unos cientos de kilómetros de ruta. De ese monto, la mitad debe ir a manos de los talibanes.”
¿Cómo se negocia el paso? No directamente, claro está. “A mi jefe no le gustaría verme negociar cara a cara con los jefes tribales de Helmand –lanza Juan Diego González, ex militar estadounidense y dueño de la empresa de seguridad privada afgana White Eagle–. Tenemos intermediarios, que reclutan a nuestros guardias a nivel local. […] A veces, es el propio jefe tribal o su hijo el que dirige el convoy. A uno sólo le queda esperar que no tengan vínculos demasiado directos con los talibanes.” Afirma trabajar en rutas donde el equilibrio de poderes es inestable: ningún señor de la guerra puede garantizar por sí solo el trayecto. Esto le otorga cierto margen para elegir sus socios. Pero hay otras rutas donde, como advierte un directivo afgano de la empresa privada de origen australiano Tac Force, “si uno decide ir solo, se está metiendo en grandes problemas. El que no tiene la autorización del señor local, muere”. Para él, Tac Force sigue las recomendaciones del Ministerio del Interior afgano para identificar a los “buenos” señores de la ruta.
Actualmente, el más poderoso se llama Ruhullah. Este comandante, que nunca conoció a un oficial del ejército estadounidense, tiene alrededor de cuarenta años. Usa un Rolex bajo su shalwar kamiz –la prenda tradicional–, habla con una voz extrañamente alta y controla buena parte de la Autopista N° 1, que une Kabul con el sur pashtún, a través de Kandahar. Ruhullah trabaja en asociación con los hermanos Popal, propietarios del grupo Watan y primos del presidente Karzai. En su ruta, un convoy típico reúne trescientos camiones, acompañados por entre cuatrocientos y quinientos guardias privados. El paso de un contenedor hacia Kandahar puede facturarse hasta 1.200 euros. En total, según un informe reciente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos (4), el señor de la ruta y sus socios anglófonos acumulan “varias decenas de millones de dólares por año” por escoltar los convoyes estadounidenses. Ruhullah, al igual que los hermanos Popal, niega rotundamente estar pagando a los talibanes en los lugares donde no puede pasar con seguridad. Afirma haber perdido cuatrocientos cincuenta hombres en el último año.
Muchas compañías de seguridad y de transporte se quejaron en varias oportunidades ante el ejército de Estados Unidos por las pérdidas económicas derivadas del recurso sistemático a los señores de la guerra sin que los militares sepan cómo solucionar el problema.

Redes de dinero


No obstante, el dinero de los talibanes no siempre se gana gracias al fusil. También pasa por banqueros eficaces, discretos, que hacen transitar donaciones importantes provenientes del Golfo, a través de Dubai y Pakistán. Un lugar decisivo: el mercado de cambistas de Kabul. Tres pisos de galerías abiertas a un patio, tablas de madera apoyadas sobre el suelo, repletas de fajos de dólares, rupias, yuanes y una multitud digna de las Halles de París en sus mejores días. Según un estudio del Afghan Threat Finance Cell, el 96% de los afganos prefiere estos mercados antes que las ventanillas de los bancos para sus transferencias de dinero. Les basta con empujar una de las puertas del centenar de oficinas de corredores (hawala) del lugar: puestos estrechos, incomparables con la amplitud de su comercio, donde cada noche media docena de empleados tirados sobre sillones de cuero caliente pasan las ganancias del día por la contadora de billetes. Estas redes datan del siglo VIII. Permiten enviar cientos de miles de euros en pocas horas al otro lado del planeta, a través de un agente afiliado al suyo, por una comisión mínima. Según Hajji Najeebullah Akhtary, jefe del sindicato local de los cambistas, cada día transitan por allí 4 millones de euros. El sistema se basa en la confianza: cada cual conoce a su cliente o a sus garantes.
Desde 2004, el Estado intenta registrar a estos agentes y obtener el detalle mensual de sus transacciones. Akhtary, sentado debajo de un televisor que emite un capítulo del dibujo animado estadounidense Tom y Jerry, recuerda que “decenas de agentes de los servicios secretos pasean por aquí todos los días” y echan un ojo a los libros contables. Pero el mercado de Kandahar, extremadamente activo, sigue siendo inaccesible para los inspectores, por falta de seguridad. Sin embargo, por este sistema de hawala pasa una parte nada despreciable de las finanzas de los talibanes.
La Unidad de Inteligencia Financiera del Banco Central registró el tránsito de 1.300 millones de dólares en billetes saudíes en el país desde enero de 2007. Según su joven director, Mustafá Masudi, “el dinero aparece en las zonas tribales paquistaníes: ¿puede usted decirme quién necesita riales saudíes allí? Los envían desde Peshawar [al norte de Pakistán], por hawala, a Kabul, donde los cambian por dólares. Después, los dólares se fugan hacia las colinas y los riales vuelven a Dubai, de manera totalmente legal, por el aeropuerto”.
Hay que oír al general Mohammad Asif Jabbar Kheel, encargado de la seguridad en el aeropuerto de Kabul, tronar como un leñador contra la ley que autoriza a todo particular a levantar vuelo con varios millones en efectivo, siempre y cuando los declare. En Dubai, las autoridades controlan aun menos el origen de los fondos desde que la crisis económica los golpeó en 2009. Un oficial estadounidense informa que en el último año se transfirieron más de 1.750 millones de euros a los Emiratos desde el aeropuerto de Kabul. Detalle sorprendente: según Masudi, apenas diez personas, en su mayoría agentes de hawala, realiza la mayor parte de estas transferencias. El general Jabbar nos ofrece una lista. Los nombres están subrayados con furia y los montos son impresionantes: 360 millones de euros para uno en 2009, 69 para otro...
Todo este dinero no está ligado a los talibanes. Algunas cifras son legales, otras representan un porcentaje de la ayuda internacional desviada por oficiales y otras están relacionadas con el tráfico de drogas, que está lejos de ser administrado únicamente por la insurgencia. Estos fardos de billetes cargados en las bodegas de Ariana Airlines también son un síntoma de las dificultades del Estado para manejar sus finanzas. El año pasado sólo se lograron reunir 636 millones de euros de ingresos aduaneros, cuando la administración podría cobrar el doble. El director de Aduanas, joven viceministro con buena voluntad, no puede viajar hacia algunas fronteras y se pregunta quién lo protegería de… la policía. En efecto, muchos oficiales ejercen funciones aduaneras por su propia cuenta. En el puesto de Spin Boldak, en la provincia de Kandahar, Mubin Shah prefiere la escolta paternal de un señor de la guerra acusado de complotarse con los talibanes…


1 “Addiction, crime and insurgency. The transnational threat of Afghan opium”, octubre de 2010 (www.unodc.org).
2 Provincia del sudoeste de Afganistán, donde se cultivan grandes cantidades de opio.
3 Véase Syed Saleem Shahzad, “De Cachemira a Afganistán. Los nuevos talibanes”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, octubre de 2008.
4 “Warlord, Inc. Extortion and Corruption Along the U.S. Supply Chain in Afghanistan”, Cámara de Representantes, Washington, 22-6-10.
Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/afganist%C3%A1n-%C2%BFc%C3%B3mo-se-financian-los-talibanes