24 nov. 2010


La dinámica cultural en el mundo árabe

por Hicham Ben Abdallah El Alaoui
 Tema recurrente en las portadas de los diarios, el mundo árabe suele ser abordado desde el análisis geopolítico. También se mencionan a menudo los problemas que enfrenta en los ámbitos de la democracia y de la justicia social. En cambio, suele ocultarse el fermento cultural que opera en la región. Sin embargo, esa dinámica define las ideas y los comportamientos de todos. Así, la extensión del uso del velo en Medio Oriente y el Magreb se llevó a cabo sin que mediara decisión política alguna –salvo en Irán y Arabia Saudita–, por la sola presión social. La cultura es sin duda la cuna de los discursos y las prácticas cotidianas.
A lo largo de los dos últimos siglos, los ulemas siempre han desconfiado de las formas modernas de expresión cultural, temerosos de que estas novedades permitieran a la gente servirse de modos no sujetos a la religión para encarar su vida y el mundo. Pero por más que protestaran, la mayoría de las prácticas artísticas y culturales seguían siendo aceptadas. Es cierto que algunas manifestaciones (como por ejemplo la pintura moderna) llevaban la marca de Occidente y no interesaban más que a los efendis (burgueses occidentalizados).
Esta prudente tolerancia daba cuenta de un marco de pensamiento teológico (kalam) en el cual la religión no se limita a la ley religiosa (sharia), sino que alberga además cierto pluralismo. Prácticas literarias y artísticas más o menos profanas (poesía, caligrafía, artes plásticas, música) se consideraban compatibles con la religión, incluso cuando chocaban contra las convenciones. Obras de una formidable diversidad y una creatividad a menudo audaz forman parte integral de nuestra historia.
La grandeza del islam residía precisamente en su aptitud para absorber una miríada de influencias culturales. El mundo musulmán protegía, estudiaba y desarrollaba las grandes tradiciones de la literatura y la filosofía clásicas. En lugar de quemar los libros, se construían bibliotecas para preservarlos. Durante mucho tiempo fue un santuario para los documentos fundadores de lo que más tarde se llamaría Occidente. El mundo musulmán había comprendido que esa herencia constituía el patrimonio intelectual de toda la humanidad.

