3 jul. 2011

Cierto, pero debemos de estar atentos a la democracia que tenemos y estar vigilantes de ella, para que no pase lo que paso en China...,


El aire fresco y las moscas

Por Mario Vargas Llosa
Vuelvo a China después de unos quince años y parece otro país. Aunque he oído y leído todos los ditirambos sobre su formidable desarrollo económico, la realidad va todavía más allá. En Shanghái, el distrito de Pudong, junto al río, hace cuatro lustros una llanura de arrozales, es ahora un Wall Street cuatro veces más grande y con el doble o triple de rascacielos. Tanto en esta ciudad como en Pekín la transformación urbana es portentosa: puentes, avenidas, túneles, construcciones para oficinas o viviendas, tiendas, galerías, parques, exhiben una modernidad y prosperidad impetuosas, un dinamismo que fermenta las veinticuatro horas del día.
Una riqueza ostentosa, sin complejos, se pavonea por doquier, en los grandes almacenes y los hoteles lujosísimos, en las gigantescas vitrinas que ofrecen los vestidos, trajes, bolsos, joyas, relojes, zapatos, automóviles, fantasías y locuras de las firmas más afamadas del mundo. Hay restaurantes por doquier y todos están llenos de gente generalmente bien vestida y amable que conversa y come sin soltar los teléfonos móviles, espiando de tanto en tanto el contorno desde detrás de sus anteojos marca Ray Ban, Ferragamo, Gucci o Lanvin. Uno se creería en la Quinta Avenida, los Champs Elysées o Bond Street, pero multiplicados por cinco o por diez. Se diría que desde que Deng Xiaoping lanzó la consigna “¡Enriquecerse es glorioso!” la realidad le hizo caso y sus 1,400 millones de compatriotas empezaron a producir y ganar dinero de manera frenética.
¿Es esto un país marxista-leninista? Según el Partido Comunista, que en estos días se prepara a celebrar su 90 aniversario de manera multitudinaria y fastuosa, rindiendo homenajes incesantes al mismo Mao Zedong que con sus delirantes políticas del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural hundió a China en la miseria más atroz y sacrificó a muchos millones de pobres, lo es más que nunca y vive ahora, gracias a las reformas y políticas “socialistas” de mercado que han convertido a China en la segunda potencia económica del mundo después de los Estados Unidos, una etapa de abundancia que en un futuro próximo –unos cien años más o menos–desembocará en la perfecta sociedad donde reinará la justicia distributiva y todos recibirán  lo que requieran según sus necesidades. La utopía colectivista igualitaria se hará entonces realidad.
Por el momento, la sociedad china es la más desigual del mundo, pues las diferencias entre los que más y menos tienen superan las de cualquier otro país, aunque, eso sí, probablemente éste sea el único en el que, por decisión del propio Comité Central, el Partido Comunista acepta ahora entre su militancia a millonarios y billonarios. Si usted detecta en todo esto ciertas contradicciones y misterios ideológicos, le aconsejo que lea el interesante libro de Eugenio Bregolat, La segunda revolución China (Destino, 2007) en el que este experimentado diplomático español y profundo conocedor del país donde ha vivido muchos años explica con lujo de detalles y divertidas anécdotas la extraordinaria conversión económica de China que llevó a cabo, luego de tropiezos, intrigas, retrocesos y tantas caídas como victorias, Deng Xiaoping. Este anciano compañero y adversario de Mao fue quien, sintetizando su propósito con otra de sus famosas frases, “Da igual que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace ratones”, convirtió a la paupérrima dictadura totalitaria, colectivista y estatista erigida por Mao Zedong, en la sociedad capitalista autoritaria que sacó de la miseria a ochocientos  millones de campesinos y disparó un crecimiento y desarrollo vertiginosos sin precedentes en la historia.
Bregolat explica que esta insólita variante del “socialismo” concebida por Deng Xiaoping y sus seguidores, que ahora controlan el poder, sería incomprensible si no se la relaciona con la tradición cultural y filosófica china del confucianismo y los cuatro mil años de historia de un país invadido, ocupado y humillado por Occidente y al que la prosperidad y modernización actuales han desagraviado y devuelto el orgullo de sí mismo. La ideología “socialista” es ahora una retórica que sirve para justificar el monopolio del poder político por el Partido Comunista y la ideología real que ha echado hondas raíces en el país es el nacionalismo. Eugenio Bregolat es optimista y piensa que el notable progreso económico traerá, tarde o temprano, una apertura política, pues las nuevas clases medias y profesionales, que crecen cada día, educan a sus hijos en el extranjero, y mantienen un intenso comercio con el mundo a través de las nuevas tecnologías, van a ir reclamando cada vez más la democratización política del sistema. Ésta se llevará a cabo de manera pacífica.
