6 jul. 2011

La política y la conciencia social de algunos profesores prevalecerá a retrocesos, pero de que se necesita un cambio se necesita un cambio


De maestro a “posor”

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Celebramos en nuestro país, nuevamente, el Día del Maestro. Por tal motivo he recibido varios saludos que, como siempre, agradezco gentilmente, pero que no acepto porque no me considero tal, ya que no soy autoridad en nada, un gurú y mucho menos modelo a seguir, aspectos que sí detenta un maestro que, por cierto, son pocos los habidos en la historia y muchísimo menos en la actualidad.
Lo que si acepto ser es un profesor, o “posor”, como me dicen algunos alumnos cuando en la calle o en los corrillos de la universidad se animan a manifestar un desaliñado saludo. Los profesores sí abundan en nuestro país, hay un poco más de medio millón de ellos, y sólo contando a los que han hecho del profesorado una carrera que empezó en la universidad. Si a esa cantidad le sumáramos los que año a año pasan a ser profesores, sólo porque consiguen unas horas de dictado en institutos, academias o universidades, sin saber nada de pedagogía o docencia, entonces la suma se elevaría inimaginablemente.

Esa situación nos pone ante uno de los dramas del profesorado en nuestro país: lo fácil que es acceder a esa categoría profesional. Creo que con el profesor ocurre algo similar a lo que les pasa a los periodistas: cualquiera termina denominándose periodista, simplemente porque cuenta con un carné, tiene un programa radial, o escribe, a veces, una columna en algún periódico. Como sabemos, esa accesibilidad ha terminado por distorsionar el trabajo periodístico. Me temo que algo similar pasa con los profesores; es decir, la falta de tamiz ha distorsionado la función los nobles ideales de la carera profesoral. Si a eso le sumamos el descrédito acumulado por años, ya sea por su representación política; es decir, el Sutep, causante, para muchos del deterioro de la educación en el Perú, o su rechazo a varios intentos de reformas educativas, entonces tenemos la imagen totalmente dañada del profesor peruano.

Por eso puede entenderse porqué el profesor ya no es un referente en los alumnos. En realidad, la escuela tampoco lo es, o ha dejado de serlo, como me lo confirman mis alumnos ingresantes cada vez que les preguntó cómo es que decidieron seguir la carrera de sociología. Es decir, la escuela y menos el profesor acompaña a los alumnos salientes de los colegios en la toma de decisiones tan importantes como la elección de una carrera profesional. Y eso nos conecta con otro gran tema que es la calidad de nuestra educación, que, como sabemos, es una de las peores del mundo.

Es cierto que hemos avanzado en algo respecto a la situación del 2006, donde sólo el 10% de los escolares sabía, a las justas, resolver operaciones matemáticas simples; y sólo el 15% sabía leer. Hemos avanzado en esas cifras, no mucho, pero hemos avanzado porque, entre otras cosas en estos últimos años se puso en marcha una política orientada a potenciar a los profesores a través de la carrera pública magisterial. Incluso fui invitado al progarma de Pronacaf, justamente para actulizar a profesores de la región en el área de ciencias sociales. Hoy leo que el próximo gobierno, el humalista, a través de sus voceros en ese tema que son sutepistas, han decidido dar marcha atrás con todo lo avanzado. Es decir, triste homenaje que reciben hoy los profesores, ya que se vuelve a imponer la mediocridad y el manipuleo político en esa profesión que debiera ser la niña mimada de nuestro país, puesto que sin una educación de calidad, sin profesores altamente capacitados y reconocidos en todos los niveles, seguiremos siendo un país a la deriva.

