24 oct. 2010


Europa, el combate contra los mercados

por James K. Galbraith
El veredicto de los gobiernos europeos es unánime: para responder a los ataques de las finanzas, será necesario imponer el rigor presupuestario y la reducción de salarios. Una solución ideal para comprometer a la economía en la vía de la deflación y acentuar la ruptura social. Ahora bien, ¿no se puede imaginar algo completamente distinto?
A comienzos de enero pasado, el gobierno griego convocó de urgencia a un areópago de expertos en economía. Entre ellos se encontraba un funcionario del Fondo Monetario Internacional (FMI), que le explicó secamente al primer Ministro que debía desmantelar el Estado de Bienestar. Otro consejero, proveniente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), dijo con tono jovial: “una decisión que horroriza a todo el mundo, incluso a vuestros propios partidarios, no puede ser más que una buena decisión”.
El fundamento de estas proposiciones es conocido: los mercados ordenan a los Estados apretarse el cinturón. Los compradores de obligaciones son los únicos jueces de los planes de austeridad consentidos por los gobiernos. Sólo ellos deciden si se dan o no las condiciones para tener confianza en la capacidad de un Estado para reembolsar su deuda. Si un país se somete a una disciplina presupuestaria de hierro y las tasas de interés se hacen soportables, las compuertas del crédito volverán a abrirse.
Pero esta teoría presenta un gran defecto: las promesas no cuestan nada. Aun cuando los Estados se sometan para complacer a los mercados, hace falta tiempo para que las medidas de austeridad entren en vigencia y alcancen su objetivo. El refinanciamiento (“El idioma de las finanzas”, pág. 9) de una deuda existente se apoya en el anuncio de reformas que todavía no han tenido lugar, es decir, sobre la confianza que los mercados le otorgan a la buena fe del deudor. Pero, ¿cómo un Estado considerado irresponsable puede inspirar tal confianza? Por más que Grecia ha jurado su determinación de despojar a funcionarios y jubilados, el plazo de su deuda se cumplirá antes de la ejecución de sus promesas. Por eso la paradoja: cuanto más se compromete Atenas a restringir los gastos, más desafiantes se vuelven los mercados que trataba de engatusar.
Esta situación ha arruinado de hecho la idea según la cual un programa de austeridad bastaría para desbloquear el mercado del crédito en condiciones aceptables para Grecia. El único medio de evitar el no pago reside, en consecuencia, en una inyección masiva de fondos europeos que no sigan la forma de actuar de los mercados. Para el gobierno griego, la pregunta se ha convertido en: ¿cómo persuadir a la Unión Europea (UE) para que ponga la mano en el bolsillo?

El tiempo se acaba

Este desafío ha propulsado la crisis económica en medio de un juego de ajedrez político. Atenas debe proseguir con sus anuncios de recortes drásticos y de “reformas”, no para tranquilizar a los mercados, sino para satisfacer a Angela Merkel. Porque se supone que el electorado de la canciller alemana no tolera un “plan de salvataje”, a menos que el pueblo griego soporte sacrificios espectaculares. Durante este tiempo, el gobierno de Georges Papandreu demostró ostensiblemente su fidelidad al euro y a sus acreedores, al mismo tiempo que recordaba a París y a Berlín que, en la hipótesis de un rechazo de su asistencia, el derrumbe de la casa griega precipitaría la ruina de España y Portugal.
En el plano económico, este escenario suscita perplejidad. Porque las medidas de austeridad prometidas traerían consigo más desempleo y menos ingresos fiscales; por lo tanto, no puede esperarse que reduzcan notablemente el déficit presupuestario. Amputar el consumo griego –tal como lo preconiza el programa del FMI– se traduciría, además, en pérdidas de empleos en las industrias alemanas y francesas que venden una parte de sus mercancías a Grecia.
Como el euro prohíbe cualquier devaluación, tampoco se puede contar con ganancias de competitividad. Las medidas capaces de aportar un tubo de oxígeno momentáneo –es decir, poner a régimen a la función pública y las reformas fiscales–serían aun más difíciles de aplicar en una atmósfera de penuria social y de tasas de interés exorbitantes.
Ahora que el tiempo se acaba, los dirigentes europeos se debaten todavía entre sus reglamentos bizantinos, su unión de cartón-piedra, sus preocupaciones políticas inferiores y su percepción limitada del problema. Altos responsables recalcan con fanatismo que oscuros recortes en los gastos públicos galvanizarían el crecimiento económico. Sus análisis terminan en un desastre. Como la canciller alemana parecía haber rechazado el plan de salvataje, un viento de pánico cundió en la zona euro. El precio de los contratos de seguros para la falta de pago (credit default swaps, o CDS) subió inmediatamente para España, Portugal y sus bancos, síntoma de la fragilidad de un sistema financiero europeo en penuria crónica de garantías de depósitos a escala europea. Merkel dio su consentimiento a regañadientes.