Norma estricta y hegemónica

Con la emergencia de los movimientos fundamentalistas, nació una nueva norma. A menudo se la denomina “salafista”, en referencia a la visión estrecha de la ortodoxia religiosa sobre la cual se apoya. El hecho de que se trate de una ideología implícita –pues raramente está prescrita por la ley o la administración– no le quita ni un ápice de poder; más bien todo lo contrario. Esta norma extrae su autoridad no de un poder político, sino del lugar central que hoy ocupa la versión rigorista del islam en la identidad árabe: encarna la resistencia a la occidentalización y al neocolonialismo.
Hace algunas décadas, esa forma de religiosidad se enfrentaba a un nacionalismo árabe triunfante. Hoy en día, hasta las voces “seculares” moderadas dudan en cuestionarla abiertamente: encerradas en la trampa identitaria, temen pasar por enemigas de la autenticidad árabe a ojos del régimen, de los conservadores e incluso de las poblaciones.
Un ejemplo llamativo es el de un grupo de jóvenes marroquíes que, en el verano boreal de 2009, quiso romper el ayuno de Ramadán haciendo un picnic en una plaza pública. Además de la previsible indignación de los religiosos, la iniciativa desató la ira de la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP), la principal formación socialdemócrata del país, que reclamó sanciones para los iconoclastas del ayuno. Esta “religiosidad” de izquierda se expresó en un lenguaje propio del nacionalismo: el picnic fue considerado insultante para la cultura marroquí y peligroso para el consenso identitario. En virtud de lo cual las autoridades decidieron demandar a los jóvenes por “perturbar el orden público”, un motivo raramente invocado; la ley secular sirvió en este caso de excusa a un llamado al orden religioso. La clase política unánime no podía admitir la menor torcedura de los preceptos coránicos.
Así, el espacio público se va enmarcando progresivamente en una norma cultural rígida, compuesta por obligaciones y prohibiciones surgidas de una lectura estricta de los textos religiosos. Convertida en un elemento central de la ideología dominante, la religión tiende a reducirse a su versión salafista y a instaurar una lógica según la cual la cultura hasta entonces profana pasa a ser infiel. La concepción abierta de un islam asociado a la cultura fue sustituida por una interpretación obtusa de la sharia que proscribe la cultura. Los puntos de contacto entre la esfera sagrada de la religión y el espacio profano de la cultura han sido obstruidos.
No obstante, esta dinámica de “salafización” no impide a la población disfrutar de una profusión de productos culturales difundidos a través de la televisión, el video, internet o la literatura popular. Es demasiado tentador circunscribir esa efervescencia a Occidente y a la globalización, y por lo tanto desacreditarla por “extranjera”. Pero sería ignorar la ingeniosidad con la cual los árabes se apropiaron de toda la gama de producción cultural contemporánea.
En cuanto a las elites, se asiste a un entusiasmo creciente por el arte moderno, promovido por un sistema de mecenazgo al que contribuyen fundaciones occidentales, organizaciones no gubernamentales (ONG) y las monarquías del Golfo. Por su parte, el pueblo no escapa al flujo de las multinacionales del entretenimiento y de los medios de comunicación. A la propagación de los estándares estadounidenses se suma la difusión masiva de productos culturales locales –ya se trate de los canales de noticias Al-Jazeera y Al-Arabiya, de series de televisión o de literatura popular, en particular manuales de autoayuda o de vida amorosa–, así como una explosión de creatividad musical y artística, que se hizo posible gracias a internet y fue seguida con entusiasmo por las juventudes árabes. Semejante mezcla se ve inevitablemente acompañada por una versión comercial y “festivalera” de la cultura árabe moderna, un fenómeno que no es propio del mundo árabe –lejos de ello– y cuya envergadura debe mucho a los empresarios, promotores e intermediarios locales.
La mayoría de estas prácticas culturales están desprovistas de contenido religioso. Saturadas de influencias globalizadas –y no solamente europeas y estadounidenses sino también indias, latinoamericanas, etcétera–, presentan un carácter plenamente secular. A pesar del auge del islam político, los intentos que apuntan a islamizar el arte y la cultura siguen siendo relativamente infructuosos. No obstante, sometidos a las exigencias contradictorias de una cultura globalizada y de la norma religiosa, artistas y productores aluden enseguida a su calidad de “musulmanes”, aun cuando sus obras no tienen nada que ver con la religión y a veces hasta contribuyen a la secularización de las sociedades. Valiéndose de esta pertenencia, afirman una identidad, no una práctica religiosa.
Una forma de esquizofrenia impregna la región: en privado, o en espacios semipúblicos prudentemente segmentados, se consume una cultura profana; en público, se demuestra una preocupación por exhibir su identidad musulmana, evitando por ejemplo ir al cine, yendo a la mezquita o usando una barba o un velo. Ambas esferas de la vida cultural evolucionan en paralelo, pero la norma religiosa sigue siendo hegemónica en el espacio público.

“Pecados secretos”