Ojalá él tenga razón y los que no compartimos tanto su optimismo, como yo, nos equivoquemos. Mi pesimismo se debe a que, además del nacionalismo, lo que parece haberse convertido en una segunda naturaleza para buena parte de la sociedad china moderna, empezando por los jóvenes, es un materialismo consumista, precisamente aquel que algunos pensadores liberales lúcidos como el propio Adam Smith y Karl Popper temían: que la obsesiva concentración de la acción humana en la creación de riquezas embotara la vida espiritual e intelectual y empobreciera valores como el idealismo, la solidaridad y la generosidad.
Aunque, por razones obvias, en mis conversaciones con intelectuales, académicos y escritores chinos, fui prudente y me abstuve de acosarlos con preguntas impertinentes, a muchos de ellos los escuché quejarse del poco o nulo interés que  mostraban los jóvenes –sobre todo los mejor formados– por la vida cívica, la cultura, y, en general, por todo lo que fuera desinteresado y espiritual, como la filosofía, el arte o la religión. (En las universidades en las que hablé en Shanghái y Pekín nadie me hizo una sola pregunta política, tampoco los periodistas chinos que me entrevistaron, y creo que es la primera vez que me pasa en la vida). Todos parecen obsesionados con alcanzar una buena formación técnica y profesional que les abra las puertas a las grandes transnacionales y sus jugosos salarios o a los puestos administrativos, ahora también magníficamente dotados. A uno de ellos le oí murmurar, haciendo una mueca tristona: “Hoy apenas habría un puñadito de muchachos para manifestarse en Tiananmen”. La gran mayoría sólo aspira a ganar dinero, mucho dinero, y vivir mejor.
Otra de las célebres frases de Deng Xiaoping fue: “Si abrimos la ventana, junto al aire fresco entran las moscas”. Me imagino que debió pronunciarla en la primavera de 1989, poco antes de dar la orden al Ejército de poner fin a las manifestaciones de los estudiantes que, acampados en la enorme plaza de Tiananmen, pedían democracia y libertad, y que se saldó con la muerte de un número incierto de jóvenes,  en todo caso algunos centenares. La frase resume admirablemente la filosofía que aplica el régimen: apertura económica y social, sí,  pero sólo mientras no cuestione el control absoluto que sobre la vida política del país ejerce el Partido Comunista. Quien lo acepta, puede tener un margen bastante amplio de libertad personal, viajar al extranjero, usar Internet, si es escritor o profesor procurarse revistas y publicaciones ‘capitalistas’, siempre que no critiquen la política china. Pero no hay tolerancia con la disidencia política. Los disidentes, como Liu Xiaobo, Ai Weiwei y otros, son acosados, vigilados, o, si sus acciones repercuten y llegan al extranjero, encarcelados, juzgados y sentenciados a penas variables. A diferencia de lo que ocurría en el pasado, se fusila poco, y generalmente por delitos económicos, no políticos. La disidencia intelectual lleva ahora a la cárcel en vez del paredón y, a veces, sólo al arraigo domiciliario. “De todos modos, es un progreso sobre el pasado”, me dijo alguien.
La censura moral existe siempre, pero atenuada, y en los quioscos callejeros y en las librerías, se descubren a veces revistas y libros eróticos, en tanto que, al parecer, en los cabarets, bares, karaokes, se permiten ahora licencias inconcebibles en el pasado. “Pero, sin llegar a los extremos de Tailandia, claro está”.  A mi editor y a mis traductores les pregunté si mis libros habían sido censurados. Enfáticamente, me aseguraron que no. 
¿Hubiera sido posible el prodigioso desarrollo chino en libertad? Eugenio Bregolat lo pone en duda y piensa que los jóvenes mártires de Tiananmen actuaron con precipitación. Yo quiero creer que sí era posible. ¿Por qué en China no hubiera sido posible lo que lo fue en Estados Unidos, en Inglaterra, en Francia, en España y lo está siendo ahora en India, Chile, Brasil y tantas otras sociedades democráticas?