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://blog.pucp.edu.pe/item/137331/de-maestro-a-posor

3 jul. 2011

Cierto, pero debemos de estar atentos a la democracia que tenemos y estar vigilantes de ella, para que no pase lo que paso en China...,


El aire fresco y las moscas

Por Mario Vargas Llosa
Vuelvo a China después de unos quince años y parece otro país. Aunque he oído y leído todos los ditirambos sobre su formidable desarrollo económico, la realidad va todavía más allá. En Shanghái, el distrito de Pudong, junto al río, hace cuatro lustros una llanura de arrozales, es ahora un Wall Street cuatro veces más grande y con el doble o triple de rascacielos. Tanto en esta ciudad como en Pekín la transformación urbana es portentosa: puentes, avenidas, túneles, construcciones para oficinas o viviendas, tiendas, galerías, parques, exhiben una modernidad y prosperidad impetuosas, un dinamismo que fermenta las veinticuatro horas del día.
Una riqueza ostentosa, sin complejos, se pavonea por doquier, en los grandes almacenes y los hoteles lujosísimos, en las gigantescas vitrinas que ofrecen los vestidos, trajes, bolsos, joyas, relojes, zapatos, automóviles, fantasías y locuras de las firmas más afamadas del mundo. Hay restaurantes por doquier y todos están llenos de gente generalmente bien vestida y amable que conversa y come sin soltar los teléfonos móviles, espiando de tanto en tanto el contorno desde detrás de sus anteojos marca Ray Ban, Ferragamo, Gucci o Lanvin. Uno se creería en la Quinta Avenida, los Champs Elysées o Bond Street, pero multiplicados por cinco o por diez. Se diría que desde que Deng Xiaoping lanzó la consigna “¡Enriquecerse es glorioso!” la realidad le hizo caso y sus 1,400 millones de compatriotas empezaron a producir y ganar dinero de manera frenética.
¿Es esto un país marxista-leninista? Según el Partido Comunista, que en estos días se prepara a celebrar su 90 aniversario de manera multitudinaria y fastuosa, rindiendo homenajes incesantes al mismo Mao Zedong que con sus delirantes políticas del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural hundió a China en la miseria más atroz y sacrificó a muchos millones de pobres, lo es más que nunca y vive ahora, gracias a las reformas y políticas “socialistas” de mercado que han convertido a China en la segunda potencia económica del mundo después de los Estados Unidos, una etapa de abundancia que en un futuro próximo –unos cien años más o menos–desembocará en la perfecta sociedad donde reinará la justicia distributiva y todos recibirán  lo que requieran según sus necesidades. La utopía colectivista igualitaria se hará entonces realidad.
Por el momento, la sociedad china es la más desigual del mundo, pues las diferencias entre los que más y menos tienen superan las de cualquier otro país, aunque, eso sí, probablemente éste sea el único en el que, por decisión del propio Comité Central, el Partido Comunista acepta ahora entre su militancia a millonarios y billonarios. Si usted detecta en todo esto ciertas contradicciones y misterios ideológicos, le aconsejo que lea el interesante libro de Eugenio Bregolat, La segunda revolución China (Destino, 2007) en el que este experimentado diplomático español y profundo conocedor del país donde ha vivido muchos años explica con lujo de detalles y divertidas anécdotas la extraordinaria conversión económica de China que llevó a cabo, luego de tropiezos, intrigas, retrocesos y tantas caídas como victorias, Deng Xiaoping. Este anciano compañero y adversario de Mao fue quien, sintetizando su propósito con otra de sus famosas frases, “Da igual que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace ratones”, convirtió a la paupérrima dictadura totalitaria, colectivista y estatista erigida por Mao Zedong, en la sociedad capitalista autoritaria que sacó de la miseria a ochocientos  millones de campesinos y disparó un crecimiento y desarrollo vertiginosos sin precedentes en la historia.
Bregolat explica que esta insólita variante del “socialismo” concebida por Deng Xiaoping y sus seguidores, que ahora controlan el poder, sería incomprensible si no se la relaciona con la tradición cultural y filosófica china del confucianismo y los cuatro mil años de historia de un país invadido, ocupado y humillado por Occidente y al que la prosperidad y modernización actuales han desagraviado y devuelto el orgullo de sí mismo. La ideología “socialista” es ahora una retórica que sirve para justificar el monopolio del poder político por el Partido Comunista y la ideología real que ha echado hondas raíces en el país es el nacionalismo. Eugenio Bregolat es optimista y piensa que el notable progreso económico traerá, tarde o temprano, una apertura política, pues las nuevas clases medias y profesionales, que crecen cada día, educan a sus hijos en el extranjero, y mantienen un intenso comercio con el mundo a través de las nuevas tecnologías, van a ir reclamando cada vez más la democratización política del sistema. Ésta se llevará a cabo de manera pacífica.