El chantaje

Los acontecimientos llevaron rápidamente a los actores del drama a una segunda revelación. La decisión de proteger a Grecia de la quiebra, en lugar de calmar las tensiones, las reavivó. En efecto, imagínense ustedes que poseen títulos de la deuda portuguesa. Como su rendimiento se vuelve incierto, ustedes desean desembarazarse de esos títulos o adquirir un CDS. Las obligaciones portuguesas se deprecian aun más, haciendo más difícil la obtención de nuevos préstamos para Lisboa. Para los mercados financieros, el mejor medio de garantizar los pagos consistiría en cerrar el mercado de obligaciones privadas y –como Grecia– chantajear a la UE. Así, un plan de salvataje estaría prácticamente logrado, sobre todo porque Portugal goza de una reputación de país menos “irresponsable” que Grecia. Después de Portugal vendría España.
En resumen, los especuladores tienen el poder de imponer una “europeización” de las deudas mediterráneas. Ése es el poder que se ejerció a mediados de mayo. El pánico de las capitales europeas obedecía al mismo mecanismo que hizo temblar a Estados Unidos en septiembre de 2008: la extravagante presión ejercida por los mercados sobre los indecisos representantes políticos. Como toda víctima de chantaje, el presidente Nicolas Sarkozy montó en cólera. A su vez, en una parodia de autoridad política, la canciller Merkel anunció la prohibición de vender en descubierto obligaciones del Estado (una técnica que permite a los especuladores vender títulos que no poseen). Una represalia bastante poco disuasiva. ¿Pero que más podían hacer? Las ventas de obligaciones o de CDS de Grecia, Portugal y España pueden efectuarse fuera de Europa, en Nueva York o en las islas Caimán, por ejemplo. Ante la menor apariencia de presión, los especuladores se agrupan para lanzar un nuevo ataque.
Las centenas de miles de millones de euros movilizados por la UE calmaron las cosas por un tiempo. Pero rápidamente una evidencia saltó a los ojos: los países miembros de la UE sólo pueden encontrar dinero tomándolo prestado unos de otros. Porque tienen prohibido crear nuevas reservas, así como les resulta imposible alentar simultáneamente el crecimiento y enjugar las deudas, algo que sólo el Banco Central Europeo (BCE) está en condiciones de hacer.
Al comienzo de la crisis, el papel que desempeñó el BCE estuvo particularmente falto de claridad. Contra sus propios principios, terminó por comprar grandes cantidades de títulos de deudas soberanas. Al hacerlo, tomaba el control del problema de la deuda, pero al precio de un euro más elástico. Ahora ocurre lo que debía ocurrir: el euro deja su podio de divisa “dura” para iniciar una ineluctable declinación. Las febriles declaraciones del presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, jurando por todos los dioses que él “no haría imprimir billetes” (1) sino que se contentaba con reciclar los depósitos a plazo, no hicieron más que incrementar la confusión; se instaló la sospecha de que los dirigentes de la UE habían perdido la cabeza. Y el pánico aumentaba...