Sería un error explicar este fenómeno mediante la división social entre las élites y las franjas populares. Es cierto que, durante el siglo pasado, la burguesía occidentalizada podía gozar de todo el espectro de la cultura profana, mientras que la gente del pueblo permanecía limitada a una cultura tradicional dominada por el islam. Este corte no desapareció, pero, desde hace unos veinte años, los progresos en educación y alfabetización, conjugados con el crecimiento exponencial de los medios de comunicación –con la televisión e internet en primer lugar– cambiaron las reglas del juego. La frecuentación de otras lenguas y culturas ya no es solamente un privilegio de ricos.
Surgió una gama cada vez más variada de prácticas culturales. Los jóvenes leen novelas, ven películas, acceden a documentos, escuchan música, consultan blogs, a menudo en lenguas distintas del árabe. No sólo consumen productos; dominan –y a veces ponen en circulación ellos mismos– prácticas culturales intrínsecamente marcadas por las influencias del Este, del Norte, del Sur y también, por supuesto, del Oeste.
La diversificación de la cultura de masas no generará mecánicamente un proceso de secularización y de democratización. En efecto, el mismo individuo leerá hoy una novela de amor y mañana un tratado religioso; almorzará frente a Iqraa TV, el canal satelital dedicado al islam, y terminará su cena frente a un videoclip de Rotana, “la MTV árabe” (1).
De hecho, los salafistas se adaptaron perfectamente a estas nuevas herramientas, como internet. Saben explotarlas según sus necesidades. A ojos de los religiosos, el consumo de bienes culturales profanos debe seguir siendo un “pecado secreto”; para los regímenes, debe limitarse a la diversión y no tener consecuencias sociales ni políticas. Y todos deben respetar la norma salafista, aun cuando se alejen un poco de ella en la esfera privada. Paradójicamente, la transgresión cotidiana y personal de los preceptos coránicos en el marco del “ocio” doméstico sólo acrecienta el dominio de lo religioso: la transgresión es privada, la norma salafista es pública. La combinación de ambos desemboca en una forma de poder ideológico soft que en todos los aspectos es más eficaz que una censura burocrática.
Esta esquizofrenia no perdona a la lengua, clave de la cultura. Históricamente, los ulemas siempre celebraron la letra escrita como la expresión más elevada del espíritu humano. Pero la literatura arabófona ocupa un lugar muy marginal; un intelectual árabe no escribe en la lengua oral de su pueblo. Nacionalistas y fundamentalistas convergen en un punto: sólo admiten el árabe clásico, el del Corán (fosha), como medio de expresión cultural. Para unos, el fosha consolida la nación árabe; para otros, representa el rasgo común del mundo musulmán (la umma). Esta concepción, por supuesto, no considera las diferencias profundas entre el árabe clásico, que rara vez es hablado por fuera de las escuelas coránicas, y el de la calle, o incluso el árabe “estándar” vigente en los medios, los discursos públicos y las ficciones populares (2). Para los escritores, la tarea se revela tanto más difícil cuanto que la novela constituye un género sospechoso, en la medida en que explora las cuestiones existenciales de una manera doblemente transgresora: liberándose de la religión y llevando la lengua árabe más allá de los límites de la fosha. Esta ruptura impide la eclosión de una expresión popular.
La misma dificultad aparece en el ámbito jurídico. Cada Estado determina su propia versión de la legalidad y de la “islamicidad”, a menudo incorporando en su legislación principios de derecho modernos, pero al mismo tiempo reconociendo a la sharia como fuente última. Esta ambivalencia, hasta hoy, limita las posibilidades políticas. También en ese punto, sin embargo, la imposición de la regla religiosa no determina necesariamente la práctica real de los tribunales o de la administración.