Ojalá él tenga razón y los que no compartimos tanto su optimismo, como yo, nos equivoquemos. Mi pesimismo se debe a que, además del nacionalismo, lo que parece haberse convertido en una segunda naturaleza para buena parte de la sociedad china moderna, empezando por los jóvenes, es un materialismo consumista, precisamente aquel que algunos pensadores liberales lúcidos como el propio Adam Smith y Karl Popper temían: que la obsesiva concentración de la acción humana en la creación de riquezas embotara la vida espiritual e intelectual y empobreciera valores como el idealismo, la solidaridad y la generosidad.
Aunque, por razones obvias, en mis conversaciones con intelectuales, académicos y escritores chinos, fui prudente y me abstuve de acosarlos con preguntas impertinentes, a muchos de ellos los escuché quejarse del poco o nulo interés que  mostraban los jóvenes –sobre todo los mejor formados– por la vida cívica, la cultura, y, en general, por todo lo que fuera desinteresado y espiritual, como la filosofía, el arte o la religión. (En las universidades en las que hablé en Shanghái y Pekín nadie me hizo una sola pregunta política, tampoco los periodistas chinos que me entrevistaron, y creo que es la primera vez que me pasa en la vida). Todos parecen obsesionados con alcanzar una buena formación técnica y profesional que les abra las puertas a las grandes transnacionales y sus jugosos salarios o a los puestos administrativos, ahora también magníficamente dotados. A uno de ellos le oí murmurar, haciendo una mueca tristona: “Hoy apenas habría un puñadito de muchachos para manifestarse en Tiananmen”. La gran mayoría sólo aspira a ganar dinero, mucho dinero, y vivir mejor.
Otra de las célebres frases de Deng Xiaoping fue: “Si abrimos la ventana, junto al aire fresco entran las moscas”. Me imagino que debió pronunciarla en la primavera de 1989, poco antes de dar la orden al Ejército de poner fin a las manifestaciones de los estudiantes que, acampados en la enorme plaza de Tiananmen, pedían democracia y libertad, y que se saldó con la muerte de un número incierto de jóvenes,  en todo caso algunos centenares. La frase resume admirablemente la filosofía que aplica el régimen: apertura económica y social, sí,  pero sólo mientras no cuestione el control absoluto que sobre la vida política del país ejerce el Partido Comunista. Quien lo acepta, puede tener un margen bastante amplio de libertad personal, viajar al extranjero, usar Internet, si es escritor o profesor procurarse revistas y publicaciones ‘capitalistas’, siempre que no critiquen la política china. Pero no hay tolerancia con la disidencia política. Los disidentes, como Liu Xiaobo, Ai Weiwei y otros, son acosados, vigilados, o, si sus acciones repercuten y llegan al extranjero, encarcelados, juzgados y sentenciados a penas variables. A diferencia de lo que ocurría en el pasado, se fusila poco, y generalmente por delitos económicos, no políticos. La disidencia intelectual lleva ahora a la cárcel en vez del paredón y, a veces, sólo al arraigo domiciliario. “De todos modos, es un progreso sobre el pasado”, me dijo alguien.
La censura moral existe siempre, pero atenuada, y en los quioscos callejeros y en las librerías, se descubren a veces revistas y libros eróticos, en tanto que, al parecer, en los cabarets, bares, karaokes, se permiten ahora licencias inconcebibles en el pasado. “Pero, sin llegar a los extremos de Tailandia, claro está”.  A mi editor y a mis traductores les pregunté si mis libros habían sido censurados. Enfáticamente, me aseguraron que no. 
¿Hubiera sido posible el prodigioso desarrollo chino en libertad? Eugenio Bregolat lo pone en duda y piensa que los jóvenes mártires de Tiananmen actuaron con precipitación. Yo quiero creer que sí era posible. ¿Por qué en China no hubiera sido posible lo que lo fue en Estados Unidos, en Inglaterra, en Francia, en España y lo está siendo ahora en India, Chile, Brasil y tantas otras sociedades democráticas?

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.larepublica.pe/03-07-2011/el-aire-fresco-y-las-moscas