Al borde de la quiebra

Tanta confusión sirvió al menos para descubrir uno de los tres pilares de la prudencia financiera. La buena marcha del sistema supone la existencia de un Estado más influyente que cualquier mercado y que debe poder actuar para garantizar los pagos de la deuda pública –a la manera de la Reserva Federal estadounidense– sin lo cual los mercados triunfan por sobre los poderes públicos, mediante el viejo juego de “dividir para reinar”. Europa desplegó inmensos esfuerzos para crear un “mercado único”, pero sin establecer los medios para controlarlo y decretando que el BCE no inyectaría moneda suplementaria en el sistema. Al actuar de esta manera, erigió mercados más poderosos que los Estados, y Estados cargados de deudas que se tambalean al borde de la quiebra. Sólo el BCE puede remediar esta ceguera, abandonando el estatuto que traba sus acciones.
¿Hasta dónde el BCE inyectará liquidez, copiando la política puesta en práctica por la Reserva Federal en el otoño boreal de 2008? Una cosa es segura: aun cuando el BCE mute en esa dirección y ponga un término a la crisis financiera, la crisis económica se va a amplificar. Cada país “salvado” recibirá justo lo suficiente para pagar a sus acreedores, a cambio de una reducción implacable de sus gastos públicos. Los bancos son los que saldrán ganadores, no las poblaciones. El hombre del FMI consultado por el gobierno griego habrá ganado su apuesta y Europa se hundirá en la recesión.
A menos que cambie de política; que las fuerzas sociales que edificaron el Estado de Bienestar se levanten nuevamente para defenderlo y que la UE tome conciencia de su malformación constitucional: la inexistencia de un dispositivo integrado de estimulación macroeconómica.
Europa necesitaría un régimen fiscal integrado, un Banco Central dedicado a la prosperidad económica y un sector financiero colocado en la imposibilidad de causar daño. Antes que nada, le falta un mecanismo presupuestario automático volcado hacia el pleno empleo, que controle la recesión y compense las caídas de la demanda en las regiones más pobres. Un sistema así no debería apoyarse sólo en la acción gubernamental, sino sobre los propios ciudadanos.

La respuesta apropiada

Desde un punto vista puramente técnico, existen medios bastante simples para lograr este objetivo. La creación de una caja de jubilaciones de la UE podría servir, por ejemplo, para armonizar el nivel de las jubilaciones entre los países miembros, con el fin de que los ex trabajadores de Portugal, de Grecia o de España gocen de las normas vigentes en los países más avanzados. De la misma manera, puede imaginarse un sistema integrado que garantice un salario mínimo decente para todos los trabajadores de la UE. Un Banco Europeo de Inversiones podría financiar la creación de universidades tradicionales y garantizar una enseñanza de calidad desde el norte hasta el sur. El principio básico es que la única respuesta apropiada al desempleo masivo y a los déficits presupuestarios resultantes consiste en incrementar los gastos públicos, no en disminuirlos.
Algunos objetarán que tal escenario conduciría a imponerles impuestos a los alemanes en beneficio de los griegos. Pero este argumento no tiene ningún sentido desde un punto de vista económico. Se trata más bien de movilizar los recursos no utilizados a través de toda Europa y de integrarlos al circuito productivo. Tal orientación no induciría de ninguna manera un costo suplementario para aquellos que ya disponen de un empleo, ya que el suministro de bienes y servicios destinados a todos se desarrollaría de manera rápida. Un sistema fiscal integrado permitiría, en cambio, frenar la evasión fiscal que gangrena a Grecia y a otros países del sur de Europa. Es cierto que las reformas suponen impuestos más pesados, pero afectarían a los ricos de los países pobres y no a los pobres de los países ricos.
La experiencia de estos últimos meses sugiere que la tan esperada recuperación difícilmente podrá producirse mientras los mercados mantengan su fuerza de intervención. Señala la necesidad de desarmar al sector financiero para que deje de amenazar a la UE.
También en este caso, la tarea no es insuperable. Supone un esfuerzo de regulación, de imposición y de reestructuración de las deudas de los países mediterráneos. Una regulación ofensiva consistiría en prohibir a toda entidad financiera europea especular con las deudas soberanas de los Estados miembros mediante los CDS, de modo de obligar a los especuladores más decididos a exiliarse en los paraísos fiscales.
Los bancos quebrados como consecuencia de apuestas cubiertas y no cubiertas serían requisados y nacionalizados. Podría instaurarse un impuesto europeo sobre las plusvalías bajo la égida de los gobiernos nacionales. Podría hacerse lo mismo con el impuesto sobre las transacciones financieras, cuya adopción se ha retrasado demasiado aunque ciertamente no sea una panacea. Y si el control de capitales debe reaparecer para detener el contagio financiero, nadie va a morir por eso. Los Estados no pueden permitirse perder el combate que los enfrenta a los mercados financieros: de su triunfo depende la supervivencia de un sistema social más o menos civilizado.
Un cambio radical
En cuanto a la reestructuración de las deudas insolventes, eso exigiría de Europa la instauración de un procedimiento de insolvencia soberana, comparable al capítulo IX de la ley estadounidense relativa a las bancarrotas municipales. Es lo que propone desde hace mucho tiempo Kunibert Raffer, profesor de economía de la Universidad de Viena. Este dispositivo permitiría a los gobiernos mantener los servicios esenciales que deben a sus poblaciones, al mismo tiempo que los liberaría de la parte insostenible de sus deudas. Sin duda, los bancos se verían afectados; pero a los poderes públicos les corresponde limitar los daños, garantizando los depósitos bancarios y tomando las riendas de los establecimientos eventualmente fragilizados por los planes de reestructuración. No obstante, hay que cuidarse de experimentar demasiada compasión por los riesgos que corren los bancos: su oficio consiste en ganar dinero, pero a veces también en perderlo. Por otra parte, la proporción de inocentes en el estado mayor de un banco es mucho más pequeña que en el conjunto de cualquier país.
Semejantes reformas, ¿encaminarían a Europa hacia un super-Estado capaz de asumir sus gastos públicos a una tasa de interés viable y de enfrentar a las agencias de calificación de riesgos y créditos y a los mercados de CDS?, ¿hacia un super-Estado preocupado por controlar a sus bancos antes que ser controlado por ellos? Son los europeos los que tendrán que decidir, llegado el caso.
Seguramente se trataría de un cambio radical. ¿Pero podemos acaso esperar todavía un cambio que no lo sea? ¿Alguien puede dudar todavía de que la arquitectura neoliberal de Europa esté en vías de hundirse? La alternativa es simple: un radicalismo destructor de rigor presupuestario o un radicalismo constructor de pleno empleo. Radicalismo bancario o radicalismo social.
En 1975, cuando era joven y trabajaba para la comisión bancaria de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, participé en la implementación de un plan de salvataje de la ciudad de Nueva York, en ese momento presa de una profunda crisis financiera y económica. Nuestro programa apuntaba a preservar las universidades y el transporte público. Además recomendaba reestructurar la deuda municipal y no lamentarse por las pérdidas que eso les produciría a los tenedores de obligaciones de la ciudad. De pronto, recibí una llamada de Averell Harriman, ex gobernador de Nueva York, y ex embajador de F.D. Roosevelt ante Stalin. Me pedía un informe sobre el estado de nuestro trabajo.
El octogenario Harriman, apenas re-puesto de una fractura de cadera, me recibió en pijama en un sillón de su villa de Georgetown. En la pared, a su derecha, había una copia de Los girasoles de Van Gogh. En una cómoda de vidrio, a su izquierda, una bailarina de Degas. En ese pequeño museo privado, traté de explicar al ex gobernador por qué los miembros del comité preferían reclamar sacrificios a los ricos antes que a los pobres. Asintió con la cabeza, se inclinó hacia adelante sobre su bastón y dijo con una voz cavernosa: “Comprendo. El capital debe pagar, de la misma manera que el trabajo”.
Sobre ese mínimo aspecto, al menos, nada ha cambiado.