Autonomía y democratización

Al aceptar la salafización de las normas sociales en materia de costumbres y de comportamiento (presiones a favor del uso del velo, clausura de cines, etcétera), el Estado árabe moderno consolida su política de alianza tácita con los ulemas, guardianes oficiales del islam, que se muestran más preocupados por obtener los favores del régimen que por reformarlo. El Estado puede agenciarse corrientes islamistas “moderadas”, cuyo programa consiste sobre todo en movilizar ideólogos religiosos –y no la policía– para que reine la piedad en el seno de las comunidades. Su campo de acción se limita entonces a prohibir las disposiciones más extremas de la sharia (como por ejemplo la lapidación de mujeres y hombres adúlteros). Lo cual le permite erigirse como un reparo contra una islamización completa frente a los moderados y los observadores occidentales, convalidando a la vez la primacía del salafismo como norma social.
Al mismo tiempo, los intelectuales apegados a las reformas democráticas buscan obtener protección de parte del Estado contra los ulemas o los fundamentalistas. En cambio, a veces consienten en apoyar a sus dirigentes. Para ellos, un gobierno por más autoritario que sea constituye un mal menor frente al islamismo, pues salvaguarda algunos espacios de autonomía cultural y mantiene la vaga esperanza de una liberalización futura. Así fue cómo, a lo largo de los años noventa, intelectuales laicos apoyaron al Estado argelino en su lucha contra los islamistas. En Egipto, el escritor Sayyid Al-Qemmi gozó de la protección del Estado luego de ser condenado por una fatwa. Fue incluso condecorado en junio de 2009.
Aunque ninguno de los protagonistas del caso esté dispuesto a admitirlo, el Estado a veces alcanza acuerdos con formaciones islamistas consideradas menos amenazantes que, por ejemplo, los Hermanos Musulmanes. Incluso puede llegar a garantizarles una minoría estable en el Parlamento, en calidad de oposición tolerada. Un arreglo de este tipo le permite reprimir a la vez a los yihadistas y a los islamistas que quieren subvertir el sistema político interno.
El precario equilibrio que reina entre los diferentes actores sociales le deja al poder las manos libres para continuar con su política de represión, que sigue siendo brutal pero que ahora tiene un blanco más afinado, favoreciendo al mismo tiempo la imposición de la norma salafista.
Entre los intelectuales, esta situación frustrante puede conllevar diferentes formas de capitulación política. Por un lado, se asiste a una “fuga de cerebros”, real o virtual. Muchos artistas y escritores viven en el extranjero o se dedican a un público alejado de su país. Se presentan como “árabes” y “musulmanes” más que como egipcios o tunecinos; invocan una identidad cuyos elementos fundadores son cercanos a los del salafismo; escriben en fosha y consideran que “árabe” es sinónimo de “musulmán”. Miembros de una diáspora geográfica o ideológica, pierden el contacto con su país y su pueblo, y prefieren la apelación genérica de “árabes”. Pero los gobernantes no tienen nada que temer mientras sus intelectuales abracen causas consensuales como Palestina o Irak en lugar de comprometerse en el terreno de la vida política nacional.
Los intelectuales pierden el interés en los conflictos sociales de sus países con más facilidad, se diluyen en la unidad abstracta de la comunidad internacional con más frecuencia en la medida en que las economías locales constituyen una base de apoyo muy modesta para los artistas y los escritores. La ausencia de una política nacional de apoyo a la creación alimenta el individualismo y la despolitización de los productores culturales, que van a buscar público y fuentes de ingresos al extranjero. Muchos mecenas prefieren un ámbito cultural “aséptico” para reformar la sociedad. Tal es el caso de la fundación Ford, la fundación Soros o los filántropos de las monarquías petroleras. Así, galerías de arte y lujosas vidrieras del Golfo exponen una retahíla de productos que teóricamente representan la identidad árabe-musulmana pero que, debido a su patrocinio occidental, están desconectadas de la sociedad.
En el ámbito de la novela, varias distinciones compiten para promover los “mejores” productos de la cultura árabe: el premio Emirates Foundation International de novela; el premio literario de Blue Metropolis Al-Majid Ibn Daher (Líbano); el premio internacional a la ficción árabe, con la Broker Foundation (Londres).
Que artistas de nuestras regiones participen plenamente del juego cultural planetario no tiene nada de malo (incluso puede representar un progreso). Sin embargo, al ser valorado en la escena mundial, el artista “árabe” se arriesga a recortarse del pueblo de su país. Y así perder cualquier papel emancipador.
Sin duda internet abrió nuevos espacios para la producción y el consumo de bienes culturales. Pero, aun cuando la red puede hacer más eficaz un movimiento contestatario ya existente, en sí misma no produce conciencia política. Puede servir de herramienta para amplificar una movilización, como se vio en Egipto, pero no puede reemplazar el paciente trabajo de campo que requiere la organización de una lucha (3).
Mientras tanto, los yihadistas se han convertido en internautas temiblemente inventivos, y no dudan en recurrir al humor o al canto (nashid). Sus convicciones religiosas se apropian de las innovaciones tecnológicas, quizá debido a la distinción que hacen entre la figura del (venerable) “pensador” (mufakir) y la del (deshonrado) intelectual (muthakkaf).
Por otra parte, internet contribuye al aislamiento y a la segmentación. Sus usuarios suelen formar pequeños grupos discretos que se comunican exclusivamente –y a menudo anónimamente– a través de sus pantallas, incomunicados y en rotación continua. El anonimato permite a los descontentos exhibir su radicalidad ahorrándose al mismo tiempo cualquier confrontación abierta con el enemigo y las consecuencias que derivan de ella. En internet, es posible burlarse del poder y huir del mundo real.
Abjurando del papel que asumían (y que a veces siguen asumiendo en países musulmanes como Irán o Turquía), los artistas y los intelectuales ya no son la punta de lanza de un movimiento social, político y cultural. Parecen, en cambio, una facción de cortesanos que han anidado en el regazo del Estado o de algún padrino con fortuna y poder. Encarnada en otros tiempos por el escritor egipcio Sonallah Ibrahim o el grupo musical marroquí Nass El Ghiwan, la figura del artista contestatario se ha borrado. En Egipto, por ejemplo, el pintor vanguardista Farouk Hosni hoy es ministro de Cultura. En Siria, la traductora de Jean Genet, Hanan Kessab Hassan, fue nombrada en 2008 curadora general de “Damasco, capital árabe de la cultura”, un programa de la UNESCO. Por más interesantes que sean sus ideas sobre la cultura o la sociedad, artistas como Wael Chawki (que expuso en la bienal de Alejandría) o Hala El Koussi (galardonado con el premio Abraaj Capital Art, otorgado en Dubai) se mantienen alejados de cualquier compromiso político.
La modernización de los movimientos culturales del mundo árabe podría sin embargo resultar fecunda. Los artistas implicados gozan de un capital simbólico, de un prestigio que pueden usar para intentar impulsar cambios en sus países respectivos. Como depender del régimen no es una solución posible, la exploración de nuevos espacios de autonomía y experimentación podría permitir que resurgiera la oposición a los poderes autocráticos que gobiernan la mayor parte del mundo árabe.
Una cosa es segura: para que el trabajo artístico e intelectual favorezca la democratización política y social, es importante rechazar la norma salafista en su propio ámbito y proponer una alternativa creíble. Lejos de adoptar un modelo prefabricado, es importante bucear en una tradición árabe y musulmana que durante siglos multiplicó los espacios de autonomía cultural. Esta nueva norma pública adaptada al mundo y a nuestras propias tradiciones es uno de los pilares de cualquier proyecto auténtico de democratización. No podría construirse sobre la negación del desafío salafista. Ni tampoco cediendo a sus condiciones. 


