6 feb. 2011


Un “rigor” que no servirá para nada

 Las recetas que aplican los gobiernos europeos para calmar a “los mercados” hacen hincapié en el “rigor” para eliminar los déficits de los Estados, provocados en buena medida por las ayudas al sector privado. Además de hacer pagar la crisis a las clases populares, se corre el riesgo de desembocar en una deflación.
La crisis financiera desemboca, dos años después de la quiebra del banco Lehman Brothers, en el castigo a la población del Viejo Continente, firmemente “invitada” al sacrificio para expiar faltas que no cometió. Aunque desde la era Reagan-Thatcher se conoce bien la propensión de los gobiernos neoliberales a agitar el espantajo de la deuda pública (mantenida por los bajos impuestos consentidos a su clientela acomodada) para reducir los gastos del Estado, privatizar las empresas públicas, recortar los programas sociales y debilitar los sistemas de protección social, no podía predecirse que lo conseguirían otra vez, dado que la habitual “estrategia de shock” (1) parecía tener que deslizarse esta vez por una puerta bastante estrecha.
En efecto, había que asustar a la población lo suficiente para que admitiera que no es posible vivir eternamente “por encima de los medios de que se dispone” y, simultáneamente, tranquilizar a los mercados, ya enloquecidos por el monto de esa deuda. Esta doble operación exigía una cierta destreza, que no todos dominaban completamente. Los dirigentes del Fidesz, el partido liberal húngaro en el poder, no tuvieron buenos resultados cuando quisieron echar sobre la espalda de sus predecesores socialistas el estado supuestamente calamitoso de las finanzas públicas (2). Al comparar la situación de Budapest con la de Atenas, lograron por cierto sacudir los espíritus, olvidando tal vez que “los mercados” no tienen mucho espíritu. Al día siguiente de estos anuncios, el florín húngaro cayó un 3% y la prima de seguro contra el riesgo de no pago de la deuda se disparó, provocando así el efecto inverso al buscado.
Desde entonces, la doctrina se ha afinado, al menos en los discursos, para dar lugar a una suerte de ethos de la moderación, que Wolfgang Schäuble, el ministro de Finanzas alemán, se cuidó de enunciar urbi et orbi: “Estamos totalmente convencidos de que una reducción moderada de los déficits públicos es propicia para el crecimiento, no lo pone en peligro, sino que más bien lo estimula a largo plazo”. Experto en psicología de las multitudes, Schäuble da una explicación: “Los alemanes se preocupan cuando la estabilidad monetaria parece no estar garantizada. Se inquietan mucho por saber si los déficits son controlables. Al reducirlos de manera moderada, luchamos contra el sentimiento de incertidumbre de la población y también sostenemos la demanda” (3). Keynes (la demanda) y el rigor en el mismo lecho, bajo la mirada enternecida de la Reina Victoria… Aparentemente, esta escena le agradó a los mercados, ya que desde hace algunas semanas el euro se estabilizó y las tasas de interés de las deudas públicas alemana y francesa alcanzaron un nivel mínimo. Sobre un fondo de indicadores económicos contradictorios (4), Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo, quiere creer en ello: “La situación está en vías de normalización” (5).