1 Europe 1, París, 12-5-10.
*Titular de la cátedra de Economía Política en la LBJ School of Public Affairs, Universidad de Texas (Austin). Autor de L’Etat Prédateur, Comment la droite a renoncé au marché libre et pourquoi la gauche devrait en faire autant, Editions du Seuil, París, 2009.
Una cosa es segura:
los bancos son los
que saldrán ganadores,
no las poblaciones. (…) Y Europa se hundirá
en la recesión…
… a menos que las fuerzas sociales que edificaron el Estado de Bienestar se levanten para defenderlo.

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/europa-el-combate-contra-los-mercados

23 oct. 2010


Enemigo de ayer, ídolo de hoy

por Alain Gresh
 Estados Unidos, Reino Unido, Francia e Israel combatieron durante décadas el peligro comunista del ANC. Una amnesia política permite reivindicar hoy la figura de un Mandela más inofensivo.
“Un héroe de nuestro tiempo”, tituló un número especial del Courrier International (junio-agosto de 2010). “El hombre que cambió la historia”, reforzaba Le Nouvel Observateur (27-5-10). Las portadas de ambas revistas, en las que se veía una foto de Nelson Mandela sonriente, son el testimonio de una adoración consensual cuya apoteosis fue la película Invictus del director Clint Eastwood. Con la Copa del Mundo de fútbol, todo el planeta se une en el culto al profeta visionario que rechazó la violencia y guió a su pueblo hacia una tierra prometida donde negros, mestizos y blancos viven en armonía. La penitenciaría de Robben Island –donde Madiba, según lo apodaban sus camaradas, estuvo encerrado largos años–, lugar de peregrinación obligado para los visitantes extranjeros, recuerda un “antes” algo turbio: el tiempo del detestado apartheid que no podía más que generar la condena universal y, en primer lugar, la de las democracias occidentales.
Cristo murió en la cruz hace unos dos mil años. Numerosos investigadores se preguntan en qué se corresponden el Jesús de los Evangelios y el Jesús histórico. ¿Qué es lo que se sabe de la vida terrenal del “Hijo de Dios”? ¿De qué documentos se dispone para reconstruir su prédica? ¿Son fiables los testimonios que figuran en el Nuevo Testamento? Podría suponerse que es más fácil conocer al “Mandela histórico”, más aún siendo que se dispone de un Evangelio escrito por su propia mano (1) y de muchos testimonios directos. Sin embargo, la leyenda de Mandela aparece tan distante de la realidad –si no más– como la del Jesús de los Evangelios, a tal punto que resulta intolerable admitir que el nuevo Mesías haya sido un “terrorista”, un “aliado de los comunistas” y de la Unión Soviética (aquella del “gulag”), un aguerrido revolucionario.