1 Lanzado por el príncipe saudí Al-Walid ben Talal. Veáse Yves Gonzalez-Quijano, “Le clip vidéo, fenêtre sur la modernité arabe”, en “Culture, mauvais genres”, Manière de voir,
N° 111, París, junio-julio de 2010.
2 Sobre este tema, véase Edward W. Said, “Árabe clásico, moderno y dialectal”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2004.
3 Como quedó demostrado en Egipto con la “rebelión Facebook” contra el presidente Mubarak en la primavera boreal de 2008.

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/la-din%C3%A1mica-cultural-en-el-mundo-%C3%A1rabe

23 nov. 2010


Goldman Sachs, emblema de la especulación financiera

por Ibrahim Warde
 Un inmigrante judío bávaro, Marcus Goldman, luego asociado a su yerno, Samuel Sachs, echó las bases en 1869, en Nueva York, de lo que con el correr del tiempo se convertiría en uno de los bancos más poderosos del mundo. Guiado durante su larga etapa fundacional y de consolidación por los principios tradicionales de la gestión financiera –prudencia, sensatez, apuesta por el largo plazo y respeto a la palabra empeñada–, con la orgía desreguladora desatada en la década de 1980 Goldman Sachs multiplicó sus beneficios de manera asombrosa, mientras se entregaba con desenfreno a las formas más extremas de la especulación, hacía añicos sus antiguos mandamientos morales e incursionaba en todo tipo de negocios oscuros, hasta convertirse en uno de los mayores taumaturgos del actual cataclismo económico mundial.
El 15 de julio pasado el Senado estadounidense aprobó lo que se ha convenido en llamar “la más amplia reforma del sector financiero estadounidense jamás operada desde la Gran Depresión”. La ley, más modesta que el proyecto inicial de Barack Obama, representa un éxito político del Presidente quien, tomando la delantera frente a un lobby bancario debilitado por la crisis, también supo aprovechar el affaire Goldman Sachs, con su contenido de revelaciones sobre los usos y costumbres de Wall Street.
El mismo día en que la ley bancaria, conocida con el título de “Dodd-Frank” (por el nombre de los representantes demócratas Christopher Dodd y Barney Frank), fue sancionada por el Senado, se produjo otro hecho que resultó casi eclipsado: el acuerdo entre la agencia federal que es el “gendarme de la Bolsa”, la Securities and Exchange Commission (SEC), y Goldman Sachs. Gracias a una multa de 550 millones de dólares, el banco de inversión evitó un juicio por fraude relativo a un producto financiero, Abacus, que le había permitido precaverse contra la caída de las obligaciones vinculadas al sector inmobiliario en el mismo momento en que incitaba a sus clientes a invertir en ese mercado… La SEC, criticada durante mucho tiempo por su pasividad, ahora podía jactarse de
un golpe de efecto. Y Goldman Sachs demostró la extensión de su habilidad política: reconoció “errores“ en la comercialización del producto, sin que esos errores pusieran en cuestión al equipo dirigente. En suma, el banco de negocios pudo dejar de preocuparse por el tema. Aunque aparentemente importante, la multa sólo constituye el equivalente a dos semanas de sus ganancias. Y el 3% del total de primas que distribuyó en 2009.
Esta destreza para jugar con el poder –o para reírse de él– no debería sorprender. Desde el comienzo de los años 1990, una carrera política de primer nivel constituyó el coronamiento lógico para cualquier ejecutivo de Goldman Sachs (ver “Los hombres...”).
La consanguinidad con el mundo político explica la participación del banco en las grandes maniobras financieras, ya que ha tenido un papel tan central como ambiguo en el asunto de las hipotecas subprimes y del salvataje de los bancos; ayudó a Grecia a maquillar sus cuentas, precipitando la crisis del euro; también habría provocado, especulando con las materias primas, un alza artificial de los precios del petróleo. Por otro lado, entre años buenos y malos fue capaz de conseguir ganancias considerables, incluso después del estallido de las burbujas a las que contribuyó fuertemente a inflar. Los abundantes ingresos de los mejores años no sorprendían. Pero, después del derrumbe del castillo de naipes y la purga que le siguió, los ingresos de los años peores terminaron por ofender a la opinión pública, que se preguntó si la desgracia de las (muy numerosas) víctimas del estallido de las burbujas contribuiría a la buena suerte de Goldman Sachs.