Un sistema impositivo más justo

Si la vía de la “normalización” significa instalar a Europa en un interminable período de deflación larvada, el pronóstico tiene algunas posibilidades de resultar certero. Pero Martin Wolf, economista no precisamente heterodoxo y cronista vedette del Financial Times, previene: “Cuando Japón –o Canadá o Suecia– practicaron el rigor en los años 1990, la economía mundial, que era relevante, pudo absorber sus ofertas excedentes. Pero no hay una economía suficientemente fuerte como para contrabalancear una nueva recesión en Europa y Estados Unidos. En estas circunstancias, una restricción presupuestaria concertada podría fracasar. A medida que las economías se contraigan, déficits cíclicos más amplios contrarrestarán los esfuerzos de rigor estructural. Una gran parte del planeta se vería embarcada en un juego del ‘cada uno para sí’ ante una política presupuestaria estadounidense cada vez más restrictiva” (6).
Como lo peor nunca es seguro, “los mercados” podrían alentar esta política. Pero cuando se vayan despabilando en lo que se refiere a los objetivos de la reducción de los déficits públicos programados para el 2013 –que tarde o temprano aparecerán como falsos, sin duda con la ayuda de las agencias de calificación de riesgo–, ya no será impensable un segundo crack de las obligaciones. Rendidos ante este nuevo extremo, el plan de salvataje europeo, que lleva a Estados ya muy endeudados a endeudarse nuevamente, esta vez colectivamente, para brindar ayuda a otros Estados sobreendeudados, podría no llegar a ponerse en práctica.
Y dicho plan se parecerá entonces a adosar dos caballetes podridos tratando de sostenerlos juntos gracias a sus respectivas fatigas.
Sin embargo, para armar una estrategia de contrashock opuesta a los liberales no deberíamos tener necesidad de agitar la amenaza de una nueva catástrofe. La situación en que se han hundido las economías de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) habría debido ya legitimar otras opciones…
Si el monto de las deudas públicas se vuelve preocupante (sin ser alarmante), y si la principal amenaza es la deflación, los remedios deberían ser evidentes: detener la dinámica deflacionaria y restablecer un sistema impositivo digno de ese nombre para los altos ingresos y los ingresos del capital. En el Viejo Continente el peligro se agrava por las estrategias de desinflación competitiva adoptadas por los gobiernos que apuestan al rigor salarial para impulsar su economía mediante la demanda externa… proveniente de sus socios menos rigurosos (ver Van Treeck, pág. 20) (7). Si la Europa económica tenía un sentido, ahora apuntaría, por el contrario, hacia una coordinación de las políticas salariales para hacer que las remuneraciones aumenten más rápidamente en los países que acumulan excedentes comerciales, aplanando así (por lo alto) las diferencias de competitividad.
Esta política de “reflación” (8) salarial, concertada a nivel europeo y negociada con los actores sociales, no tiene como único mérito mantener una inflación suave –convertida, de pronto, en controlable sin el concurso del Banco Central Europeo (BCE)– y aligerar las deudas, sino que forzará sin duda a las empresas de los países “hipercompetitivos” y volcados hacia la exportación a comprimir sus márgenes para mantener sus posiciones; lo que sería favorable para un mejor reparto del valor agregado.
Aunque las condiciones de la “reflación” estuvieran dadas, llevar a cabo la recuperación de las finanzas públicas de Europa no plantearía verdaderos problemas. Porque, en promedio, los déficits públicos se deben casi totalmente a la crisis económica y financiera, a los planes de reactivación y a las pérdidas de ingresos fiscales debidos a la caída de la actividad y de los ingresos. En 2007, el año que precedió a la recesión, la suma de los déficits anuales de las finanzas públicas representaba el 0,6% del Producto Interno Bruto (PIB) de la zona euro (0,8% para los Veintisiete). Dos años más tarde, en 2009, esa suma significaba el 6,3% del PIB en la zona euro (6,8% para los Veintisiete). Un retorno a una mejor suerte –que precisamente exigiría detener las políticas del rigor– podría hacer volver esos déficits a límites más deseables.
Por otra parte, para acelerar la marcha de ese restablecimiento, bastaría que esos países se pusieran de acuerdo para luchar (¡con rigor!) contra el fraude fiscal. Este fraude representa, según la opinión de la propia Comisión, entre el 2% y el 2,5% del PIB europeo (9). Hay mucho más para ganar por este lado que recortando el 1% de aumento a los salarios de los funcionarios (o sea, el 0,06% del PIB francés…) (10).

La situación presupuestaria francesa es una excepción. En efecto, el déficit resulta principalmente de la disminución de los impuestos, realizada a contracorriente de los asociados europeos. Según el Tribunal de Cuentas francés, el déficit “estructural” del Estado (11) representaría el 5% del PIB en 2009, es decir alrededor de 100.000 millones de euros anuales.
De ninguna manera proviene de una deriva “estructural” de los gastos públicos que, en realidad, aumentaron muy poco desde el comienzo de los años 2000 (12). Su origen fue aclarado en un informe reciente de la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional, presentado por Gilles Carrez –diputado de la Unión por un Movimiento Popular (UMP)–: “Entre 2000 y 2009, el presupuesto general del Estado habría perdido entre 101.200 millones (5,3% del PIB) y 119.300 millones (6,2% del PIB) de euros en ingresos fiscales, debiéndose alrededor de dos tercios al costo neto de las nuevas medidas –las ‘disminuciones de impuestos’– y el tercio restante a transferencias de ingresos a otros organismos de la administración pública, como la seguridad social y los gobiernos territoriales, principalmente” (13).
La mitad de esas disminuciones de impuestos (de 33.000 a 41.500 millones de euros) se refiere al impuesto a los ingresos, a través de las sucesivas reducciones de los tramos y de la multiplicación de los nichos fiscales; otra buena porción (del orden de los 10.000 millones de euros) se debe a las bajas del impuesto a los beneficios de las sociedades. En cuanto a las exoneraciones de cotizaciones sociales sobre los salarios más bajos, cuya eficacia es por lo menos dudosa en relación con el empleo, representan alrededor de 27.000 millones de euros de pérdida de ingresos, compensados por el Estado a la Seguridad Social. En estas condiciones, restablecer las finanzas públicas exige menos rigor presupuestario que rigor intelectual y moral: para cerrar las cuentas bastaría con dar marcha atrás en ese desorden que constituyen otros tantos regalos hechos a los ingresos salariales más altos y a los ingresos del capital.