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://www.larepublica.pe/03-07-2011/el-aire-fresco-y-las-moscas

1 jul. 2011

Seria interesante como suceso de justicia Nacional... No Creen...


NI CRISTO LO VA A SALVAR


Sinesio López JiménezCon el levantamiento de la colosal estatua de Cristo en el morro solar de Chorrillos García quiere despedirse del gobierno con olor a santidad. Los ingenuos lo aplauden y algunos obispos, políticos y periodistas, nada ingenuos, lo celebran. Y García se muere de risa de todos. ¿García creyente?. ¿Desde cuándo?. Aparte de besar el anillo del cardenal y de asistir a las misas ceremoniales que el cargo implica, ¿ en donde están las expresiones de su fe cristiana?. ¿García ama al prójimo como a sí mismo?. Imposible. Su ego colosal se lo impide. ¿Qué sentidos tiene entonces esa obra monumental?. Varios, pero sólo quiero destacar tres desde la perspectiva política. En primer lugar, el carácter autoritario de García quien no creyó necesario atenerse a los procedimientos legales a los que debe someterse toda obra a construir en la ciudad.
En segundo lugar, el uso político que hace García de la religión de la mayoría de los peruanos para despedirse y para intentar el retorno en el 2016. En tercer lugar, la estrategia política de encubrimiento que, tras la santidad del monumento, pretende ocultar cosas nada santas: el financiamiento mismo (de la obra) nada convencional ni transparente, por ejemplo. Varias obras de García parecen haber seguido este mismo patrón: donaciones de empresas que “ganaron” licitaciones costosas. Es necesario investigar. Sospecho que de las consecuencias de los resultados de esas investigaciones ni Cristo lo va a salvar.
Otras modalidades de corrupción han sido y son las concesiones. Hay una que se frustró por el descubrimiento de los petroaudios, pero que ha sido revelada por el gerente general de Business Track. Lo cito in extenso: “Acá lo que estaba sucediendo en realidad era, según el derrotero de los audios, que (los apristas) pretendían birlarse del país 875 millones de dólares, esa es la verdad. Había un proyecto político –y por eso estoy preso- que antes del señor Toledo (el fujimorismo) lo hizo en forma casi prepotente. Acá no, más inteligente era tener un proyecto político de 15 años, cinco del doctor (Alan) García, cinco del señor (Jorge) del Castillo y cinco del señor García (otra vez). Y con las obras faraónicas que estamos viendo, más el soporte de todo el dinero que se supone se iba a ir al bolsillo de ellos, era factible hacer este proyecto político”.
Estamos frente a un caso de delitus interruptus como tantos otros. Uno que a mí me irrita hasta la exasperación es el siguiente: un ministro bloqueó un pequeño crédito muy barato para una institución indigente porque el vendedor (que iba a recibir dicho crédito como pago de algunos bienes y servicios) se negó a pagar la coima de 600 mil dólares (rebajada meses después a 300 mil dólares). El delito no se consumó, pero la institución quedó bloqueada en su funcionamiento y más dañada aún de lo que está. Todo indica, especialmente luego de la reciente ley que favorece la corrupción, que estos actos impropios no van a recibir sanción alguna. En el caso de los petroaudios se pretende olvidar los delitos prestos a consumar y sólo se quiere sancionar el chuponeo. Pero este también involucra a García, quien, en 2006, pidió chuponear al candidato Ollanta.
Una de las medidas más importantes que debe asumir el próximo gobierno de Ollanta es la investigación y la sanción de la corrupción que, al parecer, es también colosal. Todos los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) tienen que asumir esa tarea en forma coordinada y todas las instituciones que ejercen el control horizontal (el poder judicial, la contraloría, el TC, el CNM, etc.) y las que ejercen el control social (la sociedad civil y la prensa) tienen que coordinar sus acciones para ser más eficaces. Los ciudadanos ya ejercieron el control vertical en forma magistral: El Apra no pudo tener un candidato presidencial propio y su numerosa representación se ha visto reducida al modesto número de cuatro congresistas. Es, sin duda, una sanción ejemplar.

Edición de Luz & Sombras. Fuente original:_ http://blog.pucp.edu.pe/item/136958/ni-cristo-lo-va-a-salvar