Orígenes metódicos y prudentes

La empresa, fundada en 1869 por Marcus Goldman, un inmigrante judío bávaro a quien rápidamente siguió su yerno Samuel Sachs, especializada al principio en el corretaje de “papeles comerciales” (toma de préstamos a corto plazo emitidos por empresas), estuvo durante largo tiempo fuera del establishment financiero, casi enteramente wasp (white, anglo-saxon and protestant: blanco, anglosajón y protestante). Duramente afectada por la crisis de 1929, recién vivió un verdadero auge después de la Segunda Guerra Mundial; en 1956, el banco de inversión tuvo un papel crucial en la introducción a la Bolsa de la automotriz Ford. De a poco, fue adquiriendo una reputación envidiable, tanto por su profesionalismo como por la capacidad de trabajo de sus equipos, muy unidos e impregnados de una fuerte cultura de empresa. Dominada por financistas a la antigua como Sidney Weinberg o Gus Levy, lentamente se impuso la asociación con el establishment tradicional, hasta fundirse con él.
Goldman Sachs siguió siendo, sin embargo, diferente de sus competidores. El banco era conocido por ser metódico y prudente, y por no participar nunca en operaciones de toma de intereses “hostiles”. Una de sus divisas –festina lente (apresúrate lentamente)– le valió el sobrenombre de “tortuga”. Contrariamente a algunos de sus competidores, evitó los gastos suntuarios. Para exhibir claramente que el dinero no debe ser el único motor de las tropas, sus cuadros cobran menos que los de la competencia, de donde proviene una relativa “frugalidad”. Otra de sus divisas –long-term greedy (la avidez orientada a largo plazo)– le impone un enfoque paciente de la inversión, lo que supone que sabe aceptar sacrificios financieros, siempre que eso le asegure una fidelidad sin fallas de sus clientes. La cultura de la empresa se expresa en los célebres “catorce mandatos”. El séptimo explica precisamente: “No hay lugar entre nosotros para aquellos que pongan sus propios intereses por delante de los de la empresa y de los clientes”. En el muy cerrado club de los bancos de negocios, los códigos deontológicos y el respeto a la palabra dada todavía contaban (1).
Todos estos hermosos principios se fueron deteriorando progresivamente con la desregulación financiera de los años 1980. El criterio supremo llegó a ser el de una rentabilidad cada vez más grande, que no podía lograrse más que al precio de métodos dudosos: efecto de palanca (compra especulativa financiada con endeudamiento) peligrosamente elevado; desvío respecto de algunas reglas que perduraban, e innovaciones a toda velocidad (2). En este período se inician la consanguinidad con el poder (aun cuando el discurso oficial sigue invocando al mercado para todo), la internacionalización y la loca carrera por las ganancias (3).

De “tortuga” a “pulpo”

De manera lenta pero segura, la “tortuga” se convirtió en un “pulpo” que pensaba en reescribir las reglas de las finanzas –que permitirían casi todo– para su propia ventaja. En el extranjero recluta dentro de la elite político-financiera consejeros a precio de oro para ayudarlo a sacar provecho de la ola de desregulaciones y de privatizaciones. En Francia, por ejemplo, la elección del banco recae en Jacques Mayoux, inspector de finanzas y antes presidente de la Société Générale, director general de la Caja Nacional de Crédito Agrícola y presidente de Sacilor. Charles de Croisset, inspector de finanzas, ex presidente del Crédit Commercial de France (CCF), administrador de Bouygues, Renault, LVMH y Thales, fue su sucesor.
Otro gran cambio se produjo en 1999. Goldman Sachs pasó del estatuto de asociación al de empresa que cotiza en Bolsa (4). “La Firma”, hasta ayer una sociedad de personas en comandita –cuyo capital y beneficios pertenecían a asociados responsables que, con sus bienes propios, respondían por los riesgos tomados por la empresa, en la cual, por otro lado, se suponía que reinvertían la parte principal de sus beneficios–, se convirtió en una “sociedad pública” (cuyo valor “establecido por el mercado” era de 3.600 millones de dólares), y los 221 socios de Goldman Sachs, poseedores del 48% del capital, embolsaban en promedio 63 millones de dólares cada uno (5)… Se había terminado con la disciplina financiera y la avidez “a largo plazo”. A la hora de la financiarización, el éxito se cuenta por la cantidad de dólares generados balance tras balance. Goldman Sachs está a la cabeza de los bancos de Wall Street en rentabilidad (13.400 millones de dólares de resultado neto en 2009). Y muestra sin pudor los bonus que reciben sus empleados.
En el casino financiero, el banco cumple varios papeles: el del croupier que se gana una comisión sobre todas las transacciones, y el del consejero que, contra dinero contante y sonante, elabora estrategias y provee información a sus clientes: gobiernos, inversores institucionales o arriesgados inveterados como los hedge funds (fondos especulativos). Sus analistas y economistas se cuentan entre los más escuchados del planeta, y sus declaraciones influyen con frecuencia sobre el curso de las cosas. Pero, en la mesa de juego, Goldman Sachs aparece sobre todo como el jugador que conoce las cartas de todos los demás jugadores: él es quien coloca las apuestas, además de las suyas propias…