Volver a tener el control de los 40.000 millones de euros de impuestos sobre los ingresos perdidos cada año debería constituir un juego de niños. Bastaría con reinstaurar uno o dos tramos, afectados con entre el 50% y el 70%, con un umbral de puesta en marcha suficientemente bien calibrado como para obtener la mencionada suma. En un contexto en que la amenaza de un nuevo crack de las obligaciones no ha desaparecido completamente, podríamos incluso darnos el lujo de ofrecer una opción a los nuevos sometidos a esas tasas: pagar normalmente el suplemento de impuestos debidos (los 40.000 millones en cuestión), o colocar tres veces esa suma en una cuenta, bloqueada durante siete años, destinada a financiar el déficit que esta “opción fiscal” seguiría manteniendo.
En un sentido, esta opción es la que se ofreció durante largo tiempo a las clases pudientes: votar por gobiernos que redujeran sus impuestos otorgándoles como contrapartida títulos de la deuda pública, que comprarían con el dinero así ahorrado. Esta vez habría que cuidar suprimir el doble dividendo que constituye el pago de los intereses sobre esas colocaciones. Una cuenta en una libreta de ahorros (a tasa cero), que se podría bautizar “Libreta L”, por “Liberal” –dado que daría la opción– lograría recoger, en un régimen de estabilidad (al cabo de siete años), 840.000 millones de euros. La economía para el Estado, en términos de intereses pagados por la deuda, sería del orden de los 32.000 millones de euros anuales. Y la mitad de la deuda pública francesa quedaría así asegurada, colocada fuera del mercado, lo que reduciría a casi nada el riesgo de falta de pago percibido por “los mercados”, al mismo tiempo que se volvería a pasar alegremente bajo los criterios del Pacto de Estabilidad. No estaría prohibido para los demás países inspirarse en esta propuesta...


1 Véase Frédéric Lordon, “La revancha neoliberal”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, marzo de 2010.
2 Aunque el gobierno socialista ya había impuesto a los húngaros una cura de austeridad sin precedentes, que llevó al déficit público por debajo del 5% en 2009, en comparación con el 10% en 2006.
3 Entrevista del diario Les Echos, París, 21-7-10.
4 En Estados Unidos, la recuperación parece debilitarse, con una tasa de crecimiento, a ritmo anual, del 2,4% en el segundo trimestre de 2010, después del 5,6% y el 3,7% en los dos trimestres anteriores. La economía estadounidense destruyó más de 130.000 empleos en el mes de julio.
5 AFP (Agence France-Presse), 3-8-10.
6 “Fear must not blind us to deflation’s dangers”, The Financial Times, Londres, 8-7-10.
7 Sobre este punto véase también el informe 2009/2010 del EuroMemorandum Group: “Europe in Crisis: A Critique of the EU’s Failure to Respond and Proposals for a Democratic Alternative”.
8 N. de la T.: La “reflación” es el incremento de la actividad económica engendrada principalmente por la inyección de moneda y de crédito.
9 Documento de trabajo de los servicios de la Comisión, 2006.
10 El cálculo es nuestro.
11 Es decir, la parte del déficit público que no se explica por la crisis.
12 Los gastos públicos representaban el 55% del PIB en 1993, el 51,5% en 2000 y el 52,5% en 2009, sin considerar las medidas para la recuperación.
13 Informe de la Comisión de Finanzas, N° 2.689, junio de 2010.