El paso a la lucha armada

El Congreso Nacional Africano (ANC, por su sigla en inglés), aliado estratégico del Partido Comunista sudafricano, inició la lucha armada en 1960, luego de la masacre del 21 de marzo en el township de Sharpville, que dejó varias decenas de muertos; los negros manifestaban contra el sistema de los pass (pasaportes interiores). Mandela, que hasta entonces era partidario de la lucha legal, cambió de opinión: jamás la minoría blanca renunciaría pacíficamente a su poder, a sus prerrogativas. En un primer tiempo el ANC dio prioridad a los sabotajes pero utilizó también, aunque de manera limitada, el “terrorismo”, no dudando en poner bombas en varios cafés.
En 1962 Madiba fue detenido y condenado. A partir de 1985 rechazó varias propuestas de liberación a cambio de renunciar a la violencia. “Es siempre el opresor y no el oprimido el que determina la forma de la lucha. Si el opresor utiliza la violencia, el oprimido no tiene otra opción que responder con la violencia”, escribió en sus Memorias. Y sólo la violencia, apoyada por crecientes movilizaciones populares y sostenida por un sistema internacional de sanciones cada vez más duro, logró demostrar la inutilidad del sistema represivo y llevar al poder blanco al arrepentimiento. Una vez obtenido el principio de “un hombre, un voto”, Mandela y el ANC dieron muestras de flexibilidad a través de la organización de la “sociedad arco iris” y de las garantías brindadas a la minoría blanca. Incluso debieron poner frenos a su proyecto de transformación social. Pero ésa es otra historia.
La estrategia del ANC tuvo el apoyo material y moral de la Unión Soviética y del “campo socialista”. Muchos de sus dirigentes fueron formados y entrenados en Moscú y en Hanoi. La lucha se extendió a toda África austral, donde el ejército sudafricano trataba de imponer su hegemonía. La intervención de las tropas cubanas en Angola en 1975 y las victorias que obtuvieron en ese país –particularmente en Cuito-Cuanavale en enero de 1988– contribuyeron a resquebrajar la maquinaria bélica del poder blanco y a confirmar que se hallaba en un callejón sin salida. La batalla de Cuito-Cuanavale constituyó, según Mandela “un giro decisivo en la liberación de nuestro continente y de nuestro pueblo” (2). Y no lo olvidaría: el día de su asunción a la Presidencia, en 1994, incluyó como invitado de honor al presidente cubano Fidel Castro.
En ese enfrentamiento entre la mayoría de la población y el poder blanco, Estados Unidos, el Reino Unido, Israel y Francia (esta última hasta 1981) combatieron “del lado equivocado” –el de los defensores del apartheid– en nombre de la lucha contra el peligro comunista. Chester Crocker, el hombre clave de la política del “compromiso constructivo” del presidente estadounidense Ronald Reagan en África austral en la década de 1980, escribía: “Por su naturaleza y por su historia, Sudáfrica forma parte de la experiencia occidental y es parte integrante de la economía occidental” (Foreign Affairs, invierno boreal de 1980-1981). Washington, que había apoyado a Pretoria en Angola en 1975, no dudaba en pasar por alto el embargo de armamento y colaborar de cerca con los servicios secretos sudafricanos, rechazando cualquier medida de presión contra el poder blanco. A la espera de una evolución gradual, se le pedía moderación a la mayoría negra.