Supermercado de negocios

En efecto, el grueso de los beneficios de la firma proviene del trading con fondos propios. El banco coloca sus capitales propios en todos los mercados financieros, en el sector inmobiliario y en la búsqueda de financiamiento para sociedades de fuerte potencial. Por otra parte, desde la adquisición de J. Aron & Company en 1981, se convirtió en un peso pesado en el mercado de materias primas, y por eso tiene influencia, conscientemente o no, sobre la salud económica de los productores y consumidores del mundo entero. No se le escapan ni las oportunidades ligadas al mercado petrolero ni las que preservan el recalentamiento climático. Y tampoco la mina de oro de los “créditos de carbono” (6).
Los conflictos de intereses son inherentes a este supermercado de las finanzas que ofrece toda una gama de servicios, a la vez que busca permanentemente maximizar su rentabilidad. El asunto Abacus, desencadenado por los mensajes electrónicos indiscretos del corredor de bolsa francés Fabrice Tourre, es un ejemplo de ello. Goldman Sachs fue acusado por la SEC de haber engañado a sus clientes al venderles en 2007 CDO (Collateralized Debt Obligations: obligaciones garantizadas con deudas), productos derivados complejos adosados a créditos inmobiliarios de alto riesgo (subprimes), sin informarles de que al mismo tiempo el banco apostaba a su caída. Por un lado, el banco había liquidado su cartera de subprimes, lo que tenía derecho a hacer. Pero, sobre todo, había ocultado a sus clientes el haber recibido del fondo especulativo Paulson 15 millones de dólares para realizar ese montaje. Mejor (o peor), Paulson, el propio especulador, habría participado junto a los especialistas del banco en la selección de los créditos más susceptibles de degradarse.
En otros términos, Goldman Sachs, consciente de la inminencia de una crisis de los subprimes, siguió incitando a sus clientes a apostar a un alza del sector inmobiliario mientras, en asociación con un fondo especulativo, el banco apostaba a una baja, lo que tuvo el efecto de precipitar la caída de esos títulos. Los inversores, que no sospechaban este doble juego, habrían perdido más de 1.000 millones de dólares en la aventura (7). Robert Khuzami, uno de los responsables de la SEC, resumió así la acusación del gobierno: “Goldman, equivocadamente, le permitió a un cliente que jugaba contra el mercado hipotecario que influenciara fuertemente la elección de títulos inmobiliarios que debían ser incluidos en un instrumento de inversión, cuando al mismo tiempo le decía a otros inversores que esos títulos eran elegidos por un tercero independiente y neutral”. En lugar de conceder que había cometido “errores”, el banco lo negó, juzgando a la denuncia como “sin fundamento”. El caso de Grecia brinda otro ejemplo: el establecimiento neoyorquino cobró como banquero-consejero del gobierno de ese país, al mismo tiempo que especulaba con su deuda.