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/un-%E2%80%9Crigor%E2%80%9D-que-no-servir%C3%A1-para-nada

5 feb. 2011

Victoria pírrica de Alemania

 Crecimiento en alza, desempleo en baja: la industria alemana renace vigorosa. Estos resultados parecen confirmar un modelo económico que reposa en las exportaciones, el estancamiento de los salarios y la desreglamentación del trabajo. ¿Cuáles serán las consecuencias a largo plazo? La implementación de esta estrategia acentuará peligrosamente los desequilibrios comerciales y desestabilizará la unión monetaria en Europa, al obligar al resto de países a una mayor austeridad salarial y presupuestaria para tratar de recuperar su competitividad ante Alemania.

Los dirigentes alemanes muestran una confianza inquebrantable en la solidez de su economía. Socialdemócratas o conservadores se alegran de haber llevado a cabo, en los últimos diez años, las reformas estructurales que habrían catapultado al país al puesto de “mayor exportador del mundo”, título que le arrebató China en 2009, actualmente primer exportador mundial en valor.
Sin embargo, la economía alemana sufrió duramente la crisis financiera de 2008 y el consecuente derrumbe del comercio mundial. El Producto Interno Bruto (PIB) cayó un 5% en 2009, mientras que el de los demás países europeos “apenas” se redujo un 3,7%. A pesar de ello, Alemania es siempre considerada un modelo de estabilidad en el seno de la Unión Europea (UE), especialmente en relación con los países periféricos (Portugal, Italia, Grecia, España, Irlanda). Se menciona, por ejemplo, su moderado déficit presupuestario, inferior al 3% del PIB en 2009 (debería rondar el 5% en 2010), contra el 8% en Portugal, casi el 14% en Grecia y el 8% en Francia. Por sus esfuerzos y su disciplina, habría ganado –y se merecería– la “confianza de los mercados”. Un modelo a seguir.
Esta lectura de la crisis, dominante más allá del Rhin, no resiste ningún análisis. Si la mayor economía europea (que concentra por sí sola un cuarto del PIB de la eurozona) continúa con su estrategia de crecimiento basada en las exportaciones, los desequilibrios comerciales se agravarán y obligarán a los demás países miembros a la austeridad presupuestaria y salarial, con el fin de recuperar su competitividad frente a Alemania. Tomadas simultáneamente, estas medidas corren el riesgo de generar una espiral negativa, que combina aumento del desempleo, deflación y tensiones sociales. Este diagnóstico coincide exactamente con el realizado por John Maynard Keynes en su crítica al mercantilismo, doctrina desarrollada en el siglo XVI, según la cual cada nación debe mejorar su balanza comercial a costa de sus vecinos, lo que hace caer inevitablemente la demanda global a un nivel demasiado bajo como para mantener la cohesión del conjunto del sistema. El neomercantilismo alemán desestabiliza la unión monetaria europea. Sin embargo, fue objeto de consenso, al menos hasta 2009.
Quien inició esta política fue el Partido Socialdemócrata (SPD), que gobernó Alemania de 1998 a 2005, antes de que el canciller Gerhard Schröder cediese su puesto a Angela Merkel, quien tomó entonces las riendas de un gobierno de coalición dominado por los conservadores (CDU). Al SPD le resulta difícil admitir que las “reformas estructurales” iniciadas en 2002, en el marco de un vasto programa titulado Agenda 2010, contribuyeron al debilitamiento del consumo interno alemán y a generar los desequilibrios actuales. En su Plan para Alemania, dado a conocer públicamente para las elecciones federales de 2009, el candidato del SPD, Frank-Walter Steinmeier, alababa así el éxito de la Agenda 2010: “Desde 1998, los socialdemócratas hemos modernizado Alemania y restablecido su competitividad internacional.
En cooperación con los aliados sociales y gracias a los esfuerzos de moderación salarial, supimos hacer que nuestras empresas (y nuestros productos) se ubicaran nuevamente en un primer plano en el mercado mundial. El país que los medios de comunicación internacionales hace diez años llamaban ‘el gran enfermo europeo’ se convirtió en la locomotora de la Unión”.