Sin sanciones al apartheid

El 22 de junio de 1988, dieciocho meses antes de la liberación de Mandela y de la legalización del ANC, el subsecretario del Departamento de Estado estadounidense, John C. Whitehead, todavía explicaba ante una comisión del Senado: “Debemos reconocer que una transición hacia una democracia no racial en Sudáfrica tomará inevitablemente más tiempo de lo que deseamos”. Sostenía que las sanciones no tendrían ningún “efecto desmoralizador sobre las elites blancas” y que las mismas perjudicarían en primer lugar a la población negra.
En el último año de su mandato, Ronald Reagan trató por última vez, pero sin éxito, de impedir que el Congreso castigara al régimen del apartheid. En ese momento celebraba a “los combatientes de la libertad” afganos o nicaragüenses y denunciaba el terrorismo del ANC y de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).
El Reino Unido no se quedó atrás: el gobierno de Margaret Thatcher se negó a cualquier encuentro con el ANC hasta la liberación de Mandela, en febrero de 1990. En la cumbre del Commonwealth en Vancouver en octubre de 1987, Thatcher se opuso a la adopción de sanciones. Interrogada sobre la amenaza del ANC de atacar los intereses británicos en Sudáfrica, respondió: “Eso muestra qué clase de organización terrorista es [el ANC]”. En esa época la asociación de estudiantes conservadores, afiliada al partido homónimo, distribuía pósters donde proclamaba: “¡Cuelguen a Nelson Mandela y a todos los terroristas del ANC! Son unos carniceros”. El nuevo primer ministro, David Cameron, finalmente decidió pedir disculpas por ese comportamiento… en febrero de 2010. Sin embargo la prensa le recordó que él mismo había viajado a Sudáfrica en 1989, invitado por un lobby opuesto a las sanciones.
Israel fue el aliado infalible del régimen racista de Pretoria hasta el final, suministrándole armas y ayudándolo en su programa militar nuclear y de misiles. En abril de 1975, el actual jefe de Estado, Shimon Peres, por entonces ministro de Defensa, firmó un acuerdo de seguridad entre ambos países. Un año después, el primer ministro sudafricano, Balthazar J. Vorster, un ex simpatizante nazi, fue recibido en Israel con todos los honores. Los responsables de los servicios secretos de ambos países se reunían anualmente para coordinar la lucha contra “el terrorismo” del ANC y de la OLP.
¿Y Francia? Bajo el gobierno del general Charles De Gaulle y de sus sucesores de derecha, mantuvo relaciones sin complejos con Pretoria. En una entrevista publicada en el número de Le Nouvel Observateur antes citado, Jacques Chirac se vanaglorió de su antiguo apoyo a Mandela. Pero, como muchos dirigentes de derecha, tuvo poca memoria y el periodista que lo interrogó aceptó esa amnesia sin inmutarse. Como Primer Ministro entre 1974 y 1976, Chirac había oficializado en junio de 1976 el contrato con la empresa Framatome para la construcción de la primera central nuclear en Sudáfrica.
En esa ocasión un editorial de Le Monde afirmaba: “Francia se halla en curiosa compañía dentro del pequeño pelotón de socios considerados ‘seguros’ por Pretoria” (1º de junio de 1976). “Viva Francia. Sudáfrica se convierte en potencia atómica”, titulaba a toda página en su tapa el periódico sudafricano de gran tirada Sunday Times. En 1975, sobre todo por la presión de los países africanos, París decidió no vender más armas de manera directa a Sudáfrica, pero siguió cumpliendo con los contratos vigentes durante varios años, mientras los blindados Panhard y los helicópteros Alouette y Puma se fabricaban localmente bajo licencia.
A pesar de los discursos oficiales de condena al apartheid, París mantuvo, al menos hasta 1981, muchas formas de cooperación con el régimen racista. Alexandre de Marenches, que dirigió el Servicio de Documentación Exterior y de Contraespionaje (SDECE) entre 1970 y 1981, resumió la filosofía de la derecha francesa: “El apartheid es seguramente un sistema que podemos lamentar, pero hay que hacerlo evolucionar suavemente” (3). Si el ANC hubiera escuchado esos consejos de “moderación” –o los del presidente Reagan–, Mandela habría muerto en la cárcel, Sudáfrica se habría hundido en el caos y el mundo no habría podido fabricar la leyenda del nuevo Mesías.

1 Un long chemin vers la liberté, Fayard, París, 1995.
2 Ronnie Kasrils, “Turning point at Cuito-Cuanavale”, 23-3-08 (www.iol.co.za).
3 Christine Ockrent, Alexandre de Marenches, Dans le secret des princes, Stock, París, 1986, p. 228

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/enemigo-de-ayer-%C3%ADdolo-de-hoy