Lo inmoral y lo ilegal

Sin embargo, desde un punto de vista legal, Goldman Sachs tal vez tuviera razón. Lo que es inmoral no es forzosamente ilegal. Hace menos de veinte años, durante el escándalo de las cajas de ahorro, unos 1.500 banqueros purgaron sus penas en la cárcel sobre la base de las leyes denominadas “anti-racketeering” (anti-chantaje), anteriormente implementadas para combatir a la mafia y el crimen organizado. En lo sucesivo, los banqueros gozaron de un estatuto completamente distinto. Ahora prevalece un nuevo marco legal e ideológico.
Numerosas prácticas (como el seguro de deudas conocido con el nombre de Credit Default Swaps o CDS) escapan a cualquier regulación. Lo que prevalece es el principio del “caveat emptor” (“comprador, ¡desconfía!”). Y Goldman Sachs repite con entusiasmo que ellos no han hecho más que responder a la demanda de sus clientes, los cuales eran, por otra parte, inversores experimentados que se suponía podían hacer una verificación sistemática (due dilegence). Además, todos los documentos legales contenían las advertencias y reservas habituales.
En el mundo de las altas finanzas, en efecto, la opacidad resulta con frecuencia de un exceso de transparencia. Cada producto está acompañado de una documentación de varias centenas e incluso miles de páginas generalmente ilegibles, que se supone uno lee y comprende, lo que explica la razón de que algunos inversores confíen en las notas que ponen las agencias de riesgo, las que con frecuencia se equivocan. Como lo constata Rama Cont, director del Centro de Ingeniería Financiera de la Universidad de Columbia, al recordar los riesgos de los títulos emitidos por Goldman Sachs y cotizados como AAA (la mejor nota), “la información está disponible, pero cada título subprime está redactado en cincuenta o sesenta páginas, y muchas veces de manera diferente, según los juristas. Habría sido necesario movilizar al personal adecuado para desnudar las 5.700 páginas del producto derivado de deuda Abacus…” (8).
Después de haber suscitado admiración durante mucho tiempo, Goldman Sachs sufre ahora un problema de imagen. En plena crisis económica mundial, a cuyo desencadenamiento contribuyó ampliamente, junto con otros gigantes de Wall Street, el banco se otorgó a sí mismo bonus juzgados “obscenos”. También han surgido otros escándalos o acusaciones, que incitan a preguntarse si para el banco la travesía relativamente feliz de la tormenta financiera no se debe a la ubicuidad de sus antiguos dirigentes. Ahora resulta de buen tono, incluso entre aquellos que se habían beneficiado de su generosidad, criticarlo. Barack Obama, Gordon Brown, Angela Merkel han tenido palabras relativamente duras hacia una empresa de la cual podrían un día recibir una oferta de empleo.
Sin embargo, el affaire Goldman Sachs hizo posible la reforma del sistema financiero de Estados Unidos. La ley Dodd-Frank es clara, con toda seguridad, sobre los grandes principios: impedir el derrumbe y el salvataje de las grandes instituciones financieras por los contribuyentes, minimizar la especulación de los bancos con sus fondos propios, imponer más transparencia al mercado de productos derivados intercambiados de manera extrabursátil, con el fin de proteger a los consumidores contra las prácticas predadoras y usurarias. En cambio, sus 2.300 páginas parecen menos convincentes en cuanto a la puesta en práctica de semejante programa. Aun cuando las cifras de la Cámara de Comercio de Estados Unidos son, sin duda, deliberadamente exageradas, la ley Dodd-Frank supondría la redacción por diez agencias gubernamentales diferentes de 533 nuevas regulaciones, 60 investigaciones y 94 informes en un plazo de tres meses a cuatro años…
El lobby bancario combatirá en todos estos terrenos. Apuesta a la desaparición progresiva del rencor de la opinión pública hacia las instituciones financieras para volver a su libertad de antaño. También en esto, Goldman Sachs sabrá jugar su parte.


1 Charles D. Ellis, The Partnership. The Making of Goldman Sachs, Penguin, Nueva York, 2009.
2 Suzanne McGee, Chasing Goldman Sachs, Crown, Nueva York, 2010.
3 Ibrahim Warde, “Les assises du système bancaire ébranlées par la déréglementation“, Le Monde diplomatique, París, enero de 1991.
4 Lisa Endlich, Goldman Sachs. The Culture of Success, Simon and Schuster Touchstone, Nueva York, 2000.
5 Nomi Prins, It Takes a Pillage, Wiley, Nueva York, 2009.
6 Matt Taibbi, “The Great American Bubble Machine”, Rolling Stone, Nueva York, 5-4-10.
7 Ibrahim Warde, “Des Français qui gagnent“, Le Monde diplomatique, París, julio de 2010.
8 Sylvain Cypel, “Les ‘conflits d’intérêts’ d’Abacus“, Le Monde, París, 4-5-10.

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/goldman-sachs-emblema-de-la-especulaci%C3%B3n-financiera