Reducción salarial

La “modernización”, denominación discreta de la desregulación del mercado laboral, comenzó de hecho en los años 90, y se aceleró bajo el efecto de la Agenda 2010. Consiste en reducir la participación de los salarios en la riqueza nacional, profundizando las desigualdades. En un discurso pronunciado en el Foro Económico Mundial de Davos, en 2005, el canciller Gerhard Schröder resumía: “Hemos creado un sector del mercado laboral donde los salarios son bajos y modificamos el sistema de subsidio por desempleo con el fin de crear fuertes incentivos al trabajo”. Conforme a las recomendaciones del Consejo de Análisis Económico alemán y de la mayoría de los especialistas, el gobierno aún se niega a establecer un salario mínimo legal, por temor a relajar la presión sobre los salarios. Estas decisiones, combinadas con las reiteradas negativas a extender a todos los sectores los acuerdos empresariales, apuntan a desmantelar el sistema de negociación salarial implementado en la posguerra. En este sentido, el gobierno alemán comparte al parecer la convicción de Hans-Werner Sinn, un asesor muy influyente, quien estimaba en 2009: “El desarrollo de un sector de bajos y muy bajos salarios no es la prueba del fracaso de la Agenda 2010, sino de su éxito” (1).
Para quienes se interesan por los rendimientos de la economía alemana en los últimos diez años, esta visión optimista se basa más en convicciones de orden ideológico que en datos concretos. Junto con Italia, Alemania vivió el crecimiento más bajo de la eurozona entre 1999, año del lanzamiento de la moneda única, y 2007, año que precedió a la actual crisis. Su economía creó menos empleo que la de Francia, España o Italia (y este retraso persiste, si se tienen en cuenta las diferencias de PIB). Incluso el período de prosperidad de 2005-2008, que algunos responsables políticos no dudaron en calificar de “nuevo milagro económico alemán”, generó menos empleo que en Francia durante los mismos años o al inicio del milenio (como consecuencia de la introducción de las 35 horas).
Al mismo tiempo, la diferencia entre ricos y pobres aumentó tan rápido que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) expresó su preocupación: entre 2000 y 2005, señala un informe, “la desigualdad salarial y la pobreza se desarrollaron más rápido en Alemania que en cualquier otro país de la OCDE” (2). Incluso durante la reactivación de 2005-2008, el Coeficiente de Gini, que crece con la desigualdad, subió cuatro puntos en Alemania. Semejante aumento se explica en parte por la desregulación del mercado laboral, que generó el estancamiento e incluso la caída de los salarios, aun durante el boom de 2005-2008. También tiene su origen en el retroceso del Estado de Bienestar y del gasto público en general. Así, según datos de la Comisión Europea, Alemania es el único país, junto con Japón, donde el gasto público, teniendo en cuenta la inflación, disminuyó entre 1998 y 2007. En la eurozona, aun incluyendo a Alemania, el gasto público aumentó un 14% en el mismo período… Este retroceso del Estado es consecuencia de reducciones impositivas sustanciales en favor de las empresas y los contribuyentes de mayores recursos, así como de la obstinada intención de “hacer que el presupuesto recupere el equilibrio” y reducir la deuda pública.
El contraste muy pronunciado entre una economía interna debilitada y un sector exportador muy dinámico deriva en gran parte de esta política. Entre 1999 y 2007, Alemania fue el único país de la eurozona en el que las exportaciones contribuyeron más al crecimiento del PIB que la actividad económica interna. El consumo de los hogares sigue siendo anémico, debido a la caída de los salarios reales y a la sensación de inseguridad generada por las reformas del mercado laboral y el sistema de protección social. Del mismo modo, la contribución del gasto público al crecimiento fue la más débil de todos los Estados miembros.

Las lecciones de Keynes

Desde luego, la “moderación salarial” estimula la competitividad de las exportaciones alemanas. Pero ¿a qué precio para la UE? En el marco de una unión monetaria, las diferencias de competitividad entre países ya no pueden compensarse con devaluaciones nominales. En consecuencia, cuando la evolución del costo unitario de la mano de obra (fuertemente relacionado con la tasa de inflación nacional) difiere entre varios países, algunos ganan mecánicamente en competitividad con respecto a los demás. Ahora bien, en el período 1999-2007, el costo unitario de la mano de obra creció menos del 2% en Alemania, mientras que aumentaba del 28% al 31% en Grecia, Irlanda, Portugal y España. Esto significa que todos los demás países perdieron en competitividad respecto de Alemania, pero también que, al tener Alemania una inflación menor, las tasas de interés reales fueron allí más altas, lo que continuó debilitando la demanda interna. Incluso en Francia, donde el costo unitario de la mano de obra sólo aumentó un 17% entre 1999 y 2007 (lo que corresponde aproximadamente al objetivo de inflación determinado por el Banco Central Europeo), la balanza comercial, superavitaria de 1999 a 2003, se inclinó –y luego cayó– del lado deficitario.
Ahora bien, los ataques especulativos de la última primavera estaban mucho más ligados a los desequilibrios de la balanza comercial de los países europeos mencionados que a su déficit presupuestario.
Entre 1999 y 2007, el déficit público de España nunca superó el límite del 3% impuesto por el Tratado de Maastricht y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento europeo (a título comparativo, Alemania no respetó este criterio entre 2002 y 2005). Mejor aún: durante este período, la deuda pública española, expresada en porcentaje del PIB, se redujo del 62% al 36% (mientras que en Alemania aumentaba del 61% al 65%) y el Estado incluso acumuló excedentes entre 2005 y 2007. En cambio, en el sector privado (hogares y empresas), los gastos superaron sistemáticamente los ingresos, especialmente a causa de la burbuja inmobiliaria. De allí un déficit constante que alcanzó algunos años el 12% del PIB. Al ser la balanza entre lo público y lo privado netamente negativa, la deuda global aumentó significativamente. Y cuando la burbuja del endeudamiento privado estalla y el desempleo explota, a partir de 2008, el Estado español debe asumir los créditos actualmente imposibles de pagar, lo que obliga a tomar préstamos masivamente. De repente, los mercados cuestionan la solvencia de España. La situación es similar en Irlanda, donde el endeudamiento público retrocedió del 49% al 25% entre 1999 y 2007, pero donde los déficits privados aumentaron durante el mismo período (en Grecia y Portugal, el Estado fue también durante mucho tiempo deficitario, pero en proporciones inferiores a las del sector privado). Son pues los déficits comerciales –generadores de deuda externa, mucho más que el déficit presupuestario del Estado– los que afectan la solvencia de un país y lo exponen a la especulación financiera.
Los dirigentes alemanes se equivocan entonces al celebrar las “reformas estructurales” que habrían vuelto al país más “sólido” y más “seguro” a los ojos de los inversores. La aparente fuerza de Alemania no es sino una victoria pírrica. Según Plutarco, mientras lo felicitaban por su nueva victoria sobre los romanos, el rey de Epiro habría declarado: “Si obtenemos otra victoria como ésta, será nuestro fin”; puesto que había perdido en la batalla gran parte de sus fuerzas, así como a la mayoría de sus oficiales y aliados.
La situación de Alemania no es muy diferente: su victoria en la guerra de la mundialización fue arrancada a un precio muy caro. En el plano social, primero, con la explosión de la desigualdad, la pobreza y la caída de los salarios reales, incluso para la clase media. En el plano político también, a escala europea, ya que sus mejores aliados sufren las consecuencias del neomercantilismo alemán y dudan cada vez más abiertamente de la solidaridad europea de Merkel. En efecto, la estrategia alemana, centrada únicamente en las exportaciones, sólo puede funcionar si todos sus socios siguen acentuando sus déficits comerciales. Los cuales, tal como se vio, son precisamente responsables de la crisis actual.
Incluso desde el punto de vista de su estricto interés nacional, es absurdo convertirse en el “mayor exportador mundial” para quejarse luego del costo de las medidas de rescate que se tornaron indispensables debido al endeudamiento insostenible de los importadores (más del 40% de las exportaciones alemanas están destinadas a los países de la eurozona). La unión monetaria no puede funcionar durante mucho tiempo si su economía más poderosa contribuye tan poco a la demanda global. Es una de las lecciones a aprender del análisis realizado por Keynes de las guerras comerciales que destrozaron Europa en la primera mitad del siglo pasado.
Los socialdemócratas comenzaron además a revisar su doctrina. En el Plan para Alemania de 2009, el SPD reconoce implícitamente que “la contrapartida de la dominación alemana en el terreno de la competitividad es un débil consumo. (…) Será necesario tornar más equitativa la distribución del ingreso y desarrollar las inversiones públicas”.
Pero los conservadores conducidos por Merkel no tienen intención alguna de modificar la política actual.


1 Hans-Werner Sinn et al., “Die Agenda 2010 und die Armutsgefährdung”, Ifo Schnelldienst, Munich, N° 17, 2009, págs. 23-27.
2 OCDE, “Growing Unequal? Income Distribution and Poverty in OECD Countries. Country note: Germany”, París, 2008.
Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.eldiplo.com.pe/victoria-pirrica-de